* Biografía

Archivo familiar / Una foto de juventud de Gamoneda / “Caigo sobre una silla”

Un jovencísimo Antonio Gamoneda. Fotografía del archivo familiar de Gamoneda.

CAIGO SOBRE UNA SILLA

Cuando yo caigo sobre una silla
y mi cabeza roza la muerte;
cuando cojo con mis manos la tiniebla
de las cazuelas, o cuando contemplo
los documentos representativos
de la tristeza, es
la amistad quien me sostiene.

(Del libro Blues castellano, 1961-1966)

Archivo familiar de Antonio Gamoneda / “Blues del nacimiento”

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Mª Ángeles Lanza, esposa del poeta Antonio Gamoneda, con sus hijas Ana, Ángeles y Amelia (hacia 1978). / Fotografía del archivo familiar de Gamoneda.

BLUES DEL NACIMIENTO

Nació mi hija con el rostro ensangrentado
y no me la dejaron ver despacio.
Nació mi hija con el rostro ensangrentado
pero me la quitaron de las manos. 

Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y habla conmigo y ella ve mi rostro.
Mi hija ahora ya va a hacer tres años
y canta y piensa pero ve mi rostro.

Yo ahora ya no me pregunto
por qué se ama a un rostro ensangrentado.

(Del libro Blues castellano, 1961-1966)

 

Una desoladora anécdota de la memorias de Gamoneda en un artículo de Martínez de Pisón

El optimismo

Por IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN
Artículo publicado en La Vanguardia, el 30/08/2019

Una de las anécdotas más desoladoras que conozco la encontré en Un armario lleno de sombra, las memorias de infancia del poeta Antonio Gamoneda. Su padre había muerto en 1931, y su madre y él, que entonces era un niño de meses, se habían instalado en León. En 1945 los restos del padre, enterrado en el cementerio de Oviedo, iban a ser arrojados a la fosa común. La madre, que había ahorrado lo suficiente para comprar un modesto nicho, envió al jovencísimo Antonio para que supervisara la operación y, de paso, rescatara las prótesis de oro de la dentadura del muerto. Cuando los trabajadores del cementerio llevaban ya un rato cavando y sacaban restos humanos mezclados con tierra, el chico observó que algunas paladas iban a parar a un montoncito aparte. Una vez vacía la fosa, se armó de valor y echó de allí a los dos hombres. Ellos protestaron, pero Antonio se mantuvo firme. Luego se agachó junto al montón pequeño y fue desmenuzando los terrones hasta dar con unos trozos de dentadura. Tal como sospechaba, los obreros los habían apartado disimuladamente para arrancarles más tarde las piezas de oro. Lo envolvió todo en su pañuelo, regresó a León y se lo entregó a su madre, que se estaba quedando sin dientes por culpa de la piorrea y necesitaba ese oro para su propia prótesis.

Todo en esta brutal anécdota parece aludir a tiempos remotos, inmemoriales, y sin embargo es una historia de ayer mismo, como quien dice. Esa España, la del hambre, era la de la generación de mis padres. La España de mi generación fue la del desarrollismo y la transición. La de mis hijos, nacidos en los años noventa, es la de la democracia plena y la ciudadanía europea. ­Sólo dos saltos generacionales separan a los jóvenes de ahora de ese mundo de extrema miseria, dentaduras podridas y sepultureros sin escrúpulos. Salta a la ­vista que los actuales veinteañeros han sabido escoger mucho mejor que sus padres y sus abuelos el momento de venir al mundo: en Es­paña, ningún tiempo pasado fue mejor. (…)

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Se cumple un siglo desde la publicación de “Otra más alta vida” (1919), el libro del padre de Gamoneda

Antonio Gamoneda
Otra más alta vida.
Madrid, Imprenta Helénica, 1919.
Primera edición.

En este año 2019 se cumple un siglo exactamente, nada menos que cien años, de la publicación de “Otra más alta vida”, el libro de poesía que publicó en 1919 Antonio Gamoneda (1887-1932), padre del actual poeta homónimo (éste nacido en Oviedo en 1931, aunque desde 1936 reside en León).

Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) realizó en 1993 una pequeña reedición del libro de su padre, prácticamente inencontrable, en Llibros del Pexe, Gijón (ISBN: 84-87259-46-4), “más que por su valor literario por su valor sentimental”. Se trata de un poemario con tintes modernistas, y durante años fue el único libro que hubo en casa de Gamoneda cuando éste era un niño y todavía no iba a la escuela: un único libro, de poemas, y firmado por su padre.

Pero éste fue el libro, precisamente, en el que aprendió a leer el pequeño Antonio, mientras su madre le hablaba de los títulos y autores que su padre había llegado a tener en su biblioteca. “Mi padre incluso tenía libros dedicados por Valle-Inclán y Rubén Darío, pero nunca pudimos recuperarlos”, recuerda, tras el traslado de Oviedo a León en 1936, el año en que estalló la guerra civil española. “Al haber aprendido a leer usando un libro de poesía, el de mi padre, quedé ‘condenado’ a ser poeta”, ha comentado Antonio Gamoneda en muchas ocasiones.

  • Aquí puedes leer “Humo”, un poema de “Otra más alta vida” (1919) de Antonio Gamoneda

Reedición de 1993.

Gamoneda y su primera lectura, a los 17 años, de “El proceso” de Kafka

“El proceso”; Losada, Buenos Aires, 1946.

KAFKA 1948*

Por ANTONIO GAMONEDA

Fue en 1948 cuando leí mi primer Proceso. Lo sé con seguridad por indicadores que aquí no importan. Aún conservo el ejemplar, muy deslucido por las relecturas. Es la segunda edición (1946) de la Editorial Losada, de Buenos Aires, que me procuró el cajón clandestino y amistoso de un librero “de los de antes”, de los de muy antes, Anastasio Jular, buen lector él mismo, furtivo distribuidor de libros prohibidos, que lo eran entonces prácticamente todos según una norma semilegislada que, con su carácter global, simplificaba seriamente la tarea de los encargados de nuestras conciencias.

Sesenta años hace y aún aquella primera lectura vuelve a veces a mí, sobreponiéndose a las posteriores. Yo creo que mi condición de lector aún bisoño me proporcionaba una poderosa inocencia en la que las percepciones sensibles (las representaciones mentales de las percepciones sensibles, quiero decir) se me deparaban despojadas de ficción, de manera que no se distinguían de las gravemente existenciales.

José K… se movía sin destino, en una constante semipenumbra, con una lentitud angustiosa. Angustiosa porque la lentitud llevaba consigo imposibles urgencias. El espacio también era incomprensible, y lo eran, a su vez, los ocasionales interlocutores y sus respuestas a la oscura ansiedad y las siempre improcedentes preguntas de José K…, reo ante una justicia desconocida en virtud de una culpa también desconocida que era absurdo intentar conocer. José K… era culpable bajo condiciones en las que conocimiento y explicaciones eran, obviamente, innecesarias. Era culpable. Nada más.

Si mi lectura hubiera sido más tardía, yo habría podido interpretar el caso K… y su atmósfera como una inmensa metáfora relativa a la existencia, y aliviado mi causa sonámbula en la advertencia de que aquello era literatura. Pero no. Yo viví la lectura de El proceso. Algo de aquella vivencia permanece en mí.

Hoja suelta sobre Kafka.

[* Nota de E. Otero: Esta hoja apareció hace unos días, entre papeles de Antonio Gamoneda, con un encabezado dirigido a C. R., redactor de El País. El poeta, a mis preguntas, dijo no recordar la fecha o el año en que lo envió por fax al periódico, y si se publicó o no. No hemos hallado referencia a este texto en la hemeroteca digital del periódico. Parece un pequeño apoyo preparado para acompañar, como un pequeño suelto, o junto a textos de distintos autores, una reseña más grande a propósito de alguna edición relacionada con Franz Kafka (1883-1924), tal vez publicada en papel en el Babelia. El folio firmado por Gamoneda lleva el número 294, por lo que quizá fuera reciclado, o entresacado de un original más grande. El nº de fax es indicativo de que este texto se envió cuando el correo electrónico o no existía o su uso no estaba normalizado.]

Adiós a Pablo de la Varga, el amigo de infancia de Gamoneda

Pablo de la Varga en una fotografía de José Ramón Vega. Al fondo, los pintores José de León y Alejandro Vargas.

Pablo de la Varga Ferreras falleció en León, el día 3 de enero de 2019, a los 89 años de edad.

Te echaremos de menos. Te recordaremos siempre, amigo.

Por E. O.

“Al descubrir a Gamoneda, una fuerte campanada ha avisado a todo el mundo de que había palabras nuevas, de contenidos nobles, hondura humana y lucidez existencial”. Las palabras son de Pablo de la Varga, amigo incondicional de Antonio Gamoneda desde 1935, y fueron pronunciadas dentro del pequeño discurso que le dedicó, tras la concesión de Premio Cervantes 2006, con motivo de la inauguración de la exposición “Visión del frío” en la Casa de Botines (León).

Pablo me contó una vez que, cuando eran pequeños, decidieron compartir la escritura de un cuaderno que dieron en llamar “El libro de las cosas”, y que era como una especie enciclopedia en construcción, en el que los dos amigos apuntaban las cosas que iban descubriendo, conociendo, aprendiendo… “Un día Antonio me preguntó si sabía que había sido de ese cuaderno… Lo perdimos, una pena”.

En otra ocasión, allá por 2007, Pablo hablaba así de su amigo de infancia: “Para mí Antonio se ha convertido en uno de los hombres más ricos del mundo gracias a su poesía, y no porque posea riquezas ni dinero. Pero viaja por todo el mundo y le pagan por ello. Le reciben como a un príncipe, cuando habla todos se callan para escucharle… y, encima, ¡no necesita guardaespaldas!”.

