‘EN LA LUZ DE LAS CLARABOYAS’, por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Tomás Sánchez Santiago. © Fotografía: Guillermo Gallego.

Tomás Sánchez Santiago. © Fotografía: Guillermo Gallego.

EN LA LUZ DE LAS CLARABOYAS

(Texto dedicado a Antonio Gamoneda en su 80 cumpleaños, el 30 de mayo de 2011)

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Siempre me gustó el sabor de esa palabra: “claraboya”. Me entran a la vez infancia y luz por ella cuando la pienso o cuando la pronuncio. Ahora, cuando recuerdo –con qué nitidez emocionada– mis primeras conversaciones con Antonio Gamoneda, me sale a flote esa misma luz alta y entera, escasa de pérdida. La que dejan dentro de uno las claraboyas de la memoria aún viva.

Mis amistades poéticas –Eloísa Otero, Ildefonso Rodríguez, José Luis Puerto– me encaminaron a la casa del escritor no bien llegué yo a León en 1993. Nunca olvido esos primeros encuentros colectivos en la penumbra de aquel vestíbulo inmediato. Había hospitalidad y había prudencia en las palabras. Y había un juego de mutualidades que ponía en el mismo nivel lo que unos y otros estábamos haciendo. En esa expresión, “unos y otros”, está también incluido el propio Gamoneda, que para aquellos días, tras el estupor que a todos nos había causado su Libro del frío, estaba en relación obsesiva y alegre y desmesurada –todo junto, sí– con su Libro de los venenos. Él preguntaba con naturalidad sobre aspectos que le concernían mucho en aquellos momentos. Y luego escuchaba. “Tienes razón; lo voy a pensar”. Así acababan a veces sus inquisiciones.

Con el tiempo, me logré acostumbrar a eso. A poner en el tapete común nuestras preocupaciones y zozobras poéticas. Junto al vino; junto al queso. Todos nos hablábamos y nos escuchábamos a un mismo nivel. Por eso, de pronto, en mitad de un asunto, Gamoneda nos hacía saber, si es que venía de verdad a cuento y sin cambiar el tono, quién había pasado por allí mismo unos días antes. Podía ser un conspicuo. Pero él nos lo ponía delante sin darle ventaja ninguna a su lustre.

Eso me habló enseguida del alcance de su deferencia, de su amistad que no hacía distingos.

Esa es la luz que aún sale por las claraboyas de la memoria cuando recuerdo aquellos días, que luego fuimos alargando de mil modos en nuestra relación en la ciudad en que ambos seguimos viviendo. Y siempre así, empujándolo todo hacia la alegre franqueza de la amistad incombustible.

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