“Ángel González: un histórico”

La página de La Voz de Asturias con el artículo.

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[Artículo publicado el 3 de febrero de 2008. Página 6 de la edición del periódico La Voz de Asturias en papel]

“ÁNGEL GONZÁLEZ: UN HISTÓRICO”

Gamoneda escribe en exclusiva para LA VOZ DE ASTURIAS sobre su relación con el poeta, la generación del 50, y responde “a quienes no nombraré nunca más” (Grandes y Sabina).

Por ANTONIO GAMONEDA

Todavía hay que contar por días el tiempo transcurrido entre el de hoy y el que fue día cerrado por la muerte en Ángel González, y ya es, sin embargo, momento para hablar de él dentro de una perspectiva, también cerrada, que no debe ser deformada por la cobardía ni la tristeza. Ángel prefería la verdad y la realidad.

Se dice de alguien –con más facilidad si ya no está vivo–, que es un histórico, cuando su obra (sea esta creativa, productiva o, también y por desgracia, destructiva) alcanza una dimensión y un valor, positivo o negativo, que coloca al autor en situación de referente necesario para definir un tramo temporal con marcas distintivas. Así, el descubrimiento de la fisión (Hahn y Strassmann, 1938) modifica (define y caracteriza), en profundidad, la política, la geopolítica y la tipología industrial y energética. Hasta ahora mismo. Todo sucede en un mismo tramo temporal, es decir, histórico.

Los lectores habrán de perdonarme este excurso que no es totalmente divagatorio: las obras humanas, vistas en simple cercanía, inducen a pensar que poco o nada puede haber de común entre ellas; una contemplación globalizadora, contrariamente, nos muestra que todas ellas se interpretan y que es su “invisible” comunicación y su interdependencia, lo que hace que la marcha de la humanidad sea una u otra, y que lo sea precisamente a causa de la actividad de los “históricos”. Digo esto y pido perdón otra vez; podría haber resuelto mi comunicación diciendo simplemente: “Ángel González es un poeta histórico “.

Cabe pensar que la poesía no manifiesta una importancia que la haga históricamente determinante, pero, con independencia de cuál sea esta importancia (enorme, por cierto, en civilizaciones arcaicas, en las que la poesía conlleva carácter sagrado) la poesía tiene su historia. Sus miles de años de antigüedad hacen difícil admitir que se trate de una “historia menor”. Pues bien, se trata de afirmar que en esta dilatada secuencia y dentro de la lengua castellana, Ángel González ocupa un lugar.

OTRA COSA es que, en nuestra actualidad planetaria, la poesía sea incapaz de actuar sobre la realidad, en particular sobre la realidad social, y es curioso que se den opiniones como la del comunista Gabriel Celaya (“La poesía es un arma cargada de futuro”) y la del fascista José Antonio Primo de Rivera (“A los pueblos únicamente los han movido los poetas”). Vienen a decir lo mismo y ninguno de ellos tiene razón. Las cosas son hoy día de otra manera: los mitos carecen de poder y la poesía es irremediablemente subjetiva (Sartre) e impotente ante la realidad objetiva.

Ángel González, estoy seguro, descreería cariñosamente de Celaya y menospreciaría, sin saña, la ocurrencia de José Antonio. El sabía que la poesía tiene una repercusión minoritaria; sabía también que lo que la poesía sí puede hacer es intensificar estados de conciencia, pero nada más.

La opción más oportuna en su momento –en el de Ángel– consistía en no entrar en contradicción con el contenido político y moral de los “primarios” poetas sociales (los coetáneos de Celaya), que, de alguna manera, habían ejercido una resistencia frente a la dictadura franquista, pero en los que, finalmente, la escritura había desembocado en una retórica inoperante y poéticamente nula. Se trataba, pues, de liberar a la poesía, (a la poesía que quizá había dejado ya de serlo), de una incontinencia verbal que la inutilizaba. ¿Cómo? Como lo hizo él, cómo lo hizo Ángel.

