‘Clío le inspira’, un artículo de FERNANDO R. DE LA FLOR

Fernando R. de la Flor.

Fernando R. de la Flor.

[Este artículo apareció publicado en la revista República de las Letras, 104 (2007), 75-81.]

CLÍO LE INSPIRA

Por FERNANDO R. DE LA FLOR

Mundos de la vida

Reivindicaremos en lo que sigue aquello que habitualmente permanece consignado como un “afuera” del texto, y que se considera sin trascendencia excesiva para él. El “giro contextual” (1) nos advierte de la necesidad de reconstruir los contextos y mundos de vida que condicionaron decisivamente la producción de la acción comunicativa, eventualmente, incluso, cuando se trata de ese acto de habla gratuito y fuera (aparentemente) de situación determinada que pasa por ser la poesía.

En efecto,  historia y poesía no parece que hayan caminado de la mano, y sin embargo, a los efectos de la consideración de la potente obra de Antonio Gamoneda, aventuraremos la hipótesis de que la fuerza toda, la que podemos llamar elocutiva y la perlocutiva; la que determina al propio poeta a escribir y la que él mismo logra desencadenar con sus palabras en el espacio psicoactivo propio de su recepción, se encuentran inspiradas, en este caso sui generis, por Clío, y reciben de esta musa de la historia, que teje los relatos de las comunidades humanas en su devenir por el tiempo, toda su energeia.

El peso propio de lo que es histórico que abre en Gamoneda las vías de la escritura, procede y mana de unos tiempos que sin exageración alguna podemos conceptualizar como dotados de una hondura propiamente trágica. “Tiempos de España” cuya convocación espectralizada aproxima su presencia a la de ese emblema dinámico del ángel de las postrimerías, presa de un doble movimiento contradictorio, según el cual se ingresa en el futuro con la vista puesta en un pretérito difícilmente redimible. Vencido a consecuencia del peso del pasado y del estigma histórico que signa la catástrofe ya ocurrida, es así como el poema se abre paso ciegamente hacia el porvenir que lo absorbe, espantado por la enormidad en que se sustantiva la vivencia de todo lo acaecido.

En este que es el caso que querría traer a consideración, como en tantas otras cosas, el poeta que nos ocupa parece haber viajado a redropelo de su tiempo, ejecutando el programa de un proceso que parece haber sido inspirado en el héroe trágico Odiseo, pues que ha debido ser gobernado por los principios de la prudencia, el silencio y  un cierto exilio de cada una de sus condiciones epocales. Esto produce el primer cuadro general de una diferencia siempre orgullosamente mantenida: en medio de la algarabía post-democrática, Antonio Gamoneda permaneció callado y sumido en sus trabajos de alquimia y tiempo; cuando las voces se han ido poco a poco conmutando, y hasta se diría que apagándose, confundidas y enfrentadas, ese es el momento gamonediano por excelencia en la que puede advertirse que el tenor profundo de su voz estuvo siempre allí, circulando subterráneamente y alimentando el discurso del castellano; presentándose así Antonio Gamoneda como uno de esos maestros en la retención temporal –“animal de memoria”–, y en uno de los responsables en haber evitado entonces que todo cayera en la banalidad y en la proliferación exclusiva de un gay trinar, que celebrando el futuro por llegar hubiera de verdad acabado con toda la estructura del recuerdo.

En el momento en que se diría que todo lo profundo había quedado proscrito, y que el pensamiento trágico ya no es de manera ninguna el modo en que se apresa la imagen de una actualidad fugaz y desdramatizada, la certeza de lo contrario se instala en las tiradas líricas  del Libro del frío (2), e iluminará, sin duda también, los espacios circunscritos por un “armario lleno de sombra”, en el momento preciso en que éste texto tan rigurosamente comprometido con lo pasado aparezca. Y observemos si se quiere, pero ello ya en un nivel de puro contraste de los significantes, que es, precisamente, en el caso del primero de los libros evocados,  cuando el “frío” (la metáfora ideal para el estado de carencia y necesidad humana) ya nos abandona y la sociedad “caliente” del mimo y de las esferas protectoras (3) nos encapsula y defiende, creándonos un clima artificial sin extremosidades donde desarrollar nuestra vida en el “invernadero” en que se ha convertido este “primer mundo” occidental; es entonces cuando Gamoneda se alza precisamente con una “memoria del frío” que, en efecto, viene directamente del pasado, como un soplo que congela los sueños felices mantenidos bajo constelaciones amables y de claro matiz hedonista y alienado (4), advirtiendo acaso sobre el sentido final de una historia que, en buena medida, como querían los barrocos, es la historia del padecimiento humano.

