“Gamoneda: transparencia y elogio de la sombra”, por José Ángel Leyva

Antonio Gamoneda:
transparencia y elogio de la sombra

Por JOSÉ ÁNGEL LEYVA
Artículo publicado en el periódico mexicano La Jornada el 28 mayo 2017

Días después de colocar La prisión transparente en el estante y revisitar mentalmente algunos de los poemas de esta edición posterior a Canción errónea, donde Antonio Gamoneda conduce su poesía a un laconismo que semeja la agonía, el estertor de la luz y el movimiento, me encuentro con una obra que me sugiere la presente nota: Elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki. Sentí que, desde las primeras páginas escritas por el japonés, un doble juego, una paradoja, me sumergía con avidez entre sus páginas. Poco a poco y al final de su lectura, en el reposo de las ideas, vino hasta mí la voz castiza de Gamoneda a mostrarme las correspondencias conceptuales de su Prisión transparente (Vaso roto, España, 2016).

Nada más alejado del libro de Tanizaki que la poesía de Gamoneda, pero también nada más íntimo con los valores que el primero otorga a la oscuridad. El Premio Cervantes (2006) hace su propio elogio en Un armario lleno de sombra (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Madrid, 2009), ese extraordinario testimonio autobiográfico en que el poeta descubre y confirma el lado umbrío de la humanidad y la palabra, la dualidad y la paradoja de la existencia, la esencia misma del pensamiento entre la lucidez y la confusión, entre el deseo y la desesperanza. El japonés, por su parte, destaca con delicada prosa el sortilegio de la penumbra, su capacidad reveladora y sublimante ante una modernidad occidental que exalta todo lo que brilla, lo que deslumbra, lo que aparenta luz y enceguece. Tanizaki opone la discreción oriental de su cultura, el espacio arquitectónico que considera el ámbito reposado de la penumbra y el valor del uso de la cosas, la mancha del tiempo y el desgaste. De algún modo nos coloca en la profundidad no sólo de la memoria, sino, y sobre todo, del olvido. El arte de vivir y permanecer, de recordar y resignificar el vacío.

Gamoneda, a su modo, también nos coloca ante esa misma valoración de la experiencia humana, no sólo al recuperar de la sombra secretos y misterios, signos y símbolos de su sentimentalidad oscura, sino también al remitirse a los atisbos de la escritura en la musicalidad de la ausencia, en el libro de poemas de su padre y en esa clara situación de quien descubre su principal argumento: Sublevación inmóvil (1960). Cuando se lee al escritor japonés argumentar sobre la emoción contenida en el teatro Kabuki y en especial en el teatro No, la representación enérgica y lenta de la danza, el fundamento de la máscara y la gestualidad sensual y violenta de los cuerpos, no puede pasarse de largo el sentido oximorónico del título del primer libro del español, o el de Extravío en la luz, que hiciera con la obra plástica de Juan Carlos Mestre, en 2009. En ambos hay una relación tensa y sublime con la belleza, una manifiesta pasión por lo oculto, por la máscara, y un rechazo a lo evidente. Es decir, transfigurar en sugerencia lo ex-plícito e iluminar lo que parece inerte. Por ejemplo, en estos versos del libro referido de Gamoneda: “Nació mi hija con el rostro ensangrentado/ y no me la dejaron ver despacio./ Nació mi hija con el rostro ensangrentado/ pero me la quitaron de las manos./ Mi hija ahora ya va a hacer tres años/ y habla conmigo y ella ve mi rostro./ Mi hija ahora ya va a hacer tres años/ y canta y piensa pero ve mi rostro./ Yo ahora ya no me pregunto/ por qué se ama a un rostro ensangrentado.” (“Blues del nacimiento”).

Tanizaki insiste en que lo suyo es la belleza de la sombra, mas no de lo demoníaco y lo macabro como pretendían encasillarlo los críticos de su época. Podríamos decir también que lo de Gamoneda es la oscuridad anímica, la belleza implícita en el dolor y en la carencia, en la sobriedad y en la vergüenza, es decir, en su reconocimiento. Hay un espectro en todo instante que nos impide apartarnos de la inexistencia, un olvido indispensable para arribar con cierta dignidad al fin y ganar la libertad sin miedo, con la sublevación del dolor y la palabra. “Mi corazón sobre la música/ se inclina en paz. Alguien dice/ siempre adiós./ La belleza/ necesita silencio” (“For children. Bela Bartok”). El autor japonés, al mismo tiempo que habla del refinamiento y la pulcritud de los templos y monasterios, de las casas donde domina la luz indirecta y natural, contra la insultante luminosidad de las bombillas eléctricas, apunta a los salones de té y a la cocina de su país. En ese momento podemos reconocerlo en El imperio de los sentidos, de Roland Barthes, porque es justa la descripción sobre la importancia fundamental y complementaria de la vista junto al olfato y el gusto. La cocina es una composición de colores y de formas, un juego de signos que llaman a la belleza y a los significados. La cocina japonesa no es una cosa que se come solamente, sino que se mira; más aún, no sólo se come y se mira, se medita. Y para ello es indispensable un lugar adecuado, silencioso e iluminado de forma sutil, con la estética propia del cine nipón, con juegos de sombras y contrastes.

En el caso de Gamoneda se piensa en esa mundanidad virtuosa de Juan de Yépez, a quien el poeta de Oviedo ha leído con especial atención. La carnalidad se vuelve espíritu y el deseo éxtasis de amor universal, el dolor es epifanía y entrega. La prisión transparente es un libro que contiene diversos registros y a la vez una misma poética de ese “entender no entendiendo” y de “un no saber sabiendo”. Esa cárcel nos permite trascender sus barrotes, pero no garantiza que en verdad podamos ver lo que contiene, acaso sentir lo que aprisiona. Transparencia en esos sitios donde dialoga el poeta con interlocutores invisibles y ausentes, como Nezahualcóyotl, Trakl, Helder, Plinio, Dioscórides, Mallarmé. Condensación de la escritura y de la vida: “Estoy cansado”, sílabas solas “No” “sé” “yo”, y el hermetismo dulce de la resolución: “ No/ digo más./ Estoy olvidando.” Pero tal vez Tanizaki vino de la mano de este otro verso: “Adiós ninfas: me voy/ a contemplar la sombra en que os habéis convertido.”

Antonio Gamoneda.

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