Textos de AMELIA GAMONEDA

“Ausencia”, un poema de Amelia Gamoneda

Amelia Lobón, madre de Antonio Gamoneda. © Foto: Archivo familiar.

Amelia Lobón, madre de Antonio Gamoneda, en los años 90. © Foto: Archivo familiar.

AUSENCIA

Años estuvo ausente del espejo, pero una imagen definitiva viajaba extraviada en su cabeza. Por eso pedía exactas las horquillas, la tirantez del cabello.

Era ya muy tarde y aún reconocía a las nietas que la rodeaban en la fotografía; sonrió diciendo sus nombres, volvió a sonreír y preguntó entre el desconcierto y la ternura: ¿y quién es esta viejecita?

Frente al azogue gastado de tus ojos, en la transparencia de ese olvido, ahora desenredo lo turbio, peino el desasosiego.

AMELIA GAMONEDA LANZA

[Poema publicado en el libro ‘Los ojos que vieron el siglo: Nuestros Abuelos’. Museo de Salamanca. El Encinar: Brujazul, 1998.]

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La antología ‘Sílabas negras’ y sus apartados temáticos

Portada de "Sílabas negras", de Gamoneda.

Portada de “Sílabas negras”, de Gamoneda.

La antología de Antonio Gamoneda ‘Sílabas negras’ (XV Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ed. Universidad de Salamanca, 2006), en edición de Amelia Gamoneda y Fernando R. de la Flor, agrupa los poemas de Gamoneda en distintos apartados temáticos. Cada apartado lleva un pequeño texto introductorio de su hija Amelia Gamoneda Lanza:

ESFERA

El territorio de la intimidad es esférico: vientre, madre, familia, casa, sartén, pan, vasijas, cántaros, cuencos, pozos, cucharas. Y, en la memoria, el estrato afectivo se ahorma en envoltura: la cabeza en el hueco de unas manos, el rostro y el mundo en él circunscrito, la bombilla y su halo amarillo, los pechos y “sus círculos amoratados”, el “cinturón de álamos”, “las habitaciones cóncavas”, los armarios. La biografía íntima es una bio(e)sfera.

PAÍS SIN RETORNO

Un país entregado a un tiempo de traición y destrucción convierte en rehén a su habitante; de ese país no se escapa ni se vuelve: interiorizado, deviene espacio mental, y en él, indefinidamente, el pensamiento es torturado, se subleve, cae en vergüenza y en melancolía. El hombre es el país, el hombre es también la distancia que vuelve a ambos irreconciliables.

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“A LA ESCUCHA” / Un texto de Amelia Gamoneda en la carpeta ‘Extravío en la luz’

Portada de la carpeta "Extravío en la luz", de Antonio Gamoneda.

Portada de la carpeta “Extravío en la luz”, de Antonio Gamoneda.

La carpeta Extravío en la luz, de Antonio Gamoneda, fue editada por la Escuela de Arte de Mérida en Marzo de 2008, con motivo del 75 aniversario del centro, en la preciosa colección que coordina el pintor Javier Fernández de Molina.

La carpeta incluye:

  • Un preámbulo con dos textos de la hija del poeta, AMELIA GAMONEDA –el que aquí transcribimos, ‘A la escucha’, y el titulado ‘Entre memorias’–.
  • 17 grabados del poeta y artista JUAN CARLOS MESTRE.
  • Seis poemas de ANTONIO GAMONEDA.

A LA ESCUCHA

Por AMELIA GAMONEDA

Quiere el uso que no haya consanguinidad ni parentesco entre presentador y presentado, o entre crítico y poeta, o entre exégeta y artista. La precaución, ya se sabe, tiene que ver con un prurito de objetividad que se deduce –supuestamente– de la distancia biológica o de la falta de una relación socialmente contratada entre ambos. Me pregunto si dicha distancia ha de ser también considerada indispensable para el caso básico del autor y su lector. Y lo hago, naturalmente, para llevar a un extremo algo ridículo todas estas prevenciones: sólo faltaba que yo no pudiera ser lectora de mi padre.

En realidad, la objetividad no es tan deseable. En la lectura de la obra de alguien o en su presentación o incluso en su estudio crítico, no son particularmente malvenidas las notas que delatan el conocimiento intenso o íntimo del autor, como tampoco se desdeñan las implicaciones afectivas confesadas que uno pueda tener con él o con su escritura. Esto hace tolerable e incluso conveniente que el oficio de presentador lo desempeñe un amigo del escritor, y no explica que siga pesando una inhabilitación para este cargo sobre quien posee vínculos amorosos o de parentesco; sólo queda pues una causa para este interdicto, y se llama pudor.

¿Qué pudor? El que nace de un equívoco: se supone que el consanguíneo o el vinculado por el afecto amoroso va a exhibir una intimidad desvinculada de la escritura, se supone que va a sentarse en la mesa de presentación como quien se sienta en el plató de un programa del corazón. Es mucho suponer. Más justo será reconocerle la mejor de las opciones, esto es: la de saber implicar el conocimiento de lo íntimo en su lectura de la obra del poeta. Acogiéndome a este supuesto, no voy a presentarles a mi padre, Antonio Gamoneda, voy a presentarles al poeta Antonio Gamoneda, que resulta que es mi padre.

Podría decir, en tono de chiste, que conozco a este poeta desde que nací, pero no es verdad: conocí entonces a la persona, pero al poeta no lo conocí hasta mi adolescencia, justo cuando él renacía como poeta, después de guardar silencio durante 500 semanas.