Sólo como un conocedor obsesivo y minucioso de los paradigmas que rigen hoy el imaginario actual y determinan la vida toda del presente –cosa que el poeta por otra parte niega serlo–,  es posible que se haya podido construir esta poderosa escritura como un bastión resistente de la profundidad de la lengua y de los alcances y territorios que se pueden cubrir (todavía) con ella, tanto en la operación que rescata la vivencia pasadista en el fulgor de un “ahora”, como en la propensión a inscribir una suerte de “historia del futuro” (5), del que por otra parte ya nadie más tampoco se ocupa, en la medida misma en que el presente se ha hecho “absoluto”.

El retraimiento y la retracción de tal obra y la remisión que en ella misma se efectúa este movimiento a contrario, imponiéndose como una necesidad a partir del 75, es un ejemplo de lo que significa medir en profundidad ese mismo momento histórico, y evidencia como sin esa capacidad lectora –y casi se diría que contemplativa– del momento general que se vive no se puede aspirar a dirigirse a comunidad alguna. En el tiempo de las emergencias y de la diafanías; en el tiempo abierto por fin de la era post-franquista, cuando todo fueron desopilaciones, el poeta calla, se enroca, cifra su texto, resistiéndose al mandato generalizado de extraversión y de olvido, momento por aquel entonces en el que las personalidades de los sobrevivientes se obligaron a reconstruirse en términos de tabula rasa.

La escritura del trauma

Veamos más de cerca todo ello, y comencemos a hacer cobrar relevancia a las fechas que, me parece, no son en modo alguno despreciables, pues en torno a ellas se organizan cambios de climas, modificaciones de paradigmas cognitivos, metamorfosis sensacionales en los mundos de vida,

Atado a un concepto profundo de cambio histórico en el seno del maëlstrom transicional, parece bastante evidente que sólo fue Gamoneda –acompañado en esto de no más, en cualquier caso,  de una decena de productores simbólicos en los diversos espacios de representación– quien se preocupó de un asunto grave y esencial por aquel ya lejano año de 1975, aquél que habrá de bascular ya para siempre sobre el imaginario nacional, y que es un elemento simbólico que ha devenido clave en el desarrollarse de una propia historia española.

Acudiendo a una metáfora que debe tener implicaciones evidentes con nuestro presente, los años de la Transición se cubrieron olvidando las fosas abiertas y las trincheras todavía no cerradas por la maleza (6). Nadie se preguntaba entonces por el destino inconcluso de todo ello, salvo, de nuevo aquí el poeta obstinado que apareció entonces guiado por la estrella de la redención (7). Se trata de un impulso profundamente turbulento, según el cual se busca la redención del pasado en el presente, y para lo que el mecanismo alegórico rehabilitado en la modernidad crítica ofrecía sus figuras historiales (8), pues, en efecto, la alegoría es tiempo sometido a un proceso de extraordinaria condensación y desplazamiento, y en aquella, como advirtiera Paul de Man, “el tiempo es la categoría originaria constitutiva”.

