Dos improvisaciones (palabras, música) de Ildefonso Rodríguez para Gamoneda (2006)

[Este texto, que sirvió de introducción a un pequeño concierto de Ildefonso Rodríguez, fue leído en París, en el Instituto Cervantes, el 4 de mayo de 2006, en unas jornadas dedicadas a Antonio Gamoneda. Es inédito:]

DOS IMPROVISACIONES (PALABRAS, MÚSICA)
PARA ANTONIO GAMONEDA

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Ildefonso Rodríguez.

Aquí estamos, sentados alrededor de la persona y la obra de Antonio Gamoneda y con los buenos amigos. Un privilegio del que haré, lo anuncio ya, doble uso y de un modo un tanto desacostumbrado para mí.

Cuando Félix Blanco me invitó a participar en esta mesa, dejó caer el deseo de que viniera con mi saxo y, une sortie en beauté (así me tentó Félix) tocara algo. Me resistí, no veía fácil el modo de insertar entre lecturas mi sonido, mi fraseo musical. Pero Félix insistió, supo convencerme. Y entonces empezó el trabajo de imaginar un acomodo para el saxo en esta reunión. Empezaron los tormentos. ¿Debería renunciar a mi pequeña lectura sobre la poesía de Gamoneda? ¿O no, y entonces el saxo vendría a ser como un invitado de última hora, la entrada de un músico callejero?

Ahí me mantuve, en la pura indecisión: no arrancaba ninguna escritura, no veía sin más el saxo en la reunión.

Hasta que me pareció encontrar un encaje, la vía de acceso. Lo que diré ahora no es una justificación, pero voy a explicarme.

Entre las cosas que he sido y soy en la vida, está el ser músico, saxofonista, y el ser lector apasionado de Antonio Gamoneda. Y sucede que, en algunos momentos, ambas actividades ya se han cruzado: he leído la poesía de Gamoneda como si, (como si) estuviera escuchando una música poderosa y. sin demasiadas cábalas, la he intentado describir en algunos textos. En el pequeño ensayo Las músicas de Gamoneda, escribí:

“La música es uno de los elementos constitutivos del espacio poético abierto por Gamoneda (…); siendo yo músico, voy a exponer conceptos que manejaría con un colega de la profesión; no me referiré a la música como metáfora, un más allá de la palabra poética. Por el contrario, intentaré mantener una especie de diálogo con los textos sintiéndolos, oyéndolos, bajo categorías musicales. Es decir, considerando que Gamoneda es, con propiedad, un músico”.

Entonces me dediqué a recorrer las distintas formas musicales y su evolución en la obra de Gamoneda: la música de cámara del inicio, los blues, la monodia modal de Descripción de la mentira, la prosa estrófica y fragmentaria del Libro del frío, con música de simetrías acentuales, la coralidad del Libro de los venenos, las improvisaciones circulares de Arden las pérdidas.

Años antes, en mi primer acercamiento crítico (es decir, lo que se escribe al ritmo de una lectura intensificada y hasta alucinada) incluso me atreví a sugerir una posible instrumentación para esta poesía:

“Y por lo que respecta a su timbre, si alguien pudiese tocarla, debería elegir el fagot, pues ese instrumento, de entre todos, posee el timbre no ya de la voz humana, sino del cuerpo humano, resuena y retumba en el fagot la oquedad ventral y fértil del cuerpo”.

La intimidad con el colega músico ha sido muy explícita algunas veces. Hasta hemos intercambiado cuestiones de organología. Recuerdo cuando me pidió una lista de nombres para distintas flautas, y yo hice una: flauta de pan, siringa, zampoña, cálamo, caramillo, silbato, silbo… Al final, Gamoneda dio con el más preciso, y lo acomodó así en el Libro del frío:

“Ahora tienes miedo y, de pronto, te embriaga la exactitud: la misma fístula está sonando bajo tu ventana: ha venido el afilador”.

Esos son datos de precisión auditiva. Y podría añadirse que el silbido instrumentado (fístula, cánula) del afilador y el propio de Gamoneda atraviesan el cuerpo musical de su poesía. “Tu cuerpo silba en los arándanos”. “Silban las cuerdas depositadas en mi alma, silban los números perseguidos”. “El afilador que posee en sus cánulas una sola nota, clara como una serpiente, creadora de la niñez en un país de hombres vigilados, no es más feliz que su propia música destinada al invierno”.

No insistiré más en un acercamiento temático a ese cuerpo musical. El propio Gamoneda ha definido la música con la precisión de un maestro: “Cantidades de tiempo situando cantidades de sonido permiten sobrepasar la muerte”.

Pero yo seguía buscando alguna justificación para imaginar la presencia desnuda de mi saxo aquí y ahora expuesto. Y por fin creí dar con ella.

Cuando conocí el libro Lápidas, dos pequeñas piezas en él me fascinaron hasta lo obsesivo. Eran dos tangos, el Tango de la misericordia y el Tango de la eternidad. Leía y me parecía estar manejando una máquina infantil de visión, un zootropo giratorio, o mejor, un estereoscopio; entraba en su luz amielada, en el ámbar de unas escenas vistas en otra vida. Los dos tangos eran como las dos ventanas o los ojos del estereoscopio, iluminaban la obra entera de Gamoneda.

(Entre paréntesis: a veces en una obra grande se nos abre una sola frase, una escena, y la recogemos como si fuera su síntesis, el precipitado de toda su alquimia. En el canto XXX del Purgatorio, le dice Dante a Virgilio, cuando se le presenta Beatriz: “No ha quedado en mi cuerpo una sola gota de sangre que no tiemble; reconozco mi antigua llama”. “Mi antigua llama” puede ser esa síntesis, y la imagen transmigra en título de canción tocada por Miles Davis: My old flame).

Aprendí de memoria las dos piezas, me las decía a solas, las empecé a entonar. Acabó por depositarse una música para cada tango y fueron dos composiciones fijadas en el pentagrama; lo que de aquel modo me había poseído pasó a pertenecerme como compositor.

Aunque yo no soy un verdadero compositor, sino un improvisador, vivo del momento de tocar, de ese vértigo y ese riesgo. Así que a eso voy ya. Ni fagot ventral (ni sumergido), ni fístula o cánula del afilador, ni tampoco la gracia del pájaro chamariz (quién me diera) que también ha cantado alguna vez en la poesía de Gamoneda. Ni un simple silbido. Yo voy a hacer sonar mi saxo tenor sobre las palabras de los dos tangos; acogiéndome a la vieja sentencia de los presocráticos  que no me canso de repetir: “De nada vale la música si es mantenida en secreto”. Y con la ilusión de que el sonido deje aquí no una huella, pero, al menos, una estela de mi cariño hacia Antonio y mi afición a su obra.

(…Y tras pronunciar estas palabras, Ildefonso Rodríguez comenzó a tocar…)

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