Gamoneda escribió en 2014 una “Carta muy abierta al alcalde de León”, sobre la reforma de la Plaza del Grano, que sigue siendo válida

La Plaza del Grano, en León. © Fotografía de Alejandro Sáenz de Miera.

La Plaza del Grano, en León. © Fotografía de Alejandro Sáenz de Miera.

[Reproducimos una carta de Antonio Gamoneda, publicada el 22 de enero de 2014 en Diario de León, en la que el poeta y Premio Cervantes 2006 reclamaba, como portavoz cultural, que se respetase la preciosa Plaza del Grano, en León, sin duda uno de los lugares más hermosos de España, sobre la que pende un proyecto de reforma cuya última versión se acometerá en breve.

En los primeros días de 2017, cuando de nuevo se anuncia que pronto empezarán las obras de reforma, Antonio Gamoneda es uno más de los muchos ciudadanos que han suscrito ya el Manifiesto “Salvemos La Plaza Del Grano”, por lo que viene a cuento recordar esta “carta”, escrita en su día, y que sigue siendo válida en su argumentación y en sus propuestas:]

“Carta muy abierta al alcalde de León”

Por ANTONIO GAMONEDA

Querido señor alcalde: considere incluido en este sencillo encabezamiento el respeto que como ciudadano leonés le debo y le tengo. Añado el ruego de que haga extensivo mi saludo a la Corporación de su presidencia, que, entiendo, todos sus componentes son copartícipes en las responsabilidades y tareas de procurar al común vecinal, dentro de lo posible y razonable, el bienestar cuya gestión se les ha confiado.

Pronto habrá intuido usted que el ‘muy’ que figura arriba, en las palabras titulares, ha de tener alguna connotación especial. Así es: esta carta no va a estar referida a un asunto menor o particular; el asunto, a mi juicio (a nuestro juicio, mejor dicho, que no le escribo sólo por iniciativa mía, sino estimulado por un no pequeño grupo de escritores y artistas plásticos), es un ‘asunto mayor’, relacionable con la sensibilidad y con la fibra sentimental de muchos, de un número, también mayor, representativo con suficiencia, de quienes en León convivimos.

Permítame que, antes de entrar en el tema –que no problema; no problema, al menos aún, todavía, y tengo mi confianza puesta en que no lo sea nunca– a título de preámbulo ilustrativo, le cuente algo de mis prolongadas correrías –ya poco frecuentes, que los años mandan mucho– por tierras españolas y por las que decimos extranjeras. Le cuento de Alemania.

En Berlín (algo parecido me sucedió en Frankfurt, Munich o Colonia, no recuerdo bien la ciudad), en hora ya muy vespertina, me detuve ante las ruinas de una que hubo de ser edificación eclesial o conventual. Me atrajo la particular belleza de las ruinas conservadas, entre las que, con un sencillo mantenimiento, habían prosperado hierba y arbustos. De éstos, algunos ofrecían pequeñas flores espontáneas; flores humildes, blancas, en su mayor parte. Me dije que los regidores de la ciudad tenían un fino sentido de la estética urbana. Y del patrimonio urbanístico-cultural. Y de otros valores, legítimamente subjetivos y, a la vez, generales, de los que algo le diré.

Permítame, señor alcalde, hacer un poco más de preámbulo.

Aun sabiendo muy poco, sí alcanzo a saber que ni la Ley de Régimen Local ni los Reglamentos que la aclaran y complementan, contienen normas determinantes de que en los municipios españoles existan ¿especialistas? en la que podríamos decir Estética Urbana. Por poner un ejemplo leonés, le cuento que, hace ya bastantes años, se demolió, con su hermosísima fachada incluida, el que era Instituto ‘Padre Isla’, obra del histórico arquitecto Palacios, autor del que, en la plaza de la Cibeles, en Madrid, se dice ‘Edificio de Correos’ y de otros edificios, no pocos, arquitectónicamente importantísimos. Está claro que no había ¿especialista? en el Consistorio leonés.

Sé también que esta ¿especialización? no es exigible a los miembros corporativos ni a los técnicos que, respectivamente, se preocupan y ocupan de la Ciudad, pero ¿no le parece, señor alcalde, que estamos ante una carencia que se podría y convendría aliviar? Quizá baste para el alivio una reflexión generosa que sobrevuele pragmatismos menores, relativamente menores, cuando menos, en ciertos casos

Me atrevo a ampliar algo ya insinuado: en el bienestar de los ciudadanos importa mucho, además de la eficacia y la corrección de los actos administrativos y de la bondad de las funciones técnicas, el cuidado de las que he dicho sensibilidad y fibra sentimental. Fíjese, por favor, en que digo precisamente ‘en el bienestar’.

Estoy pensando en un lugar leonés concreto; en el lugar que, al menos en términos convecinales, decimos ‘Plaza del Grano’. Haga conmigo, por favor, una contemplación intelectual del lugar: vemos soportales de madera, accesos por calles descendentes, aceras estrechitas y puede que discontinuas, canto rodado, una pared claustral, un ábside románico y unos chopos –creo que son chopos, no estoy seguro– que algún lejano edil decidió plantar; árboles inoportunos, por cierto, dado que su verticalidad ‘pelea’ con la horizontalidad arquitectónica de la plaza, presidida por el ábside y –todo hay que decirlo– un tanto perturbada ya por algún edificio con más plantas de las deseables.

Pero la plaza, en lo que concierne a la composición espacial y a la caracterización histórico-antropológica, sigue siendo muy digna de respeto. Nos dice, además, muchas cosas. Nos comunica verazmente, en el humilde lenguaje de sus materiales primarios, la tipología de un pasado que es nuestro, evidentemente nuestro, deducible de una cultura existencial tipificada en términos leoneses.

Yo conocí el mercado ‘del grano’. Y añado inmediatamente: también lo conocen leoneses mucho más jóvenes que yo. Lo conocen precisa y únicamente porque aún lo pueden ver en su configuración y en su peculiaridad conservadas, que proporcionan la sugestión de un tiempo, la profundidad de un tiempo, que tiene, en la plaza, una sencilla, noble y expresiva caracterización estética.

Perdonada me sea la vanidad, pero voy a autocitarme: Era el mercado del silencio. Las enlutadas posaban su patrimonio de quilmas y el día descansaba en la quietud de rostros ceñidos por sargas y recuerdos más blancos que las legumbres bajo los ábsides. (…) Callaban con el gesto aprendido en los centenales, bajo el sonido de los vientos. Murmuraban sobre las hernias de los hombres y los relentes venideros antes de recobrar el fardo inútil y regresar, madres del miércoles, al país desolado de los censos.

La plaza ha sido motivo literario y pictórico para muchos creadores leoneses y no leoneses.

No se trata, señor alcalde, de retornar al pasado ni de meras nostalgias; se trata de que las actuaciones urbanísticas no deterioren nuestra conciencia de ser hijos y herederos del tiempo; se trata de preparar y enriquecer el presente y el futuro con el conocimiento sensible del pasado; se trata de ser fieles al carácter y –dicho sea una vez más– a la estética de la Ciudad, una estética de ningún modo gratuita o superflua, sino vinculada, insisto, a la sensibilidad, a la sentimentalidad y a la cultura. Definitivamente, se trata del respeto a componentes sutilmente reales del bienestar.

Sé que ya nos ha comprendido usted, pero, puesto en ello, me voy a permitir una sugerencia. Le voy a sugerir algo que quizá algún miembro de la Corporación, usted mismo, puede haber pensado ya. No me extrañaría.

Haga usted, señor alcalde, hagan ustedes –amplío aquí el destino institucional de mi carta–, señores concejales, hagan el mercado más hermoso de España.

Háganlo sin gasto y echando, de paso, una mano limpiamente tendida –muy oportuna, por cierto, en nuestros días– a cultivadores y familias locales. Una pequeña tasa, una limpieza un poquillo especial en las madrugadas y las tardes de los miércoles y los sábados, y vengan directamente a la plaza del Grano los cereales y las legumbres de la provincia campesina. Pueden acompañarse de flores y de algunos productos artesanales. Podrían tener entrada también el pan ‘de pueblo’, los pollos ‘de corral… Nada de carnes de matadero, ni de productos de piscifactoría, ni de etiquetas fabriles. Eximan de la tasa a aquellos cultivadores y cultivadoras que acudan con trajes tradicionales (no obligadamente trajes festivos; bastarían las viejas indumentarias del trabajo, del cada día). Y, los que quieran y puedan, aportando algún ornamento: las antiguas herramientas y útiles campesinos, los pequeños objetos emblemáticos del ámbito rural leonés…

En incompleto y torpe apunte, estoy intentando el diseño, vuelvo a decirlo, del mercado más hermoso de España; estoy pensando, en modo forzosamente elemental, la sencilla creación o re-creación de una realidad atractiva.

Y le estoy hablando de etnografía y de estética, señor alcalde. Si no lo ha hecho ya, piénselo. Piénselo y háblelo con sus ediles. La plaza del Grano, es, para la re-creación que digo, el lugar, más hermosamente adecuado de España. Cierto que hay que dejar la plaza como está (salvo los chopos, si bien le parece, que no estorbarán en otro sitio o convertidos en madera) y consolidar –conservar– lo que pueda amenazar ruina, que será muy poco si algo es. Nada más.

Nuestro caso y nuestras posibilidades de hacer algo útil y hermoso no son exactamente iguales, afortunadamente, a las de Alemania, a las que traje a cuento como pretexto y en razón de cierta analogía. Analogía que no es igualdad. Nosotros no tenemos que ‘cultivar ruinas’.

Tampoco tenemos que desfigurar o maquillar los testimonios de nuestro pasado cultural, y los mercados son expresiones de una interesante y necesaria cultura popular. Piénselo. Se lo recomendamos, se lo pedimos.

Expuestos motivos, causas y deseos (también algún que otro temor, que algo he dicho de ‘pragmatismos menores’, de ‘desfiguración’ y de ‘maquillaje’), le saludo, le saludamos afectuosamente.

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