Antonio Gamoneda: «No se puede intentar comprender la poesía como si fuera el BOE»

Antonio Gamoneda. Fotografía: Ignacio Gil / ABC.

Antonio Gamoneda: «No se puede intentar comprender la poesía como si fuera el BOE»

Para el poeta, «todos los tipos de trascendencia de la escritura poética son secundarios respecto el momento primordial que es el de la escritura»

Por JAVIER VILLUENDAS (Casablanca)
Entrevista publicada en ABC/Cultura el 9 de junio de 2019

Con nocturnidad, un bastón y cero alevosía, el poeta, al entrecerrarlos por el humo, fuma sin ojos en la entrada de su hotel en Casablanca, desde donde observa la circulación de un tráfico no tan atroz como en la postal marroquí estándar. Antonio Gamoneda pregunta qué nos puede interesar de alguien tan rojo como él. Y luego ríe e inicia la entrevista mientras se corta las uñas de las manos. Fue el invitado estrella español en la feria literaria de esta ciudad africana. Allí diría: «Un no saber entendiendo, o un entender no entendido», esto es la poesía para el premio Cervantes de 87 años.

¿Le gusta viajar?

Sigue gustándome. Pero como me doy cuenta de que no me queda mucho tiempo de vida, y tengo muchas cosas sin hacer, tengo un poco de sensación de que no puedo gastar el tiempo viajando. Estoy sentado en la mesa de trabajo 14 horas al día si me dejan.

Sin embargo, de León no se mueve. ¿Qué tiene esa ciudad?

Tiene la necesidad. En el 33, mi padre había fallecido y mi madre era asmática. Y a los asturianos asmáticos los mandan a León a secar el aparato respiratorio. Luego viene la revolución minera y la sublevación militar de Franco que termina en el 39. Mientras, la Guerra Civil se había llevado los pequeños recursos que tenía mi madre en Oviedo. Había desaparecido todo, por lo que había que quedarse en León a ver qué pasaba. Y una vez que vas echando raíces, las raíces te retienen.

¿Encontró la afinidad literaria en León?

La afinidad literaria no es propiamente una afinidad, he de decir. Lo principal es llevar uno mismo ese impulso. Y creo que lo hubiera tenido en Asturias, en Praga o en León.

Se resalta de usted su condición solitaria. ¿Hay otra manera de escribir?

Creo que no. La escritura, en particular de estructura poética, es un acto de comunicación pero después. En principio, es una tarea solitaria. Pero lo que ocurre es que existe, y a mí no me parece mal, un hábito en el que los escritores se relacionan entre sí. Y el tejido de la reunión es mucho más amplio en ciudades grandes. Parece un poco obligatorio irse a Madrid, a Barcelona o a París. En mi caso, no es así porque yo me aficioné a la pequeña ciudad, a la convivencia que proporciona la pequeña ciudad. Y tengo amigos de todos los tipos que se pueden tener, de personalidad humana normal y también artistas y escritores en número suficiente. Y el resto del tejido comunicante de las grandes urbes, tú me publicas y yo te doy, yo eso no he sabido lo que es y no me ha interesado.

También le llaman «poeta tardío», pero escribe desde chaval.

Publiqué el primer poema en el 49. Era un mozo, tenía 18 años. Y el primero que conservo es del 47, pero escribo incluso desde antes. Yo no soy un poeta tardío, lo que ocurre que hay circunstancias que demoraron lo que podría ser un conocimiento más extendido de mi escritura. Después de «Sublevación inmóvil» (1959), escribí otro libro, «Blues castellano» (1961-66), y la censura practicó una intervención inaceptable. Me quitaba el 60% del libro. E hice una especie de huelga particular: no publicar ningún libro mientras existiera la censura oficial en España, hasta que no pueda decir lo que quiera. Estuve hasta el 78 sin publicar. En cuanto a escribir, fue un relativo silencio. Y así durante un montón de años. Esto no es creación tardía sino incorporación a la publicación tardía. Y creó una especie de desconexión, pero no me he sentido mal por eso. Luego he tenido suerte, seguramente.

¿Qué función tenía la escritura durante esos años sin publicar?

Tenía la más importante. He vivido ajeno a la repercusión mediática y más ajeno todavía a lo que podríamos llamar la vida cosmopolita de la literatura, Madrid y todo eso. Yo he sido y creo que sigo siendo una especie de provinciano vocacional. Y extiendo esto a la poesía. Me interesa la página en blanco, y el resto ya llegará si llega. Y, si no, me quedo bastante tranquilo.

Otros le achacan hermetismo.

Todo el mundo tiene derecho a pensar lo que le parezca. Y si piensas de una manera sincera, me vale. No que tenga que obedecer o atender a esa crítica, sino que me vale como postura del crítico. Ahora bien, el hermetismo es una palabra equívoca totalmente. Si se pensara y analizara bien, creo que no solo mi poesía sino la de poetas mucho más importantes que yo y que vienen siendo motejados de herméticos, porque ahí está todo el surrealismo estoico, la mayor parte de Federico García Lorca, alguna parte del propio Alberti o casi todo Juan Larrea… Pues este hermetismo, que yo entrecomillo, lo suscriben muchos poetas más importantes que yo. Recibo la opinión y no me disgusto. Hubo una muy pequeña reseñita en alguna revista, creo que era del Opus Dei, que decía que un libro mío era fracasado porque tenía consigo una carga surrealista. Bueno, este señor se está cargando a todo el superrealismo histórico que ha tenido una importancia enorme… ¿Yo qué le voy a decir?

¿Por qué la poesía debe ser de fácil comprensión si ni siquiera sabemos por qué nos gusta un color?

Es por una especie de interés equivocado en comprender la poesía como se puede comprender el Boletín Oficial del Estado. La poesía es otra lengua en la cual hay una semántica que se inventa en cada momento y en cada poeta. No se puede intentar ni desear una comprensión de carácter lógico o lineal, meramente discursivo, como puede ser el ejemplo de antes o un anuncio de publicidad. Si usted pretende comprender así, creo que usted está equivocado. ¿Cómo se comprende un fruto? Un fruto usted lo experimenta con los sentidos y queda enterado de lo que es pero a partir de una experiencia, no a partir de una comprensión como la que usted pretende aplicar al fenómeno poético.

Y, tras la huelga de muchos años, vuelve a publicar en el 78 su «Descripción de la mentira». Pero el eco es escaso.

Muy poco. Recuerdo una página entera del diario «Informaciones», que entonces existía. Era una reseña muy valiosa desde mi punto de vista y parece que desde puntos de vista posteriores. «Descripción de la mentira» apenas tuvo eco en principio. Pero con el paso del tiempo, y al publicar yo otros poemas, la crítica empezó a darse cuenta de aquel poemario hasta el punto de que el año pasado en La Casa Encendida (Madrid) se celebró un congreso con participantes de varias naciones y España, obviamente. Antes de eso, el libro ya había suscitado atención, pero siempre con años de posterioridad no menos de seis, ocho o diez de su publicación.

¿Qué le diría a los artistas que no tienen repercusión?

A los que no tengan fe en sí mismos, nada. Que escriban si quieren, si eso les reconforta, y que traten de no disgustarse demasiado porque no les hagan caso. Y a los que tienen fe en sí mismos, les diría que no se preocupen tampoco porque todos los tipos de trascendencia de la escritura poética son secundarios respecto el momento primordial que es el de la escritura. Pensemos qué repercusión tuvo el poeta más grande de la lengua española, que fue San Juan de la Cruz. Lo único que recibía eran latigazos de sus hermanos en Toledo. ¿Eso disminuye el valor de la experiencia del propio San Juan? ¿Y el valor interminable y colosal de su escritura? No, es secundario. Si tienen fe, que sigan pensando que su deber consigo mismos y la cultura está en escribir. Y que no se preocupen demasiado por la trascendencia mediática.

Trabajó 25 años como empleado en un banco mientras escribía lo que luego no publicaba. ¿Qué prestigio tenía la banca entonces?

Mucho peor.

¿Cómo lo vivía?

Pues hombre, con una depresión que me duró 18 años.

¿Se desahogaba escribiendo?

Digamos que el escribir sí me ayudaba.

Escribió: «¿Qué es la verdad? ¿Quién ha vivido en ella fuera de la dominación?». ¿Hay que mantener la duda para alcanzar la libertad?

La libertad es un sueño, es un deseo. No hay libertad. No solo hablo de libertad social, hablo de libertad física y de pensamiento. Ni siquiera eso. Creemos que somos libres. A veces tenemos nuestra propia limitación, que nos está limitando y quitando libertad, nuestra propia incapacidad. Y luego están las otras mil limitaciones. O sea que sí: la libertad es solo un deseo. Más allá es improbable.

¿Sabe por qué empezó a escribir?

Eso es muy fácil: porque mi padre era escritor, era poeta.

Heredó la poesía.

Es que además aprendí a leer con un libro de mi padre. A los 5 años estaban las escuelas cerradas, en 1936, y yo quería aprender a leer. Y mi madre se había traído solo ese libro de Asturias. Entonces, me inoculó algo.

¿Cuándo empezó a sentirse poeta?

