Una entrevista con Gamoneda sobre temas de actualidad (2009), por Eloísa Otero

Página de la entrevista.

Página de la entrevista.

[Entrevista publicada en EL MUNDO DE LEON el 12 de abril de 2009 y en EL MUNDO DE CASTILLA Y LEÓN el 13 de abril de 2009]

Entrevista con ANTONIO GAMONEDA:
«LA IGLESIA ESTÁ PARTICIPANDO DE FORMA
FRAUDULENTA DE LA ECONOMÍA VIGENTE»

Por ELOÍSA OTERO

Tras el estreno de ‘Escritura y alquimia’, un documental sobre su vida y su obra, Gamoneda protagonizará esta semana un gran congreso en Madrid. Comprometido con el mundo, no elude los temas de actualidad.

—Hace 24 años que recibió el segundo Premio Castilla y León de las Letras, después de Delibes, cuando usted era un autor muy poco conocido, salvo en pequeños círculos. ¿Qué supuso entonces?

—Pues supuso… un dinero (no recuerdo ahora la tela que me dieron, ¡ja, ja!). Pero creo que no modificó nada mi estatus en relación con los lectores, porque son premios de ámbito regional, e incluso en ese ámbito tampoco les hacen mucho caso. Sí sé que por esa norma no escrita de que el premiado sea jurado al año siguiente, yo me puse muy terco, porque ahí estaba Claudio Rodríguez y ya se lo tenían que haber dado…

—¿A quién cree que no le han dado aún ese premio cuando se lo merecería más que otros?

—Es un poco difícil… El poeta José Miguel Ullán, está claro… Además, se cometió la grave torpeza de dejar morir a Ramón Carnicer sin dárselo. No lo entiendo.

—Casi la mitad de los premiados en estos 25 años son leoneses. ¿Qué significado tiene eso para usted?

—Eso dice que el número de escritores por metro cuadrado en León es mayor que en las otras provincias, y de la cantidad surge la calidad también. En León se ha creado la tradición de la escritura, hay tres focos (el grupo de Astorga, los bercianos y luego todos los demás) y muchos poetas. Pero yo, el premio Castilla y León se lo daría a alguien a quien quizá no se lo van a dar nunca, y es a Gaspar Moisés Gómez. No todos sus libros son maravillosos, pero tiene cuatro o cinco que para mí comportan más cantidad y más calidad que lo que pudo aportar Eugenio de Nora, por ejemplo. Lo que pasa es que De Nora convirtió ‘Espadaña’ en un histórico. Pero Eugenio hace 60 años que no escribe un verso, y hablo sin bromear. Su creación literaria son tres libros de versos —cuatro, con el que publicó sin su nombre— y una historia de la novela contemporánea inacabada. Muy bien, fue un catedrático muy trabajador en Suiza, pero la obra es lo que es, lo cual no le priva de la condición de ser un histórico y, en los años 40, del 45 en adelante,  uno de los tres o cuatro poetas españoles  jóvenes más importantes. Pero como escritor terminó ahí, y como estos premios parece que tienen que premiar una obra, pues una obra no la veo. A Gaspar Moisés le pasa lo contrario, ha publicado y tiene sin publicar montones de libros, algunos de gran altura. Pero él no se hace ver. No es un olvidado, sino un ignorado.

—Por cierto, ¿le ha gustado ‘Escritura y alquimia’, el documental que se acaba de estrenar sobre usted?

—Se origina una extrañeza inquietante en que yo me vea a mí mismo en una realidad que sé que es virtual, pero que me proporciona también virtualmente vivencias, averiguaciones de mi conciencia y de mi conducta de las cuales no soy consciente si solamente cuento conmigo mismo, con mi capacidad de introspección. En esa realidad virtual están también los ojos y el pensamiento de otros que, porque precisamente no son yo mismo, pueden levantar y descubrirme dimensiones, que éstas sí son mías, que permanecían en lo desconocido. Decir gustar puede ser una desviación. Me ha proporcionado una experiencia tan real como poco previsible.

—¿Un buen poema puede contar más cosas de las que pasan en el mundo que un periódico?

—Sí, pero no lo cuenta en términos informativos. Puede que cuente  no los datos, pero sí el sentido, el valor de la circunstancia, la situación socio-política… no explícitas, pero sí proporcionando una tonalidad expresiva en ese sentido.

—En estos tiempos de crisis ¿cree posible un nuevo orden mundial?

—Las democracias son la careta del neocapitalismo. No hablo de la insinceridad de los políticos, hablo de que los políticos tienen que hacer lo que les diga el poder económico. En ese sentido, da la sensación de que la situación es irresoluble. ¿Por qué? Ha habido un claro fracaso de los socialismos reales, de las repúblicas más o menos dictatoriales de carácter marxista; de ellas ha desaparecido el único poder con voluntad revolucionaria, que se maleó… Y al neocapitalismo le estamos viendo fracasar ahora. El capitalismo ha funcionado con valoraciones falsas, desviando el dinero y conservando una gran parte del mundo en situación por debajo del mínimo nivel vivencial… porque necesita que sea así, por cuestiones que sería largo desarrollar (del mercado de trabajo, del mercado de producción…). Y yo no veo solución, porque en el caso de que el neocapitalismo sea capaz de restablecer el tejido y los falsos soportes (falsos pero operativos, funcionales) que le han mantenido hasta ahora, volveríamos a estar en una falsedad.

—¿Cuál sería la vía?

—Tengo ciertas sospechas de cuáles serían los medios y cuál debiera ser la revolución, con minúsculas, pero revolución. Hay que disminuir la potencia de la producción industrial y la especulación meramente económica (estamos hablando de bancos y de multinacionales), y hay que hacer algo tan difícil como es vestir de verde el planeta. Se trata de un cambio que necesita 200 años como poco, y que hay que querer hacerlo.

—¿Cree posible una alianza de civilizaciones? ¿Cómo valora la actitud actual de las distintas religiones?

—En el mundo islámico ya casi estamos en una radicalización que se va a manifestar sobre todo en la creación de tensiones y de aspectos históricos sangrientos. En cuanto a la Iglesia católica y sus primas hermanas (sean anglicanos, heterodoxos, etc)… es evidentemente una mascarada, en la cual hay algunos inocentes con cierta buena voluntad a los que no se les hace caso. Tiene mucho que ver con cómo ha decrecido el poder de las iglesias «occidentales» sobre las conciencias, pero cada vez está más claro que están participando fraudulentamente en la economía vigente.

—¿Y qué le parece el Dalai Lama?

—Es un personaje que está bien, ni se ha embarcado en radicalismos ni tiene una actitud orientada al poder económico. Esto puede que suceda sin demasiados méritos, porque de alguna manera representa una ideología (y llamo ideología también a la religiosidad y al pensamiento en la trascendencia) que está poco menos que prisionera de una potencia mayor que es China… y no está en situación de ser operativa, pero por otra parte, como ideología es bastante sana. Así como en el catolicismo y en el islamismo se da por buena la violencia incluso en sus textos sagrados, eso no ocurre en el budismo.

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