“El discurso que nunca se pronunció”, de PABLO DE LA VARGA

Portada del manuscrito del discurso de Pablo de la Varga.

Portada del manuscrito del discurso de Pablo de la Varga.

[PABLO DE LA VARGA, amigo de Gamoneda desde 1935, no tuvo la oportunidad de leer este discurso el 22 de noviembre de 2007, durante la investidura del poeta como Hijo Adoptivo de León, debido al protocolo del acto. Lo guardó para el 6 de diciembre, cuando estaba previsto que la Diputación concediera a Gamoneda la Medalla de Oro de la Provincia. Pero esta última concesión se pospuso sin explicación sine die. Al final, Pablo leyó su discurso a su amigo el día de Nochebuena de 2007, y la lectura emocionó a toda la familia reunida. Quede aquí, como recuerdo, y en homenaje a la amistad incondicional que desde que tenían 5 años les ha unido a ambos.]

* * *

(Padrino y compadre:
con el cariño denso y permanente de siempre. Pablo) 

GAMONEDA

Con motivo
de su adopción como hijo por el Ayuntamiento de León

Por PABLO DE LA VARGA

Pablo de la Varga, en la inauguración de la exposición Visión del Frío, en julio de 2007.

Pablo de la Varga, en la inauguración de la exposición Visión del Frío, en julio de 2007.

Ilmo. Sr. Alcalde, dignísimas Autoridades, Señoras, Señores:

Creo que pocas cosas honran más a un lugar, que el saber honrar a sus hombres mejores.

Aunque Antonio Gamoneda no nació aquí, aquí se hizo, aquí su infancia, aquí su adolescencia, aquí su juventud, aquí su madurez.

Tuve el azar y la suerte de jugar y de crecer con él.

Cuando niños, nuestro patrimonio más querido era la calle y la imaginación. Entonces esta ciudad se andaba en dos zancadas y nuestra andadura la cruzó muchas veces en todos los sentidos de la brújula.

Era un patio de vecindad fácilmente convertible en el país de las maravillas por el que deambulaba Alicia.

No había coches. Aun existía una berlina con su tiro de caballos que tenía parada ante la fachada principal de la Diputación y era un simón que hacía servicios a las estaciones.

Los vehículos de gasolina, quitando cuatro taxis y el coche de Genaro que recogía y repartía viajeros, eran muy escasos los que lucían su rodaje por las calzadas.

La ciudad era de viandantes y de niños que jugaban y corrían en libertad y sin sobresaltos.

Las niñas al corro, a la comba y al diábolo. Los niños al tacón, al pite, al fútbol, a los platis, a las pelis, a correr las calles con el aro en viajes de fantasía, y si la ocasión se presentaba, a la manga riega.

Toñín tenía especial habilidad para trepar los árboles de La Condesa y a mí me hubiera gustado encaramarme al del Ayuntamiento para emular a Tarzán. No era posible porque ese sitio siempre estaba a la vista de la Guardia Municipal.

En nuestro callejeo siempre íbamos escoltados de Dick Turpin, Buffalo Bill y cerrando comitiva, Toro Sentado. No era para menos y así nos surgieron aventuras cuya relación sería inacabable.

Luego vimos con curiosidad infantil el desfile de la Legion Cóndor. También vimos otras muchas cosas menos hermosas.

Algunas de ellas están magistralmente relatadas en Lápidas.

Sí, Antonio fue niño en esta ciudad. Si los rincones pudiesen hablar, le saludarían muy familiarmente a su paso.

Un buen día, sin esperarlo, le crecieron los pantalones y sus piernas le llevaron al trabajo; su corazón a entender de patria, sus ojos al amor y su pluma, a la verdad y a la belleza.

La pluma. La pluma existió desde su primer deletreo y, de modo normal, al darse a conocer gana premios.

La primera flor natural se la concedió este Ayuntamiento. El poema está dedicado a la luminosidad y galanura de la Virgen Blanca.

La Catedral de León ha tenido la suerte de ser alcanzada por el canto de Gamoneda. Esa “gruta de pasión y viento”, “esa belleza derramada hacia arriba”.

También la tierra. Sus cuestos, sus encinas, chopales, pájaros, ríos, secanos, pinares, la majestad de la montaña y el aire.

El aire de León, tan invadido de coplas. Yo creo que León alberga en su cielo incomparable, la patria del aire… No me dejaré llevar.

Sí, Antonio fue joven en esta ciudad. De aquella época nos queda León de la Mirada. Veinte años de poesía que contempla a León.

Dice el poeta: “Una tierra que me ha hecho suyo de la única manera posible y verdadera: en el difícil encuentro del amor”.

Sí, a Antonio Gamoneda, ahora en su madurez, también le ocurre en León.

Su voz, que trasciende el localismo para hacerse universal, ha sido portadora del nombre de León por cuatro continentes, con la dignidad que luce la estirpe de un gran escritor.

Siempre fue un mago de las palabras. Maneja como nadie el poderío de las palabras.

Muy exigente. Permanentemente se corrige a sí mismo. Se rehace en mejoras hasta que alcanza la belleza en su máxima expresión.

Es como un inquietante volcán de continua fumarola. Con mucho talento estrena lenguaje. Un lenguaje lleno de modernidad, totalmente ajeno de antiguallas. Es un pórtico hacia el futuro que nos conduce a través de los hondones de nuestros entresijos a paisajes profundamente nuestros que, quizá, oscuramente habíamos presentido, pero que nunca los habíamos visto.

Su palabra enriquece nuestro idioma, porque es como el hurmiento al pan.

Y en su diapasón siempre está presente el tematismo social, que suena con la solemnidad que requiere su solidaridad con las víctimas del infortunio ante los poderes injustos.

No sé acercarme más en este corto tiempo. Además, de lo que se trata en este momento es de tactar su leonesismo.

Aunque dentro de lo posible he cumplido con la brevedad que se me encareció, no me resisto a despedirme sin leerles un breve poema de los que dedica a León y que por sí mismo identifica a Gamoneda como leonés de lujo.

Si como un árbol vivo se incorpora
la música en tu espacio
y, al fin, precipitada transparencia
entre ciudades, llanos,
ríos lentos, caminos,
y, más aún, despacio llega,
y anida como un pájaro armonioso
en corazones humanos;
si, obedeciendo al sobresalto puro,
se estremecen los campos
y el territorio mineral anuncia
la elevación de sus profundas alas;
si alcanzo
a decir la belleza de tu rostro;
si alzo
estos ojos de hombre para verte,
tierra de León, amiga y madre mía,
hallo
tus claros chopos y tu cielo libre.

De esta mirada, surge mi canto.

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