Sobre Miguel Delibes: ‘Creación, muerte, recuerdos…’ (2010)

Miguel Delibes en una foto tomada en 1998.

Delibes: creación, muerte, recuerdos

Por ANTONIO GAMONEDA
Artículo publicado en EL NORTE DE CASTILLA el 16 de marzo de 2010

En estos días se han dicho muchas cosas de Miguel Delibes; del escritor vivo, grande y justamente celebrado, y se han sucedido, también numerosas, las lamentaciones derivadas de su desaparición. Creo que ahora mismo, hoy, es, y seguirá siéndolo durante algún tiempo, perfectamente ingenua la pretensión de aportar reflexiones o ponderaciones que puedan estimarse originales, profundas o novedosas. En tiempo venidero, no muy cercano, como ya tengo sugerido, se producirá el devenir de estimaciones y estudios abarcadores de una vida y una obra cumplidas en una razonable abundancia, sin perjuicio de que esta apreciación (la que se completa con la noción de «una razonable abundancia») sea difícilmente comprensible y aceptable ahora, desde la tristeza inmediata que la muerte proporciona.

Estas estimaciones y estudios se darán cuando contemos con una perspectiva menos sentimentalizada. Vendrán, incorporando objetividad, las caracterizaciones y juicios de valor que convienen a un creador que ya es historia. No estoy, no quiero estar, enredando hipótesis ni hipérboles, ni haciendo suposiciones extremadas. ¿Quién, cinco o quince días después del trance mortal, habría sido capaz de una visión y una interpretación totalizadoras en los casos -creo que non malos ejemplos- de Cervantes o de Juan de Yepes, llamado sea también, este segundo, por si el lector lo prefiere, San Juan de la Cruz?

Yo conocí a Delibes hace, pongamos, treinta y cinco o cuarenta años, cuando le invité a dar una conferencia en León. Cruzamos alguna carta y alguna llamada y dio la conferencia; una conferencia dispuesta con sencilla y, a la vez, refinada inteligencia, que tenía como fondo la diversidad paisajística de León provincia, y la tipología, también diversa, de sus pobladores, referidas, ambas diversidades, al espacio rural principalmente. Cenamos juntos, con otras dos o tres personas, y yo diría que fue en la cena cuando Delibes dictó la conferencia en profundidad, añadiendo pronunciamientos críticos –positivamente críticos, en su mayor parte aunque no en su totalidad–, denotativos de un más alto grado de comprensión geopolítica y humana que el que dispuso para la conferencia. Llaneza –incluso en las ya aludidas precisiones críticas–, cordialidad en todo momento y un «hasta pronto» o algo por el estilo, que, lamentablemente, no se logró en su prontitud.

Pasaron años, muchos debieron ser, hasta que tuvimos unos minutos de relación en persona. Fue con motivo de la presentación en Valladolid de uno de los primeros libros de Gustavo Martín Garzo. Allí, en la primera fila, estaba Delibes, atento, como, al parecer, era su hábito, a las posibilidades creativas jóvenes y, en el caso de Gustavo, seriamente interesado por su, ya en aquel momento, evidente talento de narrador. Deduzco la seriedad de las pocas pero cálidas y precisas palabras que cruzó conmigo a propósito de la obra presentada. Con alguna mínima discrepancia –más bien reorientación interpretativa–, creo recordar, relacionada puntualmente con un pormenor de mi presentación. Por segunda vez, llaneza y cordialidad (era él quien, sin que se notase, disponía la gratificante llaneza), y, quizá, otro «hasta pronto» que ya no se nos deparó. Pero…

Pero he hablado de «relación en persona». Es cierto que ya no volvimos a encontrarnos y, sin embargo, en mí se dieron relaciones, contactos con Miguel Delibes, de los que él no pudo alcanzar a enterarse. Algo voy a decir de tales «relaciones y contactos», alterando, porque así me peta, la que fue su cronología.

