Sobre ‘Un armario lleno de sombra’, por ERNESTO ESCAPA

Portada de "Un armario lleno de sombra".

Portada de “Un armario lleno de sombra”.

UN ARMARIO LLENO DE SOMBRA

El Cervantes Gamoneda reconstruye su memoria de la infancia
en los años más hirientes y oscuros de la posguerra leonesa

Por ERNESTO ESCAPA

Hace más de un cuarto de siglo, el Premio Castilla y León de las Letras situó con acierto a Gamoneda entre el fundacional Delibes y el esencial Claudio Rodríguez. Después de varios libros y premios de renombre, dos décadas más tarde el Cervantes señaló a este autor de obra singular, cuya dicción no se parece a ninguna otra. Sin duda, uno de los grandes poetas del siglo veinte. Quizá por eso, y también por elección, su camino hasta aquí no ha sido fácil, sino todo lo contrario. Al cabo de medio siglo de ejercicio de un elevado oficio poético, cuando sonaron las trompetas del Cervantes su nombre todavía no figuraba en las páginas amarillas de los informativos. Luego los ha frecuentado más por traspiés funerarios con colegas que por el eco de una obra que ha seguido creciendo.

Durante años, Gamoneda, hoy valorado como el mejor poeta póstumo de la generación del medio siglo, fue autor de un único libro. Digo póstumo porque su residencia en la provincia lo excluyó de las alineaciones del grupo, severamente sometido al péndulo de Barcelona y Madrid. El tropiezo con la censura en los sesenta de ‘Blues castellano’, lo había depositado en aquella sabia contención, después de unas laureadas mocedades de lírico floral, cuando el éxito le obligó a repartir estipendios con un sosias, que acudía a los festejos, declamaba los versos, bailaba con la reina y le protegía las neuronas del bochorno. La revelación de ‘Descripción de la mentira’, que fue el hito poético de la transición, lo convirtió en un autor exento y sin cuadrilla, cuya salmodia sobresale entre tantas poéticas intercambiables.

‘Un armario lleno de sombra’ repasa la infancia del poeta, un tiempo menesteroso acuciado por los estragos de la penuria. Su vecindad en los arrabales de la derrota, el espectáculo de las recuas de presos, la postración a que obliga el disimulo de la supervivencia. Por supuesto, fluyen por estas páginas personajes y escenarios muy presentes en la memoria de León. La visita al interior de San Marcos con el guardia Quirino, la crueldad del sádico Navas, los paseos, la arrogancia de los nazis de la Legión Cóndor y sus alardes en la ciudad sumisa. Pero el tumulto de los recuerdos se decanta en una prosa trabada con destellos de belleza perturbadora. No es el recreo del lírico, sino el relato implacable de una conciencia maltrecha.

(¿Artículo publicado en 2009?)

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