FIL / Gamoneda: “La lectura es un arte de creación”

El escritor inauguró el Salón de Poesía. Foto: EL INFORMADOR / P. Franco.

El escritor inauguró el Salón de Poesía. Foto: EL INFORMADOR / P. Franco.

“La lectura es un arte de creación”

Antonio Gamoneda habla del proceso de escritura y la importancia de la poesía para el diario El Informador (México)

GUADALAJARA, JALISCO (27/NOV/2016).- El poeta español Antonio Gamoneda (1931) vivió en su infancia la guerra civil de su país, cuyo ambiente de posguerra moldeó su poesía. Heredero del nombre de su padre, también poeta, Gamoneda encontró también en la poesía un medio de expresión y de asimilación de la realidad. Su primer libro, Sublevación inmóvil, fue finalista del Premio Adonais de Poesía en su edición de 1959. El poemario se publicó al año siguiente, abriendo una bibliografía que incluye, además de la poesía, el ensayo y la memoria. Ha colaborado también con artistas plásticos. A su llegada a Guadalajara, platicamos con el escritor sobre la evolución de su obra, la poesía misma y los ejes temáticos que la han regido.

—En “Escritura y alquimia” comenta la experiencia de verse retratado en barro para una escultura, y cómo reconocía su rostro, ¿se reconoce en sus poemas? Sobre todo en sus primeros poemarios.

—No totalmente, hay un hilo existencial. Me doy cuenta que llega hasta mi primerísima juventud, mi adolescencia y más allá, hasta mi niñez. El tiempo modifica, modula todas las circunstancias que están en el entorno de ese hilo existencial. Modifica incluso la actitud personal del poeta. Reconocimiento sí, pero no pleno.

—Varios de sus libros tienen un juego de descontextualización de otros textos (“Lápidas”, “El libro de los venenos”).

—En concreto, en “El libro de los venenos” no hay una voluntad clara por mi parte de salir de la que es mi poética más o menos permanente. Pero entra en juego un dato, hay de una manera impensada, cierta voluntad de transgredir la autoría del poema. Es como si el poema fuera un patrimonio de todos. En la antigüedad grecolatina era difícil discernir si se estaba haciendo poesía o ciencia, o las dos cosas. Afortunadamente no estaba claro. Yo entro a ser uno más, uno que seguro se porta mal con ellos. No sé si ellos se prestarían a que yo modificase su discurso, y lo hago: lo recorto, le doy la vuelta, lo pongo a confrontarse con fragmentaciones mías, que terminan siendo las más extensas. No sé qué opinarían ellos. Hay algunas zonas de trabajo que son así. Es muy frecuente que los poetas cojan al habla popular. Los giros, las expresiones, actitudes ideológicas, la sentimentalidad… Pueden ser poetas realistas, neopopulares, estas clasificaciones que hay (que no terminan de ser válidas). Pero si un poeta puede conjugarse con el lenguaje popular, ¿por qué yo no puedo conjugarme con el lenguaje de otro poeta?

—Ha hablado del conocimiento que da la poesía.

—Al decir conocimiento no hablo de un conocimiento absoluto y definitivo. Es un conocimiento de una especie y de unos objetos cognoscibles. No es lo que entendemos como un conocimiento convencional, sujeto al realismo, a la lógica o a la ciencia. Es de raíz radicalmente subjetiva: el acto de conocer modifica al objeto. Significa que los poetas no son de fiar.

—¿La poesía tiene el valor de convertir el sufrimiento en goce estético?

—En la poesía, y no sólo allí, en casi todo lo que es expresión, es no sólo estética: es un movimiento liberador, y de consolación. No es raro: es el mismo mecanismo del psicoanálisis, o en la confesión de la iglesia católica. Con la ventaja de que en la poesía el sufrimiento se convierte en un objeto estético. Un poema, por más triste como las Coplas de Manrique a la muerte de su padre; está destinado a una forma de placer…

—Para el lector, ¿qué le deja la poesía?

—El lector, si es capaz y sincero, sin prejuicios, al leer un poema no sólo lo hace suyo, pero no es el mismo poema que escribió el autor. El poema se transforma. La lectura es un arte de creación también, pone en nosotros una consciencia de mayor sensibilidad, mayor voluntad por interesarnos en lo que desconocemos. O llevándolo a un terreno que no siempre se cumple: por mejorar lo que hacemos. Es la única herencia que puede dejar la poesía: estimular las consciencias, intensificarlas, crear en ellas una sensibilidad, una disposición ante la vida, más receptiva y más generosa. Pero sin ideologías.

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