El Cultural

Luis María Anson reseña “La prisión transparente” de Gamoneda (2017)

“Conmocionado por la hondura de este libro excepcional, me pregunto: ¿Por qué, por qué no está Antonio Gamoneda entre nosotros, en la frágil inmortalidad de la Academia?”

Por LUIS MARÍA ANSON, de la Real Academia Española
Reseña publicada en El Cultural, el 13/10/2017

Antonio Gamoneda vive la soledad dentro de él mismo, mientras se siente acosado por la piel oxidada y la turbia tempestad de sus cabellos. Le preocupan todavía las hordas episcopales, ya casi extintas, y los ministerios engalanados con suicidas colgantes. Alcoholizado por su propio espíritu, camina sobre el espesor del futuro, meditando en la vasta y vaga y necesaria muerte de Jorge Luis Borges, al acecho el hombre de la esquina rosada.

Para él solo existe la eternidad del no ser. Nada le espera al cruzar la incierta penumbra del más allá. Es prisionero de sí mismo porque vivir es ir de la inexistencia a la inexistencia. El recuerdo solo habita en el olvido. Tal vez por eso huye del amor liminar colgado en las primeras trenzas de la adolescente amada, cariño herido por sus manos frías, por su ternura inversa, por su niñez ardiendo en el cabás de la ira. Soy, dice el poeta, la prisión transparente, con aguafuertes de Masafumi Yamamoto al fondo.

Para Antonio Gamoneda, el portugués Herberto Helder de Oliveira, muerto en Cascaes en 2015, autor de El bebedor nocturno, es el mayor poeta contemporáneo de Europa. Junto a él se muda a los poemas del sánscrito, del náhuatl, del habla de los sioux y otras lenguas muertas.

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Antonio Gamoneda conversa con Antonio Colinas (2007)

Antonio Colinas y Antonio Gamoneda. © Fotografías: Amando Casado.

Antonio Colinas y Antonio Gamoneda. © Fotografías: Amando Casado.

[Entrevista publicada en El Cultural, el 9/04/2007]

Antonio Gamoneda conversa con Antonio Colinas

“Lo de las generaciones poéticas es un disparate”

Subiendo por la calle Ancha de León, en dirección a la casa del poeta Antonio Gamoneda, la memoria va hacia atrás, se abisma. Invierno de 1970. Había soledad y nieve en los montes que rodeaban la “capital del fiero invierno”, pero en aquella cafetería del Hotel París –la que ahora también queda (renovada) a la izquierda de la calle, mientras se asciende hacia la catedral– mis horas libres pasaban cálidas y con lecturas.Y en aquel año de crecimiento interior, la ciudad ya guardaba las presencias literarias de referencia: Victoriano Crémer, que ahora cumple sus 100 años de luchas con energía, Antonio Pereira, maestro de tantas cosas, el primer autor español de cuentos del momento, dicen, y Antonio Gamoneda, en quien esa lucha por ser y por escribir desde la provincia quizá haya sido más exacerbada.

Por ANTONIO COLINAS 

De Gamoneda guardo un recuerdo primero. Estamos ya en 1975. El joven poeta le lleva a su despacho las pruebas de imprenta de un libro, Sepulcro en Tarquinia. Aunque había frío, Gamoneda tenía abiertas de par en par las ventanas. Todo un símbolo anunciador de futuros símbolos poéticos. Hoy el joven poeta, que ya no es joven y, Gamoneda, que goza de la juventud del reconocimiento (su premio Cervantes), se reencