“Ferrín, Ferrín”, prólogo de Antonio Gamoneda a la “Poesía fundamental (1976-2005)” de X. L. Méndez Ferrín

Portada.

X. L. MÉNDEZ FERRÍN
Poesía fundamental (1976-2005)
Edición bilingüe
Calambur Poesía, 123. 2011
Traducción al castellano y notas: Eloísa Otero y Manuel Outeiriño
Prólogo de Antonio Gamoneda
Epílogo de Manuel Outeiriño
~ ~ ~

FERRÍN, FERRÍN

Prólogo de ANTONIO GAMONEDA

Quizá no es mala idea arropar esta versión, por detrás y por delante, con farrapos del libro que le dedicaran, hace ya el año, o más o menos, que el caso da igual, por causas que siempre parecieron dudosas, como todas las causas que se predicen.
Pero de repente, ¡zas!, estaba ahí. La causa había venido, ella sola y campante, desde el país de lo increíble, y no era tan escaramuja como la habíamos malpensado.
Bueno, sobran razones. Allá va con sólo un par de comillas para abrir y otro par para cerrar, aunque también pudiéramos ahorrárnoslas, alguna de aquellas ocurrencias.

Ferrín, Ferrín

«Querido Xosé Luis
Me sacas ventaja en años, lo tengo muy claro porque, en las mediciones que hay que hacer en este raro suceso que es la vida (ir de la inexistencia a la inexistencia, fíjate), la ventaja consiste no en tener más, sino, cosa también rara pero cierta, en tener menos. O sea que, menos años más vida. Cosas veredes, que decíamos por acá.
Atiende, Ferrín. Voy a seguir hablándote de años. Verás.
Hace cerca de medio siglo, cuando yo (me cuesta trabajo entenderlo) era, al parecer, un mozo (decían, incluso, que era un poeta joven), tú, lo quieras o no lo quieras —esto sí lo entiendo y tengo claro con todas las luces habidas—, escasamente pasabas de chiquillo y, por alguna disparatada causa, ya estabas hecho un poeta entero y grande. Cosas veredes; otra vez, “cosas veredes”.
Lo que llevo escrito en esta hoja, que es casi nada, debe de tener algún aire de trabalenguas o de extravío en los meollos. Pues, mira, mira otra vez: no. Se trata de acojonantes verdades. Me explico: sin prisas pero me explico.
¿Te acuerdas de aquel rojo benemérito que era (bueno, lo sigue siendo aunque cargue serias cicatrices), que era, digo, José Batlló? Y ¿te acuerdas de La Trinchera, la revista limpia de la que sacó para adelante —a base del esfuerzo y el castigo de ir él para atrás— diez o doce números? Pues allí leí yo un poema tuyo tremendo y bello que se titulaba “Roi Xordo” o algo por el estilo.
Dentro de mi vida (no me da mucho brillo, pero tengo que decirlo) aquel fue el primer poema que leí en gallego. No tuve dificultad; lo leí de corrido no sé cuantas veces. Yo no sabía leer gallego pero funcionó un impulso pasional y adivinatorio. Yo qué sé; tuvo que ser algo así. Como si yo llevase dentro de mí un diccionario vivo que funcionaba solo porque yo se lo pedía con urgencia; o mejor, como si yo mismo, por un accidente necesario, me hubiese caído dentro de tu pensamiento. Eso: yo pensaba con tu pensamiento o tú con el mío. ¡Qué más da! Lo inmediato fue, aunque tú no lo supieses, que, desde aquel instante, yo era tu amigo; tu amigo que estaba en ti. ¿O eras tú el que estaba en mí? ¡Qué más da!
Vinieron días, y yo, que por culpa tuya había caído también en el pozo divino del gallego, ya no necesitaba milagrerías para leerlo. Me atiborré de ‘Con pólvora y magnolias’ y de otros libros tuyos y no tuyos. Me quedé… Pues me quedé viendo lo que tenía que ver: viendo visiones. Visiones que eran, de paso, verdades como puños, que también se dice por acá. Cosas del materialismo histórico-visionario, digo yo.