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El niño que persigue a GAMONEDA

Antonio Gamoneda en una fotografía de Jesús F. Salvadores (Diario de León).

Antonio Gamoneda en una fotografía de Jesús F. Salvadores (Diario de León).

[Reproducimos un artículo publicado en Diario de León el 5 de mayo de 2016].

Por VERÓNICA VIÑAS

A Gamoneda siempre le ha perseguido la niñez. Partiendo de esa premisa y del encargo de hacer una antología que la editorial Calambur encomendó a su hija Amelia —profesora de Literatura Francesa y autora de ensayos como Marguerite Duras. La textura del deseo— llega ahora Niñez. El autor de Lápidas, «sin escurrir el bulto», prefiere ceder todo el protagonismo del libro a su hija. «Fue ella quien escogió los textos que estaban en otro contexto y los ordenó a su manera, que no es casual, sino siguiendo un proyecto significativo. Seguramente, no sólo ha buscado mi niñez», asegura el premio Cervantes leonés.

«El editor me propuso hacer una antología de mi padre y yo decidí el asunto y el enfoque», cuenta Amelia. «Hablar de la niñez de mi padre tenía sentido no sólo porque soy su hija, sino porque tiene suficientemente escrito y porque es una época que ha marcado su poesía y su vida». Y se remonta la autora de Niñez a la abuela, la mujer que huyendo de la Guerra Civil recaló en un León terrible y represivo con un pequeño que vería desde el balcón de su casa del Crucero desfilar a los presos camino del campo de concentración en que se convirtió San Marcos. «La niñez de mi padre era, en su boca, una colección de escuetas escenas… Para ella su hijo era un absoluto sin adjetivos, un ser blanqueado como un ángel por el amor materno», anticipa en el prólogo.

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“Niñez”, una antología poética de Gamoneda realizada por su hija Amelia

Portada de la antología "Niñez".

Portada de la antología “Niñez”.

La antología poética “Niñez”, de Antonio Gamoneda, está a punto de llegar a las librerías, de la mano de la editorial Calambur, con selección de poemas y prólogo a cargo de Amelia Gamoneda Lanza, hija del poeta.

Avanzamos aquí un extracto del prólogo:

“MITOLOGÍA ÍNTIMA”

Por AMELIA GAMONEDA LANZA

La niñez es un tiempo mítico personal donde se origina el yo capaz de hablar de sí mismo, donde su prehistoria cede el paso a una historia que le concierne. Contar la propia infancia reconstruye hacia atrás el tiempo, echa el ancla en el pasado, en un cierto mundo físico, mental y afectivo. Pero, como todo mito, la niñez pervive más allá de su momento, impregna la vida entera, y contarla supone también un modo de hablar del presente. Cuando, además, quien relata es de nuestra misma sangre, buscamos en esa narración algún efecto de espejo: la niñez tiene entonces un poder performativo que sobrepasa a su relator y se adentra en el futuro, reforzando así los lazos de la herencia biológica. Estos tres tiempos de palabra en torno a la niñez organizan esta antología.

En nuestra cultura, la voz autobiográfica de la infancia suele estar precedida de otras más antiguas. Y en lo que respecta a mi padre, el relato fue transmitido en primer lugar por la voz de una abuela que se dirigía a sus nietas. Mi abuela –a quien la guerra había hecho perder todos los bienes materiales y muchas de las relaciones que la vinculaban a su familia– nos presentaba los contenidos de su memoria personal como entregándonos un secreto en custodia. Poca cosa más poseía. No sé si contaba bien, pero sí sé que dramatizaba sus relatos como si los reviviera. No buscaba entretenernos: nos sobrecogía con su palabra repetitiva y a menudo elíptica, que no siempre entendíamos. Creo que narraba más por necesidad que por gusto: no recuerdo que nos contase cuentos infantiles.

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Amelia Gamoneda sobre Antonio Gamoneda

...

“(…) En mi memoria de siempre mi padre es un hombre que escribe; o mejor dicho, es un hombre que trabaja, que trabaja en la escritura. Escribe con todos los músculos, reconcentrado, tachando con decisión, rompiendo enérgicamente los papeles, y luego pulsando las teclas –de las máquinas antes mecánicas y hoy del ordenador– hasta desgastar sus mecanismos. Su ruido de escritor es el de un oficinista, el del oficinista que fue, el del obrero y su máquina; en mi memoria imaginaria, este ruido se prolonga hacia atrás en el tiempo y se confunde con el de las máquinas de bordar que mi abuela pedaleaba incansablemente en una galería. Algunas noches, en la casa de mis padres, el ruido de las teclas no se interrumpe más que durante tres o cuatro horas; pienso entonces si mi padre no le estará haciendo compañía a mi abuela, pienso si este oficio de escritura, ejercido así, con ese apremio, con ese esfuerzo, con esa necesidad, no habrá recibido su ritmo de esa experiencia familiar del trabajo, de esas noches de la infancia de mi padre en las que él tampoco acertaba a percibir cuándo se paraban las máquinas de bordar de mi abuela. (…)”

AMELIA GAMONEDA
(Fragmento extraído del texto titulado ‘Entrememorias’ que Amelia Gamoneda leyó en el Festival de la Palabra, Universidad de Alcalá de Henares, el 18 de abril de 2007)

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