Y unos años antes, allá por noviembre de 2003, cuando Antonio Gamoneda no pudo asistir a una entrega de premios por la gripe, recogió el galardón en su nombre su amigo Pablo de la Varga, que se refirió a él (según recogió el Diario de León) como “el poeta que insufla las palabras de aliento vital. Las palabras de siempre, cuando las toca él, ocurre un milagro y aparecen como niñas nuevas que estrenan ropita”, manifestó al tiempo que confesó sentirse abrumado por la responsabilidad que le había transmitido su amigo al pedir que le representara.

Sirvan estas palabras para recordarle y rendir homenaje a una amistad inquebrantable desde que por suerte y azar, cuando tenían cuatro o cinco años, Pablo y Antonio empezaron a jugar y a crecer juntos, siendo “la calle y la imaginación” su patrimonio más querido, como recordaba Pablo en otro pequeño discurso dedicado al poeta que nunca tuvo la oportunidad de leer en público, aunque sí se lo leyó en familia.

Los dos amigos seguían reuniéndose, todas las semanas, en una tertulia veterana fundada en los años sesenta por el escritor Victoriano Crémer y que también fue frecuentada por el escritor Antonio Pereira cuando vivía y estaba por León. El punto de encuentro fue primero la antigua cafetería Alaska, y de ahí pasaron a la de la plaza de Las Cortes, pero desde hace unos años se veían en el café Pasaje de la calle Alfonso V, todos sábados a partir de las doce de la mañana, junto a los artistas plásticos Alejandro Vargas, Modesto Llamas Gil, Amancio González, José de León, el médico José Cosamalón o el escritor Luis Artigue, entre otros amigos.

Alejandro Vargas, el médico José Cosamalón, Pablo de la Varga, Modesto Llamas y Amancio González. Foto: M. Cuevas.

“El óxido desprendido de la boca”, un artículo de Rogelio Blanco en la revista ‘Epicuro’ (2018)

Antonio Gamoneda en la revista Epicuro.

El óxido desprendido de la boca

Por ROGELIO BLANCO MARTÍNEZ

[Publicado en la revista Epicuro que dirige Aurelio Loureiro, el 15 de diciembre de 2018]

En 1931 nace Antonio Gamoneda en Oviedo. En 1934, huérfano de padre, se traslada a la ciudad de León.

Hijo único, llega junto a su madre a la capital leonesa para habitar con la necesidad material y la condición asmática de la madre, situación que se agrava en el clima de violencia prebélico del momento.

Con los escasos recursos disponibles más un libro, Una más alta vida, escrito por su padre y sobre el que el niño, “Toñín”, aprenderá a  descifrar y unir letras, a leer; la familia ocupará una vivienda en la Carretera de Zamora de la ciudad del Bernesga.

Con lo que aporta la madre, modista por cuenta propia, sobrevive la familia. Entre la necesidad y el miedo, entre la pobreza y la muerte “yo nací a la conciencia en 1936. Desde mis balcones podía verse la represión (…), los preparativos, los miedos, los gritos de los familiares, la sangre en la calle”. Tras el óxido de las barras protectoras del balcón del domicilio familiar observa las cuerdas de presos que con paso cadencioso,  cabizbajos, avanzan hacia la cárcel instalada en San Marcos y, muchos, al exterminio. El niño “Toñín” conoce la humedad del terror, el frío de la aniquilación en una España; en la que, al decir de Miguel Hernández, abundan más los ríos de sangre y las sementeras de cadáveres que las cosechas de trigo. Las cuerdas de hombres destilaban olor a grisú y a tierra estercolada, eran mineros y agricultores que caminaban como rebaño de corderos al ara del sacrificio. Su delito era, en la mayor parte de los casos, defender la libertad y una República legítima.

“Las lágrimas del cerebro discurren por el corazón”, nos dice Leonardo Da Vinci y será desde este espacio desde el que arranca la sensibilidad creadora de Antonio GamonedaLa memoria, la brega contra el olvido y el reconocimiento de que lo que no alcanza la tradición, es poesía, o  una manifestación inquietante que pregunta. Y toda pregunta reverbera una inquietud y la expresión de una intimidad. “Mi tipología de escritos –declara– ha de ser la que pueda darse en la suma de unos componentes históricos y biográficos que son, más o menos, los siguientes: la pobreza familiar, escasa escuela pública y contemplación inocente de la crueldad y la miseria moral de la guerra y de la posguerra militarizada (…) las lecturas nada selectas; trabajos desde la niñez en niveles inferiores. Estos son los niveles culturales primarios. A continuación, con la vocación poética ya descubierta, estudios accidentales y lecturas tirando a imprevisibles, nada de viajes educativos, y jornadas laborales de doce horas, menos los domingos que sólo hacíamos tres”.

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