Y vinieron más días y, con ellos, uno en que nos encontramos a pecho descubierto. No tengo buena memoria pero creo que fue con una castañeta asada a mano y con Silverio Rivas tirando de los dos. Sí, así fue.
Y luego todo lo demás, que no fue poco aunque no nos sucediese todo junto ni todos los días. Una vez me sacaste en los papeles y me llamaste “irmán”, y yo me di cuenta y me dije: “este Ferrín no dice mentiras”. Y hasta me metiste en un poema tuyo, y yo entendí que tú habías entendido mejor que nadie que yo, siendo niño todavía, había visto llorar a un caballo muerto en el penal de San Marcos, en León, que era una enorme casona, probablemente renacentista, donde lo natural, aunque no fueses caballo, era que te convirtiesen en muerto.
Y más días. Y yo, venga de querer al “irmán” de Vigo. Y tú a mí también ¡qué coño!, que hay que decirlo todo.
Y, en una de estas, Manuel Outeiriño y Eloísa Otero pusieron un libro tuyo en castellano y yo entrometí también algo. Sé que decía que “Méndez Ferrín me enseñó que la lengua gallega, más allá de los vocabularios necesarios para la tecnología y otras urbanidades, sin necesidad de quebrar la ligazón campesina, hacía suyas, peculiarizándolas, las centellas de la mejor poesía europea encendida del simbolismo para acá”. Y decía después: “… el gallego profundo (…) por el simple hecho de pronunciarse ya es materia insurgente”. Y decía también, por si aún quedase espacio para dudar del sentido que yo quería advertir y afirmar: “… a pesar (…) del uso espurio que hacen de esta lengua los mismos que la quisieran aniquilar, hablarla con legitimidad (como el pueblo verdadero, como la poesía verdadera) es aún una forma de lucha)”. Y después estuvimos juntos dos o tres veces en una mesa, diciéndole a la gente lo que se nos ocurría. Y después cenando empanada. Y después…
Después es ahora, y yo me pongo a pensar seriamente en lo joven y grande que eres y vas a seguir siendo.
Mira, entre las cosas del olvido hay una que se me aparece cuando ya voy a terminar esta que no sé si es o no es una carta. Te digo.
¡Qué bueno estaba el ribeiro que nos dieron en una “cunca”! (“cunca” es la única palabra exterior al castellano que he escrito en mis papeles), que nos alcanzaron, digo, unas inolvidables, unas grandes madres que movían una que no sé si era tienda o taberna. Sería las dos cosas. Allí mismo estuvimos con un chico (buen rapaz me pareció) que andaba jodido pero sonreía. Estando en algún telar de la resistencia dura, le habían metido una bala en las sartas de la columna y en la mitad bajera de su cuerpo estaba muerto. Con la otra mitad, sonreía. Yo creo que era hijo de una de las madres del ribeiro.
¿Sabes lo que he pensado? Me ha venido a la cabeza sin poner voluntad en que viniera. Ha venido y está aquí; sucede y así me basta y vale.
Pues el asunto consiste en que es buena hora para hacerlo y sé donde hay un ribeiro honrado. No me lo darán en una “cunca”, pero, bueno, no se puede tener todo. Voy a brindar por ti. Parecerá que estoy solo, pero no, no voy a estar solo. ¡Salud, Ferrín!».

¡Salud, Ferrín!, vuelvo a decirte ahora, cuando la causa ya es pasada, en mi trapalleira parola castelá, a la que también, ¡qué le vamos a hacer!, le tengo un aquel amoroso que no entra en bigamia a causa del tuyo, porque es, honradamente, amor bilingüe.

(Prólogo del libro Poesía fundamental (1976-2005) de X. L. MÉNDEZ FERRÍN, Ed. Calambur, 2011)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .