‘Lumbre de Antonio Gamoneda’, por LUIS MARIGÓMEZ

El escritor y fotógrafo Luis Marigómez.

El escritor y fotógrafo Luis Marigómez.

(Texto leído en la Feria del Libro de Valladolid el 2 de mayo de 2005)

“LUMBRE DE ANTONIO GAMONEDA”

Por LUIS MARIGÓMEZ

El 27 de agosto de 1962, muere Leopoldo Panero. Acaba de  participar en el jurado que concede un premio de poesía de Astorga que recae en Antonio Gamoneda y hace saber eufórico, a sus compañeros, que acaban de encontrar un auténtico poeta.

Para entonces, Antonio Gamoneda tiene ya 31 años y lleva escribiendo poesía desde, al menos, 1947. En realidad, todavía falta algún tiempo para que realmente le descubran.

Nace en 1931, con la República, ese fogonazo que acaba nueve años después entre las ascuas de unas cenizas que queman todavía durante una larga época. Gamoneda es, como pocos, un hombre de su tiempo que trasciende su tiempo. Al año de nacer muere su padre, también poeta. Aprende a leer en los versos del libro de su padre, convirtiendo su ausencia en una representación íntima de presencia. El aire pestilente de la primera postguerra, la atmósfera podrida que enmarca y caracteriza el periodo de Franco y de la que todavía nos llegan, de cuando en cuando, efluvios, va a contener el espacio en el que empieza a desarrollarse su obra. “Arráncate la luz de la mirada”, dice uno de sus primeros versos. Los cadáveres que flotan en el Bernesga, las cuerdas de presos, el hambre, el vivir inmerso en todo tipo de miserias, forman la conciencia, la mirada atormentada del poeta. En la adolescencia, llega a “la convicción de que la poesía existe porque existe la muerte.”

Su primer intento de publicación, hacia 1950, como tan a menudo ocurre, se frustró. Se llamaba ‘La tierra y los labios’. El título es una muestra de lo que será siempre su poesía, una confrontación entre la carne (los labios) y la muerte (la tierra que acoge el cuerpo sin vida). El primer poema que se mantiene de entonces se abre con una figura, el cabello, (algo material que sale del cuerpo) que se mantendrá hasta el último libro

En 1962 hace ya dos años que ha aparecido su primer libro de poesía, ‘Sublevación inmóvil’, finalista del premio Adonais de 1959, un libro que se ha gestado durante seis años. Aquí están ya buena parte de los elementos que van a configurar la poesía de Antonio Gamoneda. ‘Luz’ es una de sus palabras fundamentales, y se va a mantener hasta el final. Su poesía reunida se llama ‘Esta luz’: “pero la luz / es sombra de la nada.” También aparecen el fuego, la nieve, el corazón… “Ante mi rostro, / piedras heridas, cuerpos / endurecidos en el dolor”.

En 1962 ya ha empezado un nuevo libro, ‘Blues castellano’, que no acabará hasta 1966 y que supone un avance en el abandono paulatino del uso hasta entonces virtuoso de la métrica tradicional ─con el soneto como paradigma─ , y la incursión en otros modos que terminan de perfilar lo que se llama la voz del poeta. El título del libro dice bastante, ‘blues’ es una música que viene de la esclavitud de los afroamericanos en los campos de algodón de EEUU. Gamoneda ha hablado alguna vez de su gusto por esta música. El poeta busca en estas maneras foráneas cómo expresar lo de aquí, lo ‘castellano’. Este libro choca de frente con la censura franquista (hace poco la revista ‘Espacio / Espaço escrito’ publicaba el informe emitido al respecto) y no se publica hasta 1982. En ‘Blues castellano’ hay otros ritmos, están la repetición y la pequeña variante; están la conciencia de clase obrera, la alienación en el trabajo; surgen la vergüenza, el miedo y la culpa como sensaciones básicas. “Al hombre cuyo oficio y vigilancia / es la vida, feroz como el mercurio / una bolsa de pena lo acompaña. / Está cansado sobre el propio rastro / como un ave de plomo. Dormiría / sobre todas las cosas: las miserias / y las humillaciones y el olvido.” (p. 108) Una figura fundamental es la madre, con sus manos protectoras, encarnación de un sufrimiento callado del que el hijo toma conciencia: “A las cinco del día, en el invierno, / mi madre iba hasta el borde de mi cama / y me llamaba por mi nombre / y acariciaba mi rostro hasta despertarme.” (p. 99) La luz que predomina en ‘Blues castellano’ es la de las madrugadas negras, la de las noches de hielo. No hay sol.

‘Descripción de la mentira’ aparece en 1977; es la segunda publicación poética en libro de Gamoneda, 17 años después de ‘Sublevación inmóvil’, y sale en la colección Provincia, de la Diputación de León, que él mismo fundó. Quiero con esto ejemplificar lo difícil que fue, durante muchos años, la vida editorial de la poesía que hoy celebramos. Si ‘Blues castellano’ se aparta bastante de las maneras poéticas al uso, en este libro parece que el suelo desaparece bajo los pies de quien escribe, y del lector. La sensación fundamental expresada, que engloba a otras muchas, es quizá el vértigo, el pánico de quien mira atrás y alrededor envuelto en un aire espeso, oscuro, afiebrado. El metro utilizado es el versículo y su mirada, el paisaje que recorren los ojos, el cuerpo del poeta, es un a modo de infierno alucinado que al tiempo, resulta extrañamente familiar: “la tierra hirviendo (aquel clamor sin ruido), y la sustancia encarcelada hirviendo. Una extracción de hombres hacia lugares fosforescentes, hacia los lavaderos comunales, bajo el milano del amanecer” (p. 210). Recuerdos, sensaciones, deseos, miedos, lamentos, sentencias, preguntas… componen un organismo que palpita, que secreta una bilis luminosa capaz de penetrar hasta recovecos del lector que él no sabía antes que tuviera. ‘Descripción de la mentira’ es un texto que le estalla a uno según lo lee y que transforma, y trastorna, de manera definitiva. El mundo no se ve igual que antes de leerlo. Hay una conciencia que hiere: “Sucio, sucio es el mundo; pero respira. Y tú entras en la habitación como / un animal resplandeciente (…) Los que sabían gemir fueron amordazados por los que resistían la verdad, / pero la verdad conducía a la traición. (…) Obscenidad, dulzura fúnebre, ¿quién no bebe en tus manos amarillas?”. El sujeto poético aparece disgregado.

Es posible entender el poema como lectura de la atmósfera de la dictadura de Franco, pero su azada, su lápiz, su martillo, su gubia, su bisturí… llegan mucho más lejos en esa veta, atraviesan el tiempo y alcanzan el lugar de las emociones permanentes. Palabras como belladona, cíngulo, yodo, alheña, dátiles, chamariz, aulagas, acónito, almácigos, túnicas, láudano, etc. remiten a un espacio y a un tiempo más allá del histórico, cercano al mito, en el que habita el sujeto del poema, que en su desesperación declara: “Sólo vi luz en las habitaciones de la muerte.” (p. 213)

Poco a poco, le van llegando reconocimientos al poeta. En 1985 se le concede el Premio Castilla y León de las Letras. En 1986 aparece ‘Lápidas’, en Madrid, y en 1987 una primera edición de sus poesías reunidas, ‘Edad’, en edición de Miguel Casado, por la que recibe el Premio Nacional de Poesía y que supone un enorme éxito de crítica y público. Por fin, la sociedad descubre la grandeza de la obra de Antonio Gamoneda, cuarenta años después de que empezara a germinar.

‘Lápidas’ supone quizá una atención más reposada sobre el cosmos en el que el poeta ha decidido instalarse. En muchos poemas se explicitan lugares de la ciudad de León y sus alrededores. El pasado al que se mira es el larguísimo, histórico, de la postguerra. Consciente de lo imposible de mantener el ardor de “Descripción de la mentira”, el poeta baja el ritmo de su diapasón y las evidencias son más palpables, y hay un saber de la hermosura terrible del mundo que se expone: “y la belleza extiende su aceite sobre esos grandes durmientes, sobre sus llagas clamorosas / y la pobreza enseña su majestad corpórea” (p. 213). La luz está en la luminosidad confusa de la memoria: “Hay un mar incesante que desconoce la división del resplandor y la sombra, / y resplandor y sombra existen en la misma sustancia, / en tu niñez habitada por relámpagos.” (p. 235) En cualquier caso, el despliegue de la desolación es implacable: “Ved los símbolos negros: pesan las flores en el corazón y los habitantes de la ciudad viven en vidas del pasado. (Días clavados dentro de los ojos, lenguas que hablan incesantes, como el hierro en círculos.)” (p. 284)

El ‘Libro del frío’ aparece en 1992 y empezó a escribirse al acabar ‘Lápidas’. Durante un tiempo largo el poeta creyó que era su último libro, el de quien ya no tiene más que hacer. “Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin; éste no es mi lugar, pero he llegado.” (p. 313) En una segunda edición, en 2000, en lugar de las restas a que acostumbra en las reimpresiones, incluye una nueva sección, ‘Frío de límites’. El ritmo es pausado, los versos breves, las sentencias son quizá más rotundas. Aparece el erotismo de forma palpable en una sección, Pavana impura, forjado de tiempo, dolor y tristezas, además de las previsibles ansias, humedades y lascivia: “Ha venido tu lengua; está en mi boca / como una fruta en la melancolía. // Ten piedad en mi boca, liba, lame, / amor mío, la sombra.” (p. 361)  La luz, esa figura central que atraviesa la obra de Gamoneda, se va cargando de significados diversos, y resulta más compleja: “El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz; sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el afilador y su serpiente entraba en tus oídos.” (p. 372) Ahora, con el tiempo, esa luminosidad ha cobrado un espesor inquietante: “Aceite azul sobre tu lengua, semillas negras en tus venas. En los últimos símbolos, ves la pureza sin significado. / Es la ebriedad de la vejez: luz en la luz. Alcohol / sin esperanza.” (p. 399) En realidad esta corporeización ocurre con las figuras que ha ido puliendo el poeta a lo largo de su obra: las manos, las serpientes, la madre, los párpados, el corazón… “¿Es la luz esta sustancia que atraviesan los pájaros?” (p. 403)

