4 / Laurence Breysse-Chanet: “Las sombras del solitario” (‘Con la sombra de Vallejo’)

César Vallejo.

César Vallejo.

“LAS SOMBRAS DEL SOLITARIO” /4

«Sábana negra en la sustancia humana»
(con la sombra de Vallejo)

Por LAURENCE BREYSSE-CHANET

El yo avanza pues entre una urdimbre espesa de sombras y voces propias o ajenas. La retracción gamonediana  no genera un poema-rescoldo, breve huella residual del fuego que destruye la memoria personal tras su naufragio –como en el mundo de José Ángel Valente. El poema de Antonio Gamoneda es más bien hoguera expansiva en cuyo fuego purificador que transfigura se funden vida y muerte, en la otra vida revelada por la escritura. Se asienta la palabra en un límite donde desde la vida se abre un territorio extraño, de «felicidad vacía». Tal pudiera ser la índole del territorio que surge del homenaje que se rinde calladamente a César Vallejo en Libro del frío.

El 24 de julio de 1988, dos semanas después de publicar un homenaje a Antonio Gamoneda, «Filandón», el suplemento de Diario de León, dedica un número a César Vallejo, en el cincuenta aniversario de su muerte, el 15 de abril de 1938. En 1988, Antonio Gamoneda lleva ya dos años escribiendo Libro del frío. Como lo recuerda Ricardo Gullón en su libro La juventud de Leopoldo Panero, Vallejo viajó a León entre 1930 y 1931 –y en su artículo para el homenaje, Francisco Martínez García insiste en aquella doble presencia, física y poética, en el León de la época. Tradición arraigada pues en León, «tierra de fidelidades» según la expresión de Arturo del Villar. En 1987 el mismo Francisco Martínez García, autor en 1991 de Gamoneda. Una poética temporalizada en el espacio leonés, se encargó de la edición de Poemas humanos. España aparta de mí este cáliz en los Clásicos Castalia.

Pero para Antonio Gamoneda, no se trata de una valoración histórica. Si nombra a Vallejo entre sus poetas hispanoamericanos preferidos, es que lo elige «por datos de amor». Ya en Descripción de la mentira (y asimismo en Blues castellano por cierto) se nota la dicción de la miseria del ser y de su desconcierto mediante objetos que forman parte de la vida más cotidiana. Basta con pensar en aquel suspiro resignado y humorístico: «Resistí hasta que las visiones desaparecieron más allá de la nieve que entonces existía / y después retrocedí a mis legumbres y a las miradas en que yo soy reconocido.» ¿Cómo no pensar en el recuerdo de las «tímidas legumbres y otras bravas» de «En suma no poseo para expresar mi vida» de Poemas humanos? En la cuarta parte de Lápidas, desde los balcones de la memoria más negra, con «Aviso negro», se vislumbran varias huellas vallejianas. Una vez más, la voz elige la vía de la compasión desesperada hacia el ser humano. En «Relación de prostíbulo», «Era jueves sin padre, jueves sólo. No había nadie en el espejo.» Pero suena tristemente el eco del soneto de Vallejo «Piedra negra sobre una piedra blanca»: «Jueves será, porque hoy jueves, que proso estos versos…». El siguiente poema de Lápidas, «Ventana húmeda», parece alcanzado por la desesperante lluvia del París de «Piedra negra…»: «Ésta es una ciudad desconocida y llueve sin esperanza.  /[…]  /  ¿Quién me ama en esta ciudad desconocida?» Como si se esperara une respuesta de parte de la otra voz que late secretamente en el poema.

Asimismo en la siguiente lápida –y cómo no pensar en el juego con la piedra del soneto-tumba de Poemas humanos–, «Aquellos cálices» ( título claramente vallejiano), las preguntas iniciales  y finales son como proyecciones de las preguntas que tantas veces traspasan el espacio sonoro de Poemas humanos, tanto en «Sermón sobre la muerte» como en «Poema para ser leído y cantado». En «Llegan los números», se dramatiza de modo intenso el desdoblamiento, ya frecuente en la obra gamonediana. Sea el del tú («tus dos lenguas»), del poema («En dos alambres puse mi esperanza»), o de la misma vida, doblemente desdoblada entre vida y dos muertes: «Estoy viendo dos muertes en mi vida.» ¿Desdoblamiento del yo o bien homenaje a la presente ausencia –figura paterna–, de Vallejo? Quizá brote un surco profundo de las «dos flautas» de «Telúrica y magnética», o del mismo grito de dolor e ironía de Vallejo, en «En suma, no poseo…» –«¡Que ya no puedo andar, sino en dos arpas!». Pues en este poema el desdoblamiento es tanto más fuerte que el yo tutea al mismo César Vallejo, en una suma inextricable, «sabiendo que ando cautivo / sabiendo que yaces libre!». «Tango de la misericordia» –en particular ese verso de desposesión absoluta, «Es la última lana de mi vida»– funde miseria material y ontológica, como lo hizo Vallejo en «Parado en una piedra». El poema de Gamoneda incluye un adverbio, «y aún eres pobre dulcemente en mí», que enlaza con la sintaxis a veces insistentemente adverbial de Vallejo, como para destruir el tiempo, mientras que en el poema «Ah vejez sin honor», caen emblemáticamente «los adverbios / depositándose en mi alma». Al final de Lápidas, la ambigüedad entre vida y muerte inquieta. Cuando en su plegaria la voz se dirige al «cadáver que duermes esta noche en mis párpados», añadiendo «ah, sé hábil, habita suavemente la sombra,  /  calla en mis labios, entra en mis anillos», ¿se hunde la voz hacia dentro, o se proyecta hacia fuera, y hacia quién?

En primer lugar, podemos apuntar que la tercera sección de Libro del frío se titula «Aún», adverbio que reanuda con el verso «y aún eres pobre dulcemente en mí» del poemario anterior. En Vallejo el poema es la construcción de la emoción, –«Considerando en frío, imparcialmente…»–,  contra el balbuceo donde se quiebra la voz –«Emocionado…  Emocionado…». ¿No se puede escuchar entonces en «Aún» una onda que nace del la que da el diapasón de los «campos humanos» recorridos por la voz de Vallejo?

En julio de 1988, Antonio Gamoneda participa en el homenaje de «Filandón» a Vallejo escribiendo «El lacrimal de César Vallejo», un no-relato de su viaje reciente al Perú de Vallejo, que se concluye con un poema, que Gamoneda designa como «mi canción peruana». Una hondísima emoción recorre la página, escrita en clave lírica: «Yo viajé a la gran lágrima  negra que colgó de su corazón» –signo de comunión con la ofrenda de «En suma no poseo…», «esta lágrima que brindo por la dicha de los hombres». Cuando en el artículo brota el verso «Hay golpes en la vida tan fuertes… ¡Yo no sé!», casi nos olvidamos de su lugar de origen, de la compañía de «los heraldos negros que nos manda la Muerte» del primer libro de Vallejo, pues suena ahora a mundo gamonediano –lo que sucede con las versiones de Trakl, que parecen respirar con ritmo e imágenes emanados de Esta luz.

En la «canción peruana» incluida en «El lacrimal de César Vallejo», el lector de Libro del frío reconoce la proyección de la sombra del penúltimo poema de «Aún», encabezado por el mismo verso: «Sábana negra en la misericordia» –nuevo acorde quizá que prolonga el planctus de otrora por las muertes de Ignacio Sánchez Mejías y de Federico García Lorca. Sólo que en la canción de 1988, el destinatario (en un amor doble, paterno por filiación poética y materno por arranque personal) es explícito –y ya sabemos la intensidad de la escritura del paréntesis en los balcones de la memoria:

Sábana negra en la misericordia:
tu lengua en un idioma ensangrentado.
(Mi madre está en el corazón de César Vallejo).

¿Cuál de las dos versiones se escribió en primer lugar? Antonio Gamoneda es el único en poder decirlo.

En cambio, en ambas versiones el último verso es igual: «Dame la mano para entrar en la nieve.» En un soneto de La tierra y los labios, ya aparece este imperativo, «Dame la mano; / alcánzame una muerte sonriente», en un registro amoroso que poco tiene que ver con el choque que siente el lector del poema a Vallejo. Este choque, no lo puede provocar la sola tensión oximorónica  que atraviesa el texto, del negro liminar a la nieve final –pues blanco también es color de luto. ¿Cómo entenderlo entonces? Toda poesía «es arte de la memoria». La conmoción despertó en mi mente el lejano recuerdo del sueño de Aquiles, en el Canto XXIII de la Ilíada, cuando se le aparece su amigo Patroclo. Pues Patroclo –muerto por Héctor en vez de Aquiles, que se negó a combatir–, viene a suplicar a Aquiles que le dé sepultura, para que su sombra deje de errar y pueda descansar en el Hades, hasta que sus cenizas no se separen jamás. «Dame la mano», suplica Patroclo. Al volver a la súplica final del poema de Antonio Gamoneda, quedamos presos de una confusa turbación. La voz de la plegaria antigua, oída por Aquiles en sueño, es la del muerto, Patroclo. En el poema a Vallejo, se han desvanecido los límites entre la vida y la muerte, ya que la voz poética se dirige al poeta muerto con las mismas palabras de la sombra de Patroclo. Así se expresa una comunión intensa, con palabras de muerte, cuando la vida ya no tiene sitio sino en  la energía  poética que, en vez de repetir la súplica por la unión eterna de las cenizas, afirma en su realidad la unión de los huesos. Al referirse a los huesos, la plegaria nueva se apodera de la cifra del dolor en Vallejo –si para él los huesos poseen «un óxido profundo de tristeza»:

Sábana negra en la sustancia humana,
la que llora en tu boca y en la mía
y, atravesando dulcemente llagas,
ata mis huesos a los huesos de César Vallejo. […]

En Libro del frío se lee una variación: «ata mis huesos a tus huesos humanos.» En su eficacia última, la voz poética alcanza su mayor unión con la voz desaparecida en el momento en que calla al nombre amado. La celebración de los «huesos humanos» es celebración efectiva de una desaparición –huesos del yo anónimo y universal de los «hombres humanos» de «Los nueve monstruos». (Y aquí recordamos el «Appel à témoin», «pour César Vallejo», de Claude Esteban). Cuando brota de nuevo la súplica, «No mueras más en mí, sal de mi lengua», es como si se hubiera cumplido el sueño de Vallejo con un «encuentro investido de hilo negro». La tercera parte de Libro del frío se cierra con un poema-rescoldo, ahora sí, pura huella de dos versos, que celebra al ruiseñor que cantó hasta morir. Quizá un eco de la flauta doble o de la quena que solloza un nombre, en Santiago de Chuco, cuando el poema es único lugar de encuentro eterno:

Amé todas las pérdidas.

Aún retumba el ruiseñor en el jardín invisible.

Convoqué a unas sombras para intentar con ellas acercarme a un mundo poético de tanto riesgo y lucidez. «Detrás de la oscuridad están los rostros que me han abandonado» dice la voz de Arden las pérdidas. Desde la vida, «entramos indecisos en un bosque de espinos». Se desciende hacia los desvanes de la memoria poética, hasta alcanzar en la revelación del poema una luz extraña. Es su vida y su labor:

poner luz todos los días en las venas y trabajar en la retracción de rostros desconocidos hasta que se convierten en rostros amados […].

Esta es la única esperanza, la que hace retroceder la locura. «Cierto: la verdad es un armario lleno de sombra». Por eso me parece fundamental el último poemario de Esta luz, Cecilia, dedicado a la nieta de Antonio Gamoneda. Sus treinta poemas surgen de los siete de Pétalo herido, y en su sosiego los versos expresan lo que Antonio Gamoneda descifraba ya en 1980 en Tauromaquia y destino, al contemplar las últimas pinturas de Juan Barjola:

Sin embargo, la profundidad trágica no resulta diluida. […] ocurre que Barjola contempla ya la tragedia desde un inmenso y lúcido cansancio. Cuando los gritos se hacen gemidos es que el dolor “ha tocado fondo”. Es, repito, la lucidez definitiva. Sí, algo parecido a la dulzura, a la bondad, al cansancio, que impregna ahora las invocaciones al destino y a la muerte.

«Cansancio de Sísifo», añadía en el acto, y tal es la índole del cansancio que sentimos y oímos en Cecilia, a la par que abre el horizonte de una esperanza:

Estaba ciego en la lucidez pero tú has hecho girar la locura.
Todo es visión, todo está libre de sentido.

ARTÍCULO COMPLETO (en cinco partes):

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