En año que no soy capaz de poner en cifra, yo era parte del jurado que había de discernir –creo que sí, que era éste– el llamado Premio de las Letras o Premio de las Letras Españolas. El jurado decidió que fuera para Delibes y, no recuerdo si por alguna concreta razón, yo fui encargado de comunicárselo por teléfono. Le llamé, se lo dije y añadí la natural felicitación. La respuesta fue… irónica, con muchas probabilidades de ser una respuesta bienhumorada: «Pues me habéis fastidiado; con esto por delante, no va haber manera de que el año que viene me den el Cervantes». Como puede verse, la llaneza, que tan repetidamente le adjudico, podía acoger también la ironía. Pero la ironía no resultó premonitoria: al año siguiente, Delibes era Premio Cervantes.

Otro recuerdo significativo tengo. En este, ni siquiera la voz de Delibes estaba presente. La personalidad y voz presenciales eran las de Carmen Balcells. De esto hace ¿tres, cuatro años? No sé decir el cuándo; mi contabilidad del tiempo es insuperablemente mala, Carmen Balcells había venido a Valladolid, a «fichar», esto sí lo tengo claro, a Miguel Delibes. «De paso», se acercó a León para abrazarme, aunque «principalmente para conocer a tu (mi) mujer», como, con picardía cariñosa, me dijo. Hablamos de Delibes. No mucho, pero sí lo suficiente para que yo entendiese de manera completa los resultados y la captación profunda de la personalidad del escritor que ella traía consigo: «Es muy inteligente», dijo en algún momento. Mediaría un comentario mío y, muy pronto, añadió –no recuerdo bien las palabras– algo equivalente a «No hace teatro». Para mí, la carga referencial de estas –alguna más habría– expresiones en boca de Carmen Balcells, estaba clara y completa. Se la adivinaba muy contenta. El trato habría resultado positivo, pero, además, el hombre Delibes le había procurado una imantación también positiva. Había encontrado a una persona con la que ella podría intercambiar afectos verdaderos.

He dejado para el final, aunque la ocurrencia fuese muy anterior a la segunda y tercera de las que aquí relato, una circunstancia en la que tampoco estaba presente Delibes. ¿O sí lo estaba? Vamos a tratar de averiguarlo.

Retrato (fragmento) de Miguel Delibes, por el pintor Álvaro Delgado.

El pintor Álvaro Delgado había traído una exposición a León. El galerista, Jaime Quindós, era –y es– amigo mío. Me invitó a la inauguración. Un cuadro –estoy seguro de que era el mejor de toda la muestra– retuvo largamente mi interés y también mi emoción. No sólo por su calidad, aunque la tuviera abundante. Era un retrato de Miguel Delibes.

Pero tampoco el que fuese un retrato de Delibes fue el motivo único de mi intenso y prolongado detenimiento. Había algo más, y este «algo más» era causa de emoción y, de intangible manera, más allá de la verosimilitud fisonómica, causa también de una presencia real del retratado. Delibes aparecía sentando en un sillón (puede que fuera un sofá), tenía la mano izquierda ligeramente separada de su cuerpo, extendida hasta recoger, sin ocultarla, otra mano cuya procedencia visual se desvanecía en el fingido espacio habitado por indecisas luces y sombras. La mano recogida, sostenida con la naturalidad gestual que puede desprenderse de una firme costumbre, tenía una esbelta suavidad carnal, casi una transparencia, y comportaba también una realidad presencial.

Pronto me di cuenta: en su consistencia principal, aquel cuadro había sido «pintado» por Delibes. Había en él una significación representativa de una íntima realidad que trascendía el hecho pictórico. que concernía a Álvaro Delgado. Allí había entrado un símbolo que se simbolizaba a sí mismo. Aquella mano era la mano de la esposa muerta y amada, la mano de Ángeles.

Supongo que la situación que he llamado presencial queda suficientemente explicada. Miguel Delibes era hombre capaz de permanecer en el amor más allá de la muerte. Es necesario deducir que esta hermosa capacidad es componente principal y generador de la de contemplar el mundo, la existencia y el tiempo con lúcida gravedad, y de crear su representación en la escritura con la misma serena emoción con que, en cierta y muy real manera, Delibes «pintó» su propio retrato.

El retrato de Delibes del pintor Álvaro Delgado acompañó al féretro del novelista en la capilla ardiente en el Ayuntamiento. Fotografía: GABRIEL VILLAMIL / El Norte de Castilla.

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