Siempre dentro, pensamos, de una órbita cristiana, en aquellos primeros años profundamente desconcertantes, Antonio Gamoneda se ató a su tarea retentiva; aplicándose piadosamente a visitar las tumbas de lo que había sido y había tenido su destino trágico en la historia. Tumbas, es preciso el decirlo, que aparecían como inscritas en su corazón, que se había guardado durante todo ese tiempo en posición de duelo (9). El gran historiador francés, Michelet, decía que “cada época sueña la futura”. Para el caso de Antonio Gamoneda valdría decir que se instala en cada nueva época con tal deje de extrañeza que la conduce inevitablemente “a soñar la anterior”. La vivencia del tiempo gamonediano se deja circunscribir por el concepto elaborado por Henri Bergson de “duración”, pues, en efecto, desde el punto de vista de esta duración, el pasado no es, nunca, lo abandonado y perdido, sino lo que en todo caso coexiste con el presente y conforma finalmente aquello mismo a lo que el presente da cauce y expresión (10). En definitiva, el presente no es más que el lugar de emergencia de las fuerzas disruptivas y desintegradotas del pasado que vienen a desequilibrarlo, y, en cierto modo, también a arrastrarlo hacia su evidencia.

Desatendido de las alegrías un poco superficiales que traían los nuevos vientos, en días decisivos de cambios de paradigmas y constelaciones, el poeta no quiso ponerse de cara al sol para saludar los nuevos días, sino que se hizo la pregunta benjaminiana por el destino que había recibido el dolor, sintiendo la huella de todo lo desaparecido y levantando su lápida consolativa en la mejor tradición elegíaca hispana. Dentro de ella, la entonación religiosa que le sería propia parece reconstruida por lo que dice respecto a ninguna esperanza y a ninguna salvación retentiva. Como escribe un poeta de otra generación, por el que A. G. siempre sintió afecto, Aníbal Núñez. En efecto:

No haya Edén.  (11)

El horizonte utópico de la Modernidad, que antes había sido mesiánico, en la era de la metafísica, se revela en cuanto característicamente hundido ya en la nueva posición de vida a la que llamamos posmodernidad (12). Se hace cierto un aserto de Michel Certau, el pensador cristiano para el que, a la zaga en esto del otro gran teórico del dolor, Leon Bloy  (13), el auténtico desciframiento de la historia sólo le está reservado a unos pocos “seres de dolor” (14).

Gamoneda construye la historia desde ese mismo punto articulatorio y verdadero a priori de la experiencia humana que fue el dolor. Hay en ello un gesto de sometimiento a una tradición occidental bien fundamentada. Esta es la tradición que ha revalorizado un efímero melancólico que puede ser leído como spleen, desasosiego, fastidio universal, melancolía, acedía…(15) Este situarse abiertamente en el lado del deshacimiento, constituye un grave inconveniente, que no conviene minusvalorar, como señalamos en su día (16), y ello para la presente y futura instalación y escucha de Antonio Gamoneda. Frente a ese dolor, que es instrumento de conocimiento preferido por el autor, se alza, por lo menos desde los tiempos de Nietzsche, un amor y fascinación hacia lo mismo efímero; un culto y celebración de la impermanencia que resulta aceptada, y cuya estética (que deviene “estética de lo efímero” (17)) se impone como última elaboración del espíritu humano, orientado hacia su ingravidez, y su despegue de todo lo oscuro, pesado y trascendente (18). Es este el terreno dialéctico verdadero donde pensamos hay que situar la obra del poeta en confrontación con los discursos fuertes de este su tiempo y el nuestro. Pues no todo, ciertamente en un poeta, es pensamiento que puede tener un desarrollo triunfal y que pueda valer para la comunidad en escucha. Por el contrario la obra, en ocasiones quizá como esta, se hace cauce de un pensamiento de la inviabilidad y se obstina por consiguiente en enfrentarse al régimen de lectura de mundo de cualquier futuro previsible.

En todo caso, la deploración de Gamoneda, en el momento en que se alzó con fuerza en el contexto del año 1975, llegaba, una vez más, justo a tiempo con su cita con la historia. Con ese gesto, que por momentos de aquellos años pudo ser entendido y visto como único y singular y propio de él, entró ya en la historia de las representaciones de la historia. Sin su testimonio, todo se habría perdido un poco más. Superando la Guerra Civil, pasando por encima de los años del Franquismo, Antonio Gamoneda, podemos decirlo hoy, pareció comprender en lo profundo el giro epocal que su mundo y el mundo en general daba, concibiendo su misión entonces de un modo inusual como profética e histórica. Para él, articular históricamente el pasado y sus pasados no significaba, como significa para el historiador plano, el tratar de conocerlo como verdaderamente ha sido, sino el adueñarse de su recuerdo, el hacerlo suyo en la vivencia diferida de una memoria (19). Hoy, cuando volvemos a esas fosas (y habrá que recordar aquí que las fosas son siempre todas las fosas; la legión interminable de los muertos que son siempre todos los muertos), y cuando hoy volvemos también a esos tiempos fuertes  para comprobar que en ellos  ni están cerradas ni han sido simbólicamente saldadas todas las cuentas (20), comprendemos mejor desde esa meseta o perspectiva adquirida el sentido de este canto nada enigmático tomado en la perspectiva correcta.

Canto que nos estaba destinado en una suerte de prolepsis, o, más bien de prognosis  (21), figuras de la anticipación, por un maestro en el dominio de los tiempos verbales, que no sólo conjura el pasado sino que sabe también inscribir en él los futuros en los que éste está llamado a comparecer finalmente, y donde, por cierto ha terminado por encontrarnos y nos alcanza. Un maestro, cabe decirlo como colofón final, cuyo ejercicio supone el conservar en el lenguaje y para el lenguaje las grandes modificaciones de un tiempo convulso. Es evidente. La escritura gamonediana funciona activando un vector de corrección historiográfica; de remisión a un punto ciego de la historia, podríamos decir. Se produce el apresamiento psíquico de un momento único que se condensa en la forma de una invocación que trata de abrir el secreto que guardan los tiempos, que acaso no sea otro que el de su coalescencia. Retrospección, retracción, invocación… (“mi hábito es la retracción”, escribirá el poeta), estos son los vocabularios con que opera este arqueólogo a partir del quicio epocal que se abre en el año 1975.

Pero definamos ya por último la última de las operaciones históricas, aquella circunvolución mediante la cual empuja a la escena del presente un invitado indeseado del que hoy nadie habla. Presencia esta a la que de nuevo con su gesto, la resitúa en perspectiva histórica introduciéndola en el imaginario epocal del que podría pensarse que había sido a poco desalojada (22). Acostumbrados a sus determinaciones intempestivas que violentamente desencajan las puertas de los tiempos, cabe decir aquí también que su pregunta por la muerte resulta intempestiva, y viene a suponer, acudiendo ahora al título mismo de un libro de poemas de un amigo de Antonio Gamoneda, una suerte de “amenaza en la fiesta” (23), una grave corrección al espíritu de una época dominada por la narcosis de todo dolor (24).

Esta figura de autoridad no parece rendirse fácilmente al mandato de los tiempos que han cursado la orden de desplazamiento y de fuera de campo de todo aquello que no es la inmanencia del puro vivir. No se resigna a colocar de nuevo un happy end también ahora sobre el sentimiento de trascendencia, y sobre todo aquello que rebasa con mucho lo mundano. Cuando existimos la muerte no existe, y cuando existe la muerte nosotros ya no estamos, se dice tranquilizadoramente. Pero la muerte es, antes que cualquier otra cosa, una figura de prolepsis, y se puede afirmar de ella que su experiencia precisamente sólo la pueden alcanzar los vivos, sólo los vivos saben de la muerte; sólo los vivos tienen la memoria de la muerte (“Me moriré en París un día de aguacero”: Vallejo). Mas ese saber es hoy un saber censurado (25)y la penetración en su esfera sólo se hace bajo presupuestos de una gran truculencia.

En lo que son sus versos más vivos, e incluso en el climax de su apoteosis personal y en el momento mismo en que se puede afirmar que Gamoneda es dueño de todos los recursos de vida, su extremosidad le lleva a firmar los dobles caminos por los cuales la libido afirma obstinadamente la muerte en medio de la vida e, incluso, la vida se confirma a sí misma en cuanto desarrollada en los territorios próximos de la muerte. A ello da cauce su último trabajo, en donde, por decirlo así, se reconstruye un horizonte de espera del acontecimiento mayúsculo.

Así se entona el poema verdadero de la desobediencia a la doxa de la época, y entrada en cuestión intempestiva, donde se descubre que es, precisamente, el saber de la muerte  y la penetración sin ambages en el territorio de la destrudo la que al cabo alcance las representaciones más pregnantes de la vida, y que los potenciales que tiene el hombre de fantasía y liberación se conquistan a través de ese pasaje por el saber oscuro, cuya memoria histórica cela este guardián del frío y custodio de las nieves de nuestras vidas.

Así la herencia recibida del castellano ascético y mesetario entra en tromba en consideraciones de nuevo intempestivas, fuera de la hora, y por eso mismo abierta y explícitamente históricas. Efectivamente, la perdición final es el arco de clave de la historia, aquello que pudo convertirse en materia reflexiva central de la cultura literaria de la Edad de Oro. No es nada ajeno al tapiz de la propia lengua en que Gamoneda se escribe y se inscribe, este saber cierto del fin sin finalidad.

Digamos algo último ante la emergencia de este espectro coagulado de la historia que penetra en la forma de esqueleto, o donde la historia misma adquiere un rostro, una facies cadavérica. Desde los pentasílabos teresianos (“Nada te espante/ nada te turbe/ todo se pasa”), la lección de muerte es lección de vida y de ubicación en el theatrum vitae. Las cosas avanzan, en efecto, hacia su perdición; evocarla, aunque pueda parecer intempestivo, no es precisamente realizar un gesto atemporal, un intento de salirse de un sí mismo o, peor, de un contexto social. Aquí, como en Gracián, ello remarca la importancia misma del recorrido, el camino cubierto hasta el lugar de ese terminus, que cobra entonces todo su relieve, toda su intensidad.

Que ese camino se realice con plena consciencia, también con autorizada voluntad y por la propia senda autodeterminada y libre, es el horizonte que cabe. Y ese horizonte y esa misma finalidad sin finalidad es la tarea de la dimensión histórica que cree estar cumpliendo este poeta cuando entre las multitud de los que también caminan se alza para animarles, dirigiéndose a ellos con palabras fuertes y sentenciosas de cauterio (26), y acaso, también, de oscuro consuelo.

NOTAS:

  • (1) Como modelo hermenéutico para hacer preguntas a los documentos textuales que ha puesto en circulación un Quentin Skinner, el historiador que recientemente más ha hecho hincapié en la necesidad de reconstruir los contextos en los que se producen los “actos de habla”. Véase Enrique Bocardo (ed.), El giro contextual. Cinco ensayos de Quentin Skinner y seis comentarios. Madrid, Tecnos, 2007.
  • (2) Primera edición: Madrid, Siruela, 1992.
  • (3) Sigo aquí las evidencias que sobre el bienestar de la actual sociedad occidental opulenta –denominada como sociedad del “mimo” y de la cobertura protectiva– ha puesto de relieve Peter Sloterdijk, sobre todo en la fase final de su retablo conceptual Esferas. III. Madrid, Siruela, 2005.
  • (4) Ello tiene en estos días una corroboración que podría parecer anecdótica. Los arquitectos Emilio Muñón y Luis Mansilla, creadores del Museo de Arte Contemporáneo en León (reciente Premio Mies Van der Rohe), han podido decir de su edificio posmoderno que ha insuflado la contemporaneidad en la vieja ciudad castellana: “El MUSAC ha llevado optimismo. León es una ciudad en marcha. Allí casi ya no hace frío (El País, 27 abril 2007, 54. El subrayado es mío).
  • (5) Véase el gran título que refleja esta construcción paradójica en Antonio Vieira, Historia del futuro.
  • (6) Ello configura una “memoria de los olvidados”, ahora revisada por Emilio Silva et alt, La memoria de los olvidados. Un debate sobre el silencio de la represión franquista. Valladolid, Ámbito, 2003.
  • (7) Sobre esta “redención” como un concepto esencial en el mapa cognitivo de una Europa que debemos colocar en la perspectiva de haber nacido a la luz después de su gran Guerra Civil (1914-1945), Franz Rosenzweig, La estrella de la redención. Salamanca, Sígueme, 1997.
  • (8) Una operación realizada singularmente por Walter Benjamín. Sobre ello, véase Juan Varo Zafra, “La rehabilitación de la alegoría: Walter Benjamín”, en Alegoría y metafísica. Granada, Universidad, 2007, 601-607.
  • (9) Posición de duelo que es por su propia naturaleza una posición histórica, el realizar de un duelo por la historia transcurrida. Sobre ello puede verse el libro de Enrique Ocaña, El duelo de la historia. Valencia, Pretextos, 2000.
  • (10) Véase Henri Bergson, Memoria y vida. Madrid, Alianza, 1977
  • (11) En Primavera soluble. Fernando R. de la Flor (ed.). Salamanca, Diputación, 2003.
  • (12) Jürgen Habermas se ha ocupado de definir esta caída de la utopía como el rasgo ultramoderno por naturaleza. Véase Textos y contextos. Barcelona, Ariel, 1996.
  • (13) Véase Albert Béguin, Leon Bloy, místico del dolor. México, FCE, 2003.
  • (14) Michel Certau, La fábula mística. Madrid, Siruela, 2006, 34.
  • (15) Para esta tradición, véase ahora mi libro La era melancólica. Figuras del imaginario barroco. Palma de Mallorca, Juan de Olañeta, 2007.
  • (16) Ello en Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor (eds), Sílabas negras. Salamanca, Universidad, 2007.
  • (17) Véase Christine Buci-Gluksmann, Estética de lo efímero. Madrid, Alianza, Arena Libros, 2007.
  • (18) Esta apertura es la que instrumenta una nueva filosofía, en contra del viejo pensamiento trascendente y esencialista,  y está en la actualidad representada en Peter Sloterdijk, Esferas. Madrid, Siruela, 1999–2006, y por Clement Rosset, La fuerza mayor. Notas sobre Nietzsche y Cioran. Madrid, Acuarela, 2002.
  • (19) Esta comprensión sutil de lo temporal, ha sido recientemente articulada para ciertos espacios plásticos del Antiguo Régimen por Didi Huberman, Ante el tiempo. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2005.
  • (20) Cuyo recuerdo, en todo caso, no deja de arrastrar una clara problematicidad, parcialmente ahora abordada, para el caso de los crímenes nazis, por Tzvetan Todorov, Los abusos de la memoria. Barcelona, Paidós, 2000: “Debemos permanecer alerta para que nada pueda apartarnos del presente”, ha escrito ahí el lingüista.
  • (21) Para cualquier aproximación a estos conceptos, será útil ver: Reinhart Koselleck, Aceleración, prognosis y secularización. Valencia, Pre-textos, 2003.
  • (22) En este último paso viene, pues, a reconciliarse lo que José Manuel Cuesta Abad (“De yerbas secretas”, Espacio/Espaço, 23-24 (2004), 88-90) ha denominado componentes “radicales” de la poesía de AG: un pasado histórico, una memoria personal y, finalmente, la experiencia de la muerte.
  • (23) Me refiero al libro de Tomás Sánchez Santiago, Amenaza en la fiesta, publicada en el año 1979.
  • (24) Véase el libro de Enrique Ocaña, Sobre el dolor. Valencia, Pre-Textos, 1997.
  • (25) Ver de Vladimir Jankelevitch, La muerte. Valencia, Pre-Textos, 1997.
  • (26) La sentenciosidad, tan emparentada con la marcha de la filosofía española clásica, ha sido puesta de relieve, para el caso Gamoneda, por Miguel Casado, “Cifras arden en los ojos: historia de una mirada”, en Un ángel más, 2 (1987), 157.
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