Y lo hizo –hablo releyendo el libro ‘Aspero mundo’–, llevando el lenguaje a la sencillez y, aunque esto se verá mas claro en otros libros posteriores, incluso a la coloquialidad. Con una particularidad importante, que quiero destacar (nada más destacar, que es asunto largo, interesante para futuros doctorandos) relativa a los carácteres personales y diferenciales (subjetivos) de Ángel González en relación con los supuestos de la llamada “generación del cincuenta”. La particularidad es que, en tales años cincuenta, en los iniciales, al menos, es posible advertir en Ángel una leve huella romántica. Mejor que rebuscar será mostrar, aunque haya de ser en forma fragmentaria:

Para que yo me llame Ángel González, /para que mi ser pese sobre el suelo, / fue necesario un ancho espacio / y un largo tiempo: / hombres de todo mar y toda tierra, / fértiles vientres de mujer, y cuerpos / y más cuerpos, fundiéndose incesantes / en otro cuerpo nuevo.

Yo comprendo: he vivido / un año más, y eso es muy duro. / Mover el corazón todos los días / casi cien veces por minuto / Para vivir un año es necesario / morirse muchas veces mucho.

Agua quisiera ser, agua salada / cuando corres desnuda hacia la orilla. / Sol recortando en sombra tu sencilla / silueta virgen de recién bañada.

Tres fragmentos de tres poemas distintos, salutación a la vida, que se resuelve en desaliento al término del poema, contemplación de la muerte y selimentalidad amorosa. Estamos, ante tres constantes poéticas que, en la. actitud romántica o post-romántica, suelen darse, como en Ángel González, asociadas. Creo que hemos “tocado” una de esas particularidades diferenciales que vengo anunciando.

VIENE UN LIBRO después, ‘Sin esperanza con convencimiento’, que, como el título indica, lleva consigo una voluntad de ahondar en las convicciones, de realizar una cierta retracción temática más acorde con la proclamada actitud “generacional”, pero, a mi entender, sin abandonar, a diferencia de lo que hacen otros –no todos– “miembros de la generación”, el que es su pensamiento poético peculiar. No obstante, en el fragmento que sigue (seleccionado en razón de la que he llamado “retracción temática”), puede advertirse, creo, la orientación solidaria que digo:

Quietos, pegados a la dura / tierra, / cogidos entre el pánico y la nada, / los hombres esperaban el momento / último, / sin oponerse ya,/ sin rebeldía.

Pero estoy dándome cuenta de que esto no es un estudio, sino solo un artículo; un artículo que pretende afirmar la condición de histórico –ya está dicho y redicho pero no importa– de este poeta. Quienes se interesen por el seguimiento de su conducta literaria, ahí tienen sus libros. Ángel González, con una progresiva carga de sencillez y de ironía en su escritura, realizó una, también progresiva, adecuación, que por nombrar de alguna manera, llamaré “ideológica”, a los postulados de la siempre supuesta “generación del cincuenta”. Conservándose en su grandeza poética y personal, esta “adecuación ideológica” no fue siempre buena para la poesía de Ángel.

De la “generación del cincuenta” era, por así decirlo, “instructor” Jaime Gil de Biedma, hombre muy inteligente (más hombre inteligente que poeta de “raza”), que quizá no hubiera hecho tan evidente su talento sin el magisterio de Gabriel Ferrater, quien no fue parte “oficial” en el grupo porque escribía en catalán. Jaime Gil es autor de excelentes trabajos teóricos.

