1 / Laurence Breysse-Chanet: “Las sombras del solitario” (Gamoneda, Trakl, Lorca, Vallejo)

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Antonio Gamoneda en una fotografía de Fernando Sanz-Santacruz.

“LAS SOMBRAS DEL SOLITARIO” /1

(Gamoneda, Trakl, Lorca, Vallejo)

 (Texto leído en el Instituto Cervantes de París, en el ciclo ‘La República de la Poesía. La obra poética de Antonio Gamoneda’, coordinado por Félix Blanco. 4 de mayo de 2006)

Por LAURENCE BREYSSE-CHANET

Casi el mismo día que César Vallejo, a quien
amaba tanto, acaba de morirse Claude Esteban,
y con fidelidad le dedico estas páginas.

Les tengo que confesar que me impresiona mucho estar aquí esta tarde en esta mesa con todos ustedes, con Jean-Yves Bériou e Ildefonso Rodríguez —y con Antonio Gamoneda, cuya obra leo desde hace ya unos años, sin haber atravesado el río hasta ahora, poniéndome a escribir sobre ella. Me esperaba la música del azar, y les agradezco a todos su presencia, así como su invitación al Instituto Cervantes y a Félix Blanco en particular.

Cuando una amiga alemana le preguntó por qué amaba tanto la obra del poeta austriaco Georg Trakl, Eugène Guillevic contestó de esa manera: «Je n’ai pas su lui répondre, j’ai seulement dit, “parce qu’il m’empoigne, c’est tout.” En effet, je ne peux pas lire ce poète sans qu’il m’étreigne, mais si j’analyse, je ne sais vraiment pas le pourquoi de ce bouleversement en moi.» Quisiera decir lo mismo a propósito de la obra de Antonio Gamoneda. Añadiendo con Ildefonso Rodríguez que «nuestras navajas conceptuales son de uso casero, nuestra terminología es rudamente metafórica.»

En esta obra extraña, dolorida, que nos arrastra hacia su mundo singular, pero de total evidencia, las palabras son cuerpos vivos que lentamente, entran en nuestra existencia, con música propia y fraseo distinto al compás de los once poemarios y conjuntos poéticos reunidos en Esta luz: «El gran mosaico es visible en la superación de su instantánea fragmentariedad, cuando se convierte en una secreta narración cuya ambigüedad es riqueza, polisemia ofrecida a la colaboración lectora» nos dice el mismo Antonio Gamoneda en su prólogo a Temblando de palidez de Jacinto Santos. ¿Qué camino elegir ahora hacia el gran mosaico? La crítica insiste en la unidad de la obra, más allá de sus respiraciones distintas, como si las mismas partes dialogaran entre sí desde su diferencia, mientras que la reescritura —«un derecho que me reservo indefinidamente»— lanza puentes y dibuja pasajes que insisten en la «comunidad misteriosa» que subyace entre los poemarios. Una narración secreta de hecho, donde la memoria desde su espesura se actualiza gracias a su música propia —«hay una música en mí, esto es cierto» dice la voz de Arden las pérdidas, conociendo así quizá la única certidumbre—; un relato interior, desde la soledad. Pues como lo escribe Antonio Gamoneda a propósito de José Ángel Valente, «la poesía es una aventura subjetiva; se proyecta en un marco histórico y colectivo pero se hace real en soledad.» Lo que basta para eliminar las falsas preguntas sobre su pertenencia o no a la generación del 50. «Y en los almácigos, ¿quién, en los almácigos, profundiza más que en su corazón?», pregunta la voz de Descripción de la mentira. Un corazón del que brotan «signos exactos e incomprensibles», contradictorios; un rostro inencontrable, «realidad múltiple y cambiante». Por lo tanto una posibilidad de diálogo: «El rostro es el otro. Pero […] ese otro puede ser yo mismo al tiempo», como lo declara Antonio Gamoneda en 1986 en una entrevista.

Entonces, con interrogaciones más que afirmaciones, decidí explorar la voz, o las voces, de Antonio Gamoneda, como «lugar de confluencia», según la expresión de Miguel Casado, en diálogo de honda hermandad con «algunos rostros invisibles». Así se busca un encuentro que lleve a la voz todavía más allá de sí, hacia la «luz dentro de la sombra» vislumbrada en Arden las pérdidas. Los nombres que recordé entre varios, escuchando (subjetivamente no lo niego) diálogos más o menos secretos desde la «soledad abierta» de Antonio Gamoneda, son tres: Georg Trakl, Federico García Lorca y César Vallejo. Imanes finales para el lector, dos traducciones de Trakl rematan en efecto Esta luz, donde veo como un colofón o una firma, al cabo del itinerario empezado en 1947. Río arriba de la obra, me persigue el descubrimiento de los cuatro «capítulos» poéticos, lancinantes, de Tauromaquia y destino, que Antonio Gamoneda escribió en 1980, espejos intermedios entre cuatro citas del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías y las respuestas pictóricas de Juan Barjola. Un conjunto seguido por un comentario del propio Antonio Gamoneda, en la parte titulada «Tauromaquia y destino». Corredores oscuros unen aquel conjunto con Descripción de la mentira y Lápidas, socavando para el lector túneles de comprensión, cuya dramaticidad ilumina el campo de la memoria más soterrada. Me detendré en dos motivos o símbolos —siguiendo «las palabras, fiebre bajo las tégulas, grumos retrocediendo»—, el balcón y el caballo, en busca de unos caminos oníricos de la energía creadora. Entre Lápidas y Libro del frío, quisiera dejarme llevar por fin hacia los momentos en que el yo se hermana, en una perspectiva inquietante y reveladora, con César Vallejo.

ARTÍCULO COMPLETO (en cinco partes):

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