La vida sigue y la poesía va entreverada con la de Antonio Gamoneda. En 1993 empieza a gestarse otro libro que no terminará de cuajar hasta diez años más tarde, ‘Arden las pérdidas’. El último verso de el ‘Libro del frío’ dice: “ya sólo hay luz dentro de mis ojos.” (p. 407) El primero de ‘Arden las pérdidas’: “La luz hierve debajo de mis párpados.” (p. 413) A estas alturas, uno sospecha que toda su poesía de Antonio Gamoneda conforma en realidad un único libro, como ocurrió con Cernuda y su ‘Realidad y el deseo’, o Guillén con ‘Cántico’; con la diferencia de que estos poetas desde el principio gestaron esa organización y Gamoneda se ha encontrado con ella al cabo de los años. “Tengo frío bajo un arco que separa la existencia y la luz, / que separa cuanto he olvidado / y la última luz.” (p. 414) Las manos de la madre, protectoras, tan presentes en ‘Blues castellano’, reaparecen: “En las iglesias y en las clínicas / vi columnas de luz y uñas de acero / y resistí asido a las manos de mi madre.”  Pero esas manos llevan dentro de sí una luminosidad que lleva al fin al que el poeta no cesa de mirar, de ir hacia él, la muerte: “Vi luz en sus manos, luz / en los cartílagos y las venas. Luego, / descendieron las vértebras y ya / no vi más que eternidad y frío / ciego y azul en la mirada inmóvil.” (p. 428) Medio verso “He atravesado las creencias. (…)” (p. 432) nos lleva de vuelta a ‘Descripción de la mentira’: “Así fue nuestra edad: atravesábamos las creencias.” (p. 178) El poeta, el poema, vuelve sobre lo mismo en un movimiento espiral que se abre despacio, como el muelle de un reloj de cuerda, al compás del tiempo, de su vida. La paradoja forma una parte esencial de lo que podría denominarse el pensamiento poético de Gamoneda: “Hay luz dentro de la sombra, cunde / la centella bajo alas inmóviles. // Son mortales las médulas / ocultas en la luz.” (p. 412)

En el apartado ‘Claridad sin descanso’ resuenan los ecos, el ritmo ebrio, los hallazgos de medida de ‘Descripción de la mentira’. Pero ahora la muerte acapara todo el protagonismo: “Hay sangre en mi pensamiento, escribo sobre lápidas negras. Yo mismo soy el animal extraño. Me reconozco: lame los párpados que ama, lleva en su lengua las sustancias paternales. Soy yo, no hay duda: canta sin voz y se ha sentado a contemplar la muerte, pero no ve más que lámparas y moscas y las leyendas de las cintas fúnebres. A veces, grita en las tardes inmóviles. / Lo invisible está dentro de la luz, pero, ¿arde algo dentro de lo invisible? La imposibilidad es nuestra iglesia. En todo caso, el animal se niega a fatigarse en la agonía.” (p. 462) La luz de dentro del cuerpo incendia, y quema: “Arden los huesos, oigo la fermentación del rocío: alguien llora bajo los árboles roturados. Veo las llagas de la luz, altos patíbulos y serpientes y aceites industriales bajo los lóbulos de las amapolas.” (p. 470) La intensidad de estos textos hiere al lector, y penetra en sus entrañas como una infección. No se vive igual después de pasar por estas páginas.

De nuevo parece que éste sería el último libro de Gamoneda. Pero la vida sigue y quien fue hijo único sin padre y es padre de tres hijas, es ahora abuelo; y del mismo modo que su madre es un personaje central de su poesía, ahora su nieta protagoniza su libro final, hasta ahora, ‘Cecilia’. Quien lleva toda su vida de poeta mirando de frente a la muerte se encuentra, en un momento avanzado de su vida, con un nacimiento, y es un hecho que lo perturba: “Como si te posases en mi corazón y hubiese luz dentro de mis venas y yo enloqueciese dulcemente; todo es cierto en tu claridad: / te has posado en mi corazón, / hay luz dentro de mis venas, / he enloquecido dulcemente.”

Creo que he hablado demasiado de muerte y muy poco de otros elementos que acompañan y hace realmente grande a esta poesía, debería haber añadido ternura, compasión, carnalidad, canto a los amigos…

En agosto de 1962 Gamoneda fue reconocido por Leopoldo Panero. En mayo de 2005 el poeta está a punto de cumplir 74 años. Tenemos la suerte de disponer en una edición accesible de su ‘Poesía reunida’, y tenemos la fortuna aún mayor de contar hoy aquí con su presencia.

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