Eso sigo dudándolo, depende de donde pongas el listón. Lo pones en un sitio y a lo mejor te coge, de ahí para arriba. Tuve necesidad de escribir poesía desde muy chiquito, desde antes que me decidiera a hacer un poema. A los 12 años quería ser poeta. Pero una cosa es querer ser y otra serlo.

Al trabajar desde tan joven, le denominan autodidacta. ¿Hay alguna otra manera de ser poeta, una oposición o un costoso máster?

Es una manera de hablar, el autodidactismo puro no existe. Está en los libros, aprendemos de los libros. Otra cosa es no estar matriculado, que yo he estado en algunas carreras, pero no las seguí. Yo he aprendido en los libros, como todo el mundo. Provincias, cierto apartamiento, tener que trabajar desde muy joven porque la Guerra Civil nos dejó a mi madre y a mí completamente descalzos en una tierra relativamente extraña… Y un trabajo duro, mucho peor que ahora. He llegado a hacer más de 80 horas semanales. Y no solo yo. He entrado muchos años el día 1 de enero a las cuatro de la mañana cuadrando los balances del año anterior.

A propósito de estos balances, escribió: «Todo el día 16 y 1000 y 2, ya no puedo más». En otro: «Cuando me pongo los pantalones, me quito la libertad». ¿Qué le parece la apelación a la España que madruga como el súmmum de la dignidad?

Está bien, sí. Pero depende para lo que madrugue. Si es para un trabajo alienado, no sé nada. Si madruga por voluntad de ser activo desde pronto, me parece bien.

¿Ve perverso idealizar el trabajo independientemente de la labor concreta?

No es exclusivamente eso. Los dueños de los instrumentos de producción, que se apoderan del trabajo y de las plusvalías que genera el trabajo, no creen que eso sea una perversión. Empecé cobrando 89 pesetas al mes y luego pasé a cobrar 350. Bueno, fuera lo que fuera, fui retribuido en una proporción que significa el 40% de mi productividad. El resto no va a mí, es de alguien. Ese alguien no lo ha trabajado, tiene su retribución por su trabajo de consejero delegado o presidente. Sin necesidad de entrar en términos revolucionarios, hay un elemento de perversión que empieza antes de mi jornada larga, es una manera de entender la realidad del trabajo y la producción. Perversa, yo digo sí. Pero pregúntaselo a otro, ya verás como te dice que no.

¿Hasta qué punto su condición, digamos obrera, es importante para comprender su obra?

En los términos usuales, no es obrera propiamente dicha. Pero yo lo doy por bueno. Realmente, no he cavado zanjas nunca aunque sí he descargado carbón. Y he trabajado para una entidad bancaria. Sea como sea, es totalmente cierto que mi vida se ha producido, proyectado y configurado en razón de una circunstancia sufriente que es propia de la condición obrera.

«La belleza no es un lugar donde van a parar los cobardes».

No lo pensaría siquiera apuntar a unos cobardes concretos, sino que ciertamente la poesía es un espacio de riesgo. De riesgo de la propia conciencia, de riesgo de lo que puede tener de comunicación si alcanza a tenerla… Bien, pues parece que los acomodaticios o los cobardes o los que se resignan a las formas convenidas, así como muy tranquilas y muy aclamadas, no es para ellos un lugar demasiado cómodo.

En «Canción errónea», escribe: «Despreció la eternidad. He vivido y no sé por qué. Ahora, he de amar mi propia muerte y no sé morir. Qué equívoco». En la India un hombre va a demandar a sus padres por haberle tenido sin su consentimiento…

Entiendo eso. En algún poema mío me refiero a mis hijos y digo que no sé si me habrán perdonado. No me pidieron permiso ni me dieron su opinión para que yo los pusiera a vivir. Así que hay cierta cercanía con este hombre de la India.

¿No le da sentido a la vida la propia búsqueda de sentido?

Prácticamente lo que hice en esos últimos versos del poema es una repetición de las conclusiones del existencialismo. Se vive y se sabe que va a morir, y todo ello carece de sentido. ¿Por qué? Más o menos es lo que viene a decirse ahí sin que yo haya querido hacer filosofía.

Y en «El libro del frío»: «Hierba de soledad, palomas negras. He llegado por fin. Este no es mi lugar, pero he llegado». ¿Adónde tenía que llegar?

Creo que no voy a llegar en esta vida, ahora ya sé que no voy a llegar. Esto nos lleva al pensamiento existencialista otra vez, a la falta de finalidad de la vida. Finalidad como lugar al que hay que llegar, eso está en el credo del existencialismo. Cuando uno ya entra en la edad del cansancio… Parece que no voy a ir mucho más allá, pero esto no es dónde yo pensaba ir. Realmente no hay que pensar en ningún lugar. Sabemos que vamos a morir. Y está bien, ya es mucho saber. Aunque no está muy claro qué es eso.

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