“Hay una luz que camina”, un texto de Juan Carlos Mestre para el libro “Veo la luz” de Amando Casado y Antonio Gamoneda

Una de las fotografías de Amando Casado, con fragmento poématico de Gamoneda, en el libro “Veo la luz”.

Portada del libro.

VEO LA LUZ
Amando Casado (fotografías)
y Antonio Gamoneda (fragmentos poemáticos)
Eolas Editorial, León, 2011

Nota: El volumen incluye, a modo de prólogos, textos de Juan Carlos Mestre, Luis Grau Lobo, Eloísa Otero y Roberto Castrillo. El libro también se acompaña de un DVD, “Veo la luz en el Camino”, con fotografías de Amando Casado, fragmentos poemáticos recitados por Gamoneda y música de Senén García García de Longoria.

Este texto de Juan Carlos Mestre es uno de los que aparecen incluidos en las primeras páginas del volumen:

HAY UNA LUZ QUE CAMINA

Por JUAN CARLOS MESTRE

Hay una luz que camina y está empapada por la velocidad de las lágrimas que le confidencia la sombra que marcha a su lado. Es la luz que coincide con el ángulo de la vibraciones donde la noche da su razón a la conciencia del sueño. Es entonces la luz insistente de los sueños la que entra en la mirada del otro, el que bajo el estallido de la tormenta, sobre los barros convivientes de su soledad, ante los hierros de la imaginación del futuro, hace visible la esperanza del antifilósofo y el fracaso del mágico. Es la luz abierta contra la penumbra que amenaza el encierro, la dignidad de los caminantes descalzos atraídos por algún tipo de pensamiento magnético.

Es la luz de la imposibilidad, por eso es también la luz de la creencia de cuanto no encuentra reposo: la propia búsqueda, las campanas de invierno donde aún resuenan las voces de los maltratados por la lógica del último siglo. Son las claridades que madura la luz, el fruto que justifica la inmovilidad del árbol y el pararrayos de los límites. Una luz hecha de substancias oscuras como el perdón que abre con sus llaves de lluvia las huellas hacia las nervaduras de la catedral o el castillo de naipes.

La duración de la luz está en los brezos y en las convulsiones de los que pernoctan en las cunetas de los maltratados. La redención de la luz se adhiere a los enamorados y a los camineros que desafían el laberinto de su propia certeza. La naturaleza de la luz pertenece a la especie de los pájaros subterráneos y a la muerte desnuda que espera con sus barbas de piedra a la orilla del mar. A nadie aguarda, con nada se impacienta, está quieta esa luz, pero camina esta luz.

He aquí la objeción: el deslumbramiento. Esta luz roe los huesos de la teoría ondulatoria, se niega a ser admitida como testigo de cargo, es luz, y no ha existido ninguna otra manera de convertirla en destino. Son los salmos y los cantos de bodega de la luz descendiendo sobre los campos de centeno y la curvatura del eco en los espejos de lo presentido por aquí abajo. Son los silencios de la indeferencia invadidos por la voz aromática, las alianzas entre los caminos sublevándose en los apeaderos de lo maravilloso. Aproximadamente es el peso de la luz en los talleres de balanzas, el valor de las nubes sin dueño y los ambulantes huéspedes de alguna forma de amor .

Los animales mansos ven un torrente de partículas de luz en las manchas de la enfermedad, los jóvenes extranjeros ven luces vivientes en la frontera azufrada de los viñedos, las abejas ven luz en las joyas que van a ser apagadas. La luz que silba el guardagujas del arco iris es vecina de la luz que agotó su alimento en la taberna de las interrogaciones. Es la luz que vino a preguntar la que ahora piensa en los claros del bosque de tu corazón, la luz de plomo y los copos de nieve, la luz de los fragmentos que reconstruyen el mito de la felicidad sobre los girasoles nodriza y la cavilación de los osarios.

Y amas esta luz porque es la luz usada por tu padre. La luz que ha permanecido sobre las cantidades discretas y el deseo de los débiles y la fractura de los descontentos. Amas esta luz porque su energía derramó tinta bajo los párpados de cuanto permanece vigilante en la noche, e hizo ver lo justo y abrigó el desuso de lo informe con la perfección del hexágono.

Esta es la luz del que salió a buscar y por la luz fue encontrado. Los seres percibidos en la radiación de su cavidad sobre las superficies morales de la incertidumbre. Luz sobre el puente de los números y las semejanzas cuánticas entre la herrumbre de los ferrocarriles azules y las golondrinas fecundadas por los helechos. Luz es la luz entrando en las cerraduras y en los sotos de castaños y en el adormecimiento de las grandes promesas. Luz para el reparto de sueños bajo las solares vegetaciones de los nacientes.

Luz de cuanto digno de ser pensado es también la inicial libertad de lo que reclama ser visto, el horizonte individual que cruza el peregrino del tiempo y de la nada, el ciudadano que habla porque hay mundo y luz desobediente al pie de la letra de la historia. Luz de los lenguajes de la pobreza que en las cercanía del pensar asigna sus correspondencias con la verdad de todo diálogo: desocupar los huecos, el peligro de la gran tristeza, la casa del desmemoriado. Y ante lo que no fueron los signos abatidos por el rayo, restituir en luz el derecho, palabras, visiones, ciudadanos, a su luz.

Todas las noches luz: la equidad de la luz en los ojos de Amando Casado, la ininterrumpida luz que sobre el acero de los abismos tiende, viva voz de una emoción redentora, Antonio Gamoneda.

Información complementaria:

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