LOS HOMBRES de la “generación” (son bien conocidos y no vamos a repetirlos aquí) son los que proclamó, con una extraña autoridad y con más decisión que acierto, Juan Hortelano en un libro famoso. Jaime Gil, en una entrevista publicada, confesó a Jesús Femández Palacios que la “generación” había sido una deliberada operación de marketing (el llamado grupo de Barcelona se procuraba así un “ascenso”), y, por lo que a mí toca, puedo decir que, en más de una nocturnidad de las que me ocurrieron con Claudio Rodríguez, soltó sus carcajadas zamoranas a propósito de la “generación”, en la que había sido “empadronado”. Cuento todo esto para reforzar mi opinión preventiva en orden a que a Ángel González se le pueda considerar o no histórico a causa de su pertenencia a una más bien imaginaria “generación”. Lo que sí ocurría es que era muy amigo de la mayor parte de los considerados integrantes, y que su bondad (la bondad es muy importante a los efectos de dar en poeta, mayormente si el poeta va a ser un histórico) se convertía automáticamente en una fidelidad ajena a miramientos. Pues, no: Ángel González es un histórico por sí mismo, por los rasgos caracterizadores y predominantemente subjetivos que he mencionado, presentes en la mayor parte de su obra, y por la calidad con que estos rasgos se manifiestan.

Aquí podría terminar este artículo, pero no; no hay noticia seria del autor si se habla mucho de la obra y poco del hombre.

Yo voy a tratar de explicar humanamente a Ángel. Hasta donde alcance e implicándome yo mismo, porque en esta implicación doy con serios indicadores de la situación y las posiciones. Los hechos son los que son: humanamente; incluyendo lo que pueda representar límites o accidentes y, si se manifestasen con evidencia, errores. De quien sean. Es ridícula la magnificación que “angelicaliza” irrealista e irreflexivamente. Yo no; yo daré, comprometido mi estatuto moral, mi breve historia con Ángel, que es la breve historia de Ángel conmigo y explica algunas cosas menores. Al término, Ángel ha de quedar como lo que fue: un ser humano cargado de bondad y un poeta al que pertenece necesaria, justa o individualmente la atribución de poeta histórico.

MI RELACION con Ángel debió de iniciarse hacia los setenta. No nos veíamos con frecuencia (él tenía su trabajo en Alburquerque U.S.A.) pero había un afecto motivado, quizá, en el que a los dos nos tenía (a él más que a mí, desde luego; eran perfectamente íntimos) Emilio Alarcos Llorach (yo, a Alarcos, le debo de manera plena la recuperación de la escritura poética, que tuve quince años abandonada).

Una reunión grata con Ángel durante varios días, sucedió cuando, el entonces alcalde Masip, nos convocó –con José García Nieto y con Bousoño– para tratar de proyectos que no llegaron a realizarse. Pero mi recuerdo más hermoso es el de una noche, también ovetense, que habiéndose prolongado, a mi juicio, más de la cuenta y sabiendo yo que los mecanismos cardiacos de Ángel no andaban muy bien, traté de interrumpir: “Bueno, sí, te dejamos en el hotel y nos retiramos”. Esto me dijo. Cuando, habiendo dormido cuatro horas, me despedía yo en recepción, apareció Ángel con otra pareja y me dijo: “Se nos ocurrió que podíamos venir a darte un abrazo”.

LO QUE OCURRIÓ después lo sé más o menos bien y lo que quisiera es no saber nada. Durante algún tiempo (‘Blues castellano’, por ejemplo) mi escritura no era demasiado distinta de la que practicaba “el 50” y en especial de la de Ángel. Después, hubo una seria inflexión en mi pensamiento poético. Por otra parte, yo no he ocultado nunca mi descreimiento relativo a la supuesta “generación”, pero siempre añadí que, sin deponer mi distinta concepción de la poesía (concepción y distinción que, curiosamente, se iniciaron con ‘Descripción de la mentira’ , el libro que Alarcos me “impuso” y sobre el que existe un muy generoso informe suyo en la Fundación Juan March) yo respetaba y valoraba, uno por uno y cada uno en su grado, su trabajo de creación poética. Había otros además de Ángel, pero yo pensaba principalmente en él al hacer esta salvedad.

