Dos poemas inéditos de «Las venas comunales», de Gamoneda, en ‘Periódico de Poesía’ (México, 2019)

Estos días llegan a las librerías los dos tomos de ‘ESTA LUZ Poesía reunida 1947-2019′ (Galaxia Gutenberg), la nueva edición (revisada y ampliada) de la poesía reunida de Antonio Gamoneda, y el mexicano Periódico de Poesía celebra esta publicación con un adelanto –dos poemas– del libro inédito (hasta ahora) ‘Las venas comunales’ (2015-2019), que se incluye en el tomo segundo. Un libro que se escribió originalmente en diálogo con la obra gráfica de Juan Carlos Mestre y que supone el regreso de Gamoneda a una escritura más estrictamente social, aunque (añade su autor) «lo será, creo, relativamente fuera de las ‘costumbres’ que caracterizan a la tendencia”.

* * *

HAS LEVANTADO tu flor vertiginosa y has colocado sus pétalos ante el rostro de la imbecilidad; has denunciado hierros en la umbría, bajo tu mirada llena de ríos. Ellos, la imbecilidad, han tenido que cerrar sus ojos.

La imbecilidad es delicadamente sangrienta. Ayer mismo, ha adquirido lirios para las esposas que hoy acudirán a las basílicas. Una particular delicadeza: lirios
en las manos imbéciles.

Tu flor es otra. Guárdate de los lirios.

Hoy o ayer, no sé, martes tal vez, ardió o va arder la madre del grisú, y aún, en el aire, van a arder las lenguas del metano y, en las lenguas, van a arder los cabellos humanos.

Puedes verlo con tus ojos. O quizá con los míos: ya arden los cabellos, entran cintas de fuego a los ojos expertos en la antracita y la sombra.

Pon tu ávida lente, examina la córnea; la córnea proletaria.

Un día, el metano va a conocerse a sí mismo; va a conocer su espantosa química. Llorará. Lloraría el metano,
si pudiese.

Llora tú en nombre del metano. Llora también en mi nombre.
Y te aviso:

Si la imbecilidad adquiere lirios, no te engañen los delicados preámbulos: olvida las basílicas y prepara la estrategia órfica. Mientras tanto,

guarda tu flor vertiginosa, guárdala.
Guarda la flor.

(Fábula del metano y los lirios)

* * *

EN LOS laboratorios, sobre las máquinas inmóviles, hay óxido y sombras. No hay ácidos ni hombres; apenas permanece la química de la ira.

Sucede a causa de la infección general de la atmósfera, es decir, de la vida. Sucede también a causa de grandes codicilos infecciosos.

Tú, es decir, yo, entra a los laboratorios. Pon temperatura. Primero en los instrumentos más tristes. Reduce el óxido, dispersa las sombras.

Madres. Madres tuyas y mías suelen venir a las válvulas. Abre las válvulas. Busca, no sé, gritos, quizá. Sí, busca los gritos de las parturientas gozosas, busca los cabellos aceitados por la tristeza, los imperdibles perdidos.

O su llanto.

Sí, su llanto insurgente. Induce tú la sedición llorando. Pon la obra magnética.

Ya llegan las madres.

Ya visten los grandes mandiles, ya tienden la ropa más blanca, ya cantan y lloran, ya lavan los ácidos.

¿Qué hacen las madres?

Ellas saben. Restauran la química
cantando, tendiendo, lavando, llorando.

(Fábula de las madres doctoradas en química)

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