El cuerpo de los símbolos

“A LA ESCUCHA” / Un texto de Amelia Gamoneda en la carpeta ‘Extravío en la luz’

Portada de la carpeta "Extravío en la luz", de Antonio Gamoneda.

Portada de la carpeta “Extravío en la luz”, de Antonio Gamoneda.

La carpeta Extravío en la luz, de Antonio Gamoneda, fue editada por la Escuela de Arte de Mérida en Marzo de 2008, con motivo del 75 aniversario del centro, en la preciosa colección que coordina el pintor Javier Fernández de Molina.

La carpeta incluye:

  • Un preámbulo con dos textos de la hija del poeta, AMELIA GAMONEDA –el que aquí transcribimos, ‘A la escucha’, y el titulado ‘Entre memorias’–.
  • 17 grabados del poeta y artista JUAN CARLOS MESTRE.
  • Seis poemas de ANTONIO GAMONEDA.

A LA ESCUCHA

Por AMELIA GAMONEDA

Quiere el uso que no haya consanguinidad ni parentesco entre presentador y presentado, o entre crítico y poeta, o entre exégeta y artista. La precaución, ya se sabe, tiene que ver con un prurito de objetividad que se deduce –supuestamente– de la distancia biológica o de la falta de una relación socialmente contratada entre ambos. Me pregunto si dicha distancia ha de ser también considerada indispensable para el caso básico del autor y su lector. Y lo hago, naturalmente, para llevar a un extremo algo ridículo todas estas prevenciones: sólo faltaba que yo no pudiera ser lectora de mi padre.

En realidad, la objetividad no es tan deseable. En la lectura de la obra de alguien o en su presentación o incluso en su estudio crítico, no son particularmente malvenidas las notas que delatan el conocimiento intenso o íntimo del autor, como tampoco se desdeñan las implicaciones afectivas confesadas que uno pueda tener con él o con su escritura. Esto hace tolerable e incluso conveniente que el oficio de presentador lo desempeñe un amigo del escritor, y no explica que siga pesando una inhabilitación para este cargo sobre quien posee vínculos amorosos o de parentesco; sólo queda pues una causa para este interdicto, y se llama pudor.

¿Qué pudor? El que nace de un equívoco: se supone que el consanguíneo o el vinculado por el afecto amoroso va a exhibir una intimidad desvinculada de la escritura, se supone que va a sentarse en la mesa de presentación como quien se sienta en el plató de un programa del corazón. Es mucho suponer. Más justo será reconocerle la mejor de las opciones, esto es: la de saber implicar el conocimiento de lo íntimo en su lectura de la obra del poeta. Acogiéndome a este supuesto, no voy a presentarles a mi padre, Antonio Gamoneda, voy a presentarles al poeta Antonio Gamoneda, que resulta que es mi padre.

Podría decir, en tono de chiste, que conozco a este poeta desde que nací, pero no es verdad: conocí entonces a la persona, pero al poeta no lo conocí hasta mi adolescencia, justo cuando él renacía como poeta, después de guardar silencio durante 500 semanas.

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Sobre la poesía social y sobre la generación del 50

Portada de "El cuerpo de los símbolos" (edición mexicana).

(Fragmentos del capítulo ‘Recortes y extravíos’ de El cuerpo de los símbolos, Ed. Calamus. Oaxaca, México, 2007):

“La poesía social comportaba grosuras y límites en el orden de la creación poética. Fue, sin embargo, necesaria. Necesaria como antídoto de la poesía fundamentada en la falsedad. Me refiero a la poesía de la “felicidad” consagrada por los vendedores de la guerra civil. En ellos el mundo aparecía perfectamente claro, redondo y ordenado; era un mundo –sobre todo en su parcela– por el que “había que dar gracias a Dios”, y así se hacía al celebrarlo. La llamada poesía social disiente de esta conducta y sólo por ello ya es una poesía legítima, lo cual no quiere decir que sea la suya una fórmula poética consistente.

Por otra parte, es difícil hacer poesía –en cualquier tiempo, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia– que no tenga algún sentido social. Es otro problema. Sé que hago una valoración parcialmente contradictoria, pero sé que también aquí es coherente y verdad lo uno y lo otro”.

* * *

“La llamada “Generación del 50” no es el resultado de un estilo colectivo, afortunadamente. Entre los “legítimos” del 50, yo creo que la afinidad procede más que nada de la amistad. Y de otra cosa importante, que no sé si ya se ha dicho: son la primera hornada de poetas jóvenes coincidente en la negatividad en relación con la dictadura derivada de la guerra civil. Pero, por otra parte, a la larga –puede que también a la corta– se parecen muy poco entre sí. Caballero Bonald, por ejemplo (pienso en Ágata ojo de gato y en Laberinto de fortuna), ¿qué tiene que ver con Ángel González, con Claudio Rodríguez y hasta consigo mismo retrotraído a los años cincuenta del calendario? Desde la definición generacional han debido de pasar más de treinta años: ¿qué es ahora la “generación del 50″?”.

ANTONIO GAMONEDA

¿Malos tiempos para la poesía?

Antonio Gamoneda. © Fotografía: Fernando Sanz-Santacruz.

Antonio Gamoneda. © Fotografía: Fernando Sanz-Santacruz.

(Texto publicado en el libro de Antonio Gamoneda: El cuerpo de los símbolos, Huerga y Fierro, Madrid, 1997)

“¿Son estos malos tiempos para la poesía?”

Por ANTONIO GAMONEDA

No lo creo. Únicamente los vivirán y sentirán contrarios quienes pretendan que la poesía tenga una función (en la sociedad) o una implantación generalizada (en la sensibilidad) que ya no le son propias.

Cuando la realidad se explicaba «mágicamente», los símbolos y el énfasis necesarios para tal explicación recaían en las conciencias, se potenciaban mediante mecanismos estéticos y, de paso, se constituían en norma. Me estoy refiriendo a las sociedades fundamentadas en religión ya los textos poéticos que venían a ser su legislación. Debo añadir que existía una confusión profunda entre religión y poesía. Eran buenos tiempos para ésta.

En un pasado más cercano, las religiones, simplificadas en el uso popular, no distribuían ya poesía con análoga intensidad, pero en la sensibilidad no había desaparecido la necesidad del símbolo y del énfasis (entiéndase aquí por énfasis la peculiaridad del lenguaje en función estética) y existía una demanda poética satisfecha básicamente por la transmisión oral. Eran buenos tiempos para la poesía.

Nuestros días, a diferencia de estos anteriores, están dominados por datos objetivos. De paso, la sensibilidad recibe, vía tecnológica, más estímulos estéticos que los que realmente necesita. Está saturada. Hay «sobrecarga en las líneas». No importa que la «sobrecarga» sea de buena o mala calidad: hay sobrecarga.

¿Quiere decir esto que corren malos tiempos para la poesía? Creo que no. Pensar tal cosa sería igual a pretender que el buen estado de la poesía es asunto de orden cuantitativo, es decir, que su valor consiste en la implantación mayoritaria.

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