Hace años, se le hizo un homenaje en Oviedo, diseñado, estoy casi seguro, por gentes interesadamente cercanas a Ángel que poco tenían de asturianos, homenaje al que, naturalmente (¿por qué diré “naturalmente”?) no fui invitado. Nada dije. Vinieron años con encuentros en los cursos de verano del Escorial, y la cordialidad, clara y real, de Ángel conmigo se manifestó, finalmente, decreciente. ¿Por qué? Sí lo sé pero no lo digo. Lo que si diré es que el último año de coincidencia en estos cursos, Ángel, Caballero Bonald, Brines y yo hacíamos una lectura en la misma mesa. Con total sinceridad y ante el público, yo dije “No es mi costumbre, Ángel, pero ¿por qué faltó mi voz en tu homenaje?, quiero dedicarte la lectura que voy a hacer”.

No volvimos a vernos. Llegó su muerte y, con ella, las naturales y urgentes peticiones periodísticas relativas a la impresión que el hecho mortal me producía y a mi opinión sobre Ángel. En todos los casos, yo contesté con mi verdad: “que su muerte me entristecía; que entre nosotros había existido una buena amistad; que la vida y la poesía de Ángel tenían una gran dignidad, aunque estimaba que en los últimos años había cierto decaimiento poético”. (Esto mismo, además de que la poesía “no le venía”, lo dijo varias veces el propio Ángel con absoluta honradez). Dije también “que yo entendía que, además de sus males clínicos, Ángel estaba, últimamente, ´enfermo de soledad´, y que esta soledad había sido, quizá, causa de que fuera utilizado (o manipulado, no recuerdo la palabra exacta) por personas que prefería no nombrar “. Palabra arriba, o abajo, esto y no otra cosa dije. Ni mencioné ni excluí que el acercamiento de estas personas hubiera podido ser amistosamente consolador para Ángel. Bien pudo serlo, pero de esto yo no tenía ni tengo constancia.

LA ÚNICA expresión que cabría entender tímidamente negativa es “declinación” o “decaimiento”, la que fuese. Ya he dicho que él mismo hizo reconocimientos expresos inteligibles en analogía, pero, además, ocurre que esta “declinación” es, antes o después, una triste y natural realidad en los históricos (y en los que no lo son: pienso en mí mismo). Decía Claudio Rodríguez que “los poetas somos como los yogures: tenemos fecha de caducidad”, y él mismo la tuvo, y más bien temprana, como la tuvieron Hierro (véase ‘Agenda’, por ejemplo), o Dámaso Alonso, o Rafael Alberti, o Jorge Guillén… ¿seguimos?

Insisto en que he querido entender el caso de Ángel humanamente, sin aferrarme al mito (como tampoco se aferraba él). En cualquier caso, ahí queda, hasta donde haya llegado, su obra grande, su contenido cívico, su actitud de resistente cuando hubo que serlo (convendría no olvidar que el Dictador murió hace más de treinta años, creando un desconcierto para quienes cifraban en la resistencia su poesía), y que son los componentes grandes que he relacionado los que le proporcionan su calidad de histórico.

Por manifestarme como he explicado, Almudena Grandes, por ejemplo, ha puesto en letra impresa que soy “cortesano (?), torpe y mezquino”. Y Joaquín Sabina ha hecho declaraciones –que no he oído pero que me repiten unívocas–, sobre “ese que se dice poeta, ¿cómo se atreve a hablar así de Ángel“?, y hasta creo que ha hecho unos versos dedicados a Ángel en los que aparece la expresión “sin el beso de Judas Gamoneda”. No hago interpretaciones. Doy estos nombres porque ya los han dado ellos.

Habrá más de lo mismo –no pienso averiguarlo–. En todos los casos, tratarán de hacer creer que mis manifiestaciones son contra Ángel, y que su voluntad ofensiva se justifica en Ángel.

YO MÁS BIEN pienso en que sea la referencia a que Ángel (82 años, enfermo, tomado por la soledad en un orden principal) era acompañado, pero también utilizado o manipulado por personas de las que dije “que no merecía la pena nombrar”. Sigo en mis trece: no quiero nombrarlas. Que se nombren ellas mismas. Tengo –tenía– un particular interés (quizá no lo haga en ningún sitio más) en poner en claro mi actitud sobre este triste asunto en Oviedo, la ciudad en que nació Ángel González, poeta histórico, y unos años después, yo mismo.

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