Textos de ILDEFONSO RODRÍGUEZ

“La presión sobre los límites. Dos cuentos de ANTONIO GAMONEDA”, por ILDEFONSO RODRÍGUEZ     

Ildefonso Rodríguez. Foto: Eloísa Otero.

[“Relación de Don Sotero” y “Fábula de Pieter”, dos relatos de Antonio Gamoneda. Editorial Límite, Colección de Narrativa La Ortiga nº 3. Santander, 1997]

LA PRESIÓN SOBRE LOS LÍMITES.
DOS CUENTOS DE ANTONIO GAMONEDA 

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

La poesía de Antonio Gamoneda nutre e implica siempre un relato que, al ser ajeno por completo a la llamada poesía narrativa, desplaza la marca de los géneros. Miguel Casado lo ha descrito en varias ocasiones: serialismo, fragmentarismo, tensión y concentración ajustan lo decisivo de tal relato poético: su ficción y su tiempo. Que esto es así, lo prueban los grandes libros: la interioridad socializada de Blues castellano, la monodia en Descripción de la mentira (“Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros”), el bajorrelieve de la memoria en Lápidas, las series afiladas y resplandecientes del Libro del frío, la polifonía textual del Libro de los venenos.

Por otra parte, muchas veces el poema fue rescatado de un bloque de prosa circunstancial en cuyo interior se escondía, gracias a la reescritura, pasión y necesidad continuas de Gamoneda.

Los dos cuentos que ahora publica La Ortiga vienen a ser, en principio, un contraste generoso con lo que antes se ha dicho. En esquema, se podría decir que los datos de la poesía de Gamoneda han sido dispersados dentro de unos esquemas previos, moldes de narración eficaces pero ajenos a ella: relaciones, fábulas. Entonces, esos datos ya no podrán ser reconducidos a la especie poética, al haber sido dispensados de su capacidad iluminativa (simbólica y realista) por causa de un argumento. Las consecuencias de todo esto no son triviales. En un prólogo ya lejano a la primera (o quizás segunda) publicación de la Relación de don Sotero, escribió Gamoneda: “¿Qué hace un escritor de tan severas trazas como yo en un escrito como éste? Aquí circula la impostura”. Después de todo lo señalado, se puede concluir que no hay tal impostura, sino que el poeta aquí, genuinamente, se comporta como un escritor de cuentos: acepta escribir dentro de un género. El resultado es eficaz y sobresaliente; pero es también (no podría dejar de serlo) paradójico. Pues la imagen poética, esa imagen suya complejísima, tramada ella misma por sucesivas e indivisibles capas de lenguaje y realidad, se resiste a ser reinstalada en un discurso lineal, se transforma en motivo, inflexión, ornamento: se hace gran retórica, se hace estilo. Y, a la vez, no ceden el impulso y la presión de un exterior inabarcable: se diría que todo el poder de su poesía está presionando sobre estos cuentos. Merece la pena ver de cerca cómo sucede un fenómeno tan especial.

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Dos improvisaciones (palabras, música) de Ildefonso Rodríguez para Gamoneda (2006)

[Este texto, que sirvió de introducción a un pequeño concierto de Ildefonso Rodríguez, fue leído en París, en el Instituto Cervantes, el 4 de mayo de 2006, en unas jornadas dedicadas a Antonio Gamoneda. Es inédito:]

DOS IMPROVISACIONES (PALABRAS, MÚSICA)
PARA ANTONIO GAMONEDA

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Ildefonso Rodríguez.

Aquí estamos, sentados alrededor de la persona y la obra de Antonio Gamoneda y con los buenos amigos. Un privilegio del que haré, lo anuncio ya, doble uso y de un modo un tanto desacostumbrado para mí.

Cuando Félix Blanco me invitó a participar en esta mesa, dejó caer el deseo de que viniera con mi saxo y, une sortie en beauté (así me tentó Félix) tocara algo. Me resistí, no veía fácil el modo de insertar entre lecturas mi sonido, mi fraseo musical. Pero Félix insistió, supo convencerme. Y entonces empezó el trabajo de imaginar un acomodo para el saxo en esta reunión. Empezaron los tormentos. ¿Debería renunciar a mi pequeña lectura sobre la poesía de Gamoneda? ¿O no, y entonces el saxo vendría a ser como un invitado de última hora, la entrada de un músico callejero?

Ahí me mantuve, en la pura indecisión: no arrancaba ninguna escritura, no veía sin más el saxo en la reunión.

Hasta que me pareció encontrar un encaje, la vía de acceso. Lo que diré ahora no es una justificación, pero voy a explicarme.

Entre las cosas que he sido y soy en la vida, está el ser músico, saxofonista, y el ser lector apasionado de Antonio Gamoneda. Y sucede que, en algunos momentos, ambas actividades ya se han cruzado: he leído la poesía de Gamoneda como si, (como si) estuviera escuchando una música poderosa y. sin demasiadas cábalas, la he intentado describir en algunos textos. En el pequeño ensayo Las músicas de Gamoneda, escribí:

“La música es uno de los elementos constitutivos del espacio poético abierto por Gamoneda (…); siendo yo músico, voy a exponer conceptos que manejaría con un colega de la profesión; no me referiré a la música como metáfora, un más allá de la palabra poética. Por el contrario, intentaré mantener una especie de diálogo con los textos sintiéndolos, oyéndolos, bajo categorías musicales. Es decir, considerando que Gamoneda es, con propiedad, un músico”.

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“Las músicas de GAMONEDA”, por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

El poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez.

El poeta y músico leonés Ildefonso Rodríguez.

[El siguiente texto fue leído, en una primera versión, en Buenos Aires, en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (AECI), el 22 de noviembre de 2000. Y publicado en el número 2, primavera del 2001, de la revista “La Pecera”, dirigida por el poeta Osvaldo Picardo, de la Universidad de Mar del Plata.

Una nueva versión ampliada —el texto que reproducimos a continuación— se publicó posteriormente en la revista de Extremadura “Espacio/Espaço Escrito”, dirigida por Ángel Campos, números 23 y 24, Badajoz, 2004;  en el dossier dedicado a Gamoneda y coordinado por Miguel Casado.]

LAS MÚSICAS DE GAMONEDA

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Cuando relacionamos poesía y música, más allá de la discusión teórica, y más allá de ser siempre una relación resbaladiza, deberíamos ante todo atender a los testimonios que de ella nos dan los propios poetas, sus modos de implicar los datos musicales en la escritura. Así, oigamos, para empezar, dos de esos testimonios, entre los muchos que podríamos mostrar, dos principios de autoridad.

Rubén Darío ha escrito a propósito de Unamuno: “En Unamuno se ve la necesidad que urge al alma del verdadero poeta de expresarse rítmicamente, de decir sus pensares y sentires de modo musical… Lo que resalta en este caso es la necesidad del canto”.

Ahora Baudelaire: “¿Quién de nosotros no ha soñado, en sus días ambiciosos, con el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo ni rima, lo suficientemente flexible y dura como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño y a los sobresaltos de la conciencia”. Y en El poema del haschis, se lee: “La gramática, incluso la árida gramática, resulta algo así como un hechizo evocador; las palabras resucitan revestidas de carne y hueso; el substantivo, en su majestad sustancial; el adjetivo, ropaje transparente que lo viste y colorea como una veladura; y el verbo, ángel del movimiento, que da a la frase la oscilación”.

Creo que la escritura de Gamoneda se funda en una poética de la circularidad, lo que en otro lugar he llamado memoria de la memoria. El lector sufre un vértigo, cree estar ante la inminencia de una revelación absoluta; pero ésta queda conjurada circularmente: es el relato de un suceso oculto que centellea, se transparenta, pero permanece innominado. ¿Dónde? “El palimpsesto de la memoria es indestructible”, ha escrito Gamoneda. Circularidad de los gestos, casi podríamos decir un sistema de fractales. Por ejemplo: la palabra armario genera una imagen que se repite a lo largo de los años, adquiere la categoría de un símbolo (aunque se simbolice a sí misma, en el sistema poético de Gamoneda: el armario). En distintos libros hemos leído: “El dios que llora en mis armarios”. “Dime qué ves en el armario horrible”. O algo como: “No hagas incesto en los armarios, guárdate: albergan asma, atribución, espíritus, quizá días y alas desesperadas”. Palabra, imagen, símbolo, el armario pronto reaparecerá con una centralidad decisiva, pues el libro de memorias en el que Gamoneda está trabajado parece que se titulará Un armario. Sombras. Y del mismo modo podríamos leer, por ejemplo, las palabras luz o miedo, fractales, dos nudos decisivos de esa trama o sistema poético al que me estoy refiriendo. Un pensamiento que procede por ondas expansivas, a partir de datos de repetición y variación. “Las ondas de un narcótico calmo”, como escribió Mallarmé. Son leivmotivs, obsesiones: “La majestad obsede en círculos”. Es el impulso de la repetición interior (repetición convulsiva), el retorno de lo mismo. Y es, también, la necesidad de las variaciones, la reescritura permanente. Ese gran impulso es de naturaleza musical, engendra música, mediante dos vías: las ondas del pensamiento poético, con núcleos obsesivos. Y ciertas palabras que aparecen casi como talismanes o conjuros.

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Un artículo de Ildefonso Rodríguez sobre “Libro de los venenos”

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Recuperamos este artículo del poeta y músico leonés ILDEFONSO RODRÍGUEZ que apareció hará unos veinte años en la revista ESPACIO/ESPAÇO ESCRITO, con motivo de la publicación de ‘Libro de los venenos’ de Antonio Gamoneda en 1995.

 AZOGUE, SANGRE, LECHE, ALACRÁN:
EL LIBRO DE LO INCIERTO

Por ILDEFONSO RODRIGUEZ

Algunos han podido entender el último trabajo de Antonio Gamoneda (‘Libro de los venenos’, Siruela, 1995) como una distracción de su actividad natural, como si, haciendo un alto, se hubiese entregado al ejercicio apasionante de la erudición, las concordancias y juegos con la escritura de dos antiguos. En los oscilantes párrafos que vienen ahora, se contiene una propuesta contraria: este libro es el resultado de una coherencia absoluta, radical. Presionando los límites flexibles del género poético y desde el centro mismo del conflicto, Gamoneda da un paso más allá en la construcción de su obra única. Mi lectura se planta en cuatro proposiciones que podrían soportar títulos como MÚSICA, IMAGINACÓN, HABLA SUBSTANCIAL, RELATO, sucesivamente. Pero pronto se advertirá lo borroso de esas temáticas; las nociones sufren contagios, transitan, van y vienen. Son tan sólo un anclaje para algo más flotante, inabarcable y rotundo. Porque, como se lee en ‘Descripción de la mentira’, el lector de este nuevo libro otra vez descubrirá, para su pérdida y reencuentro, que “sólo es legible el libro de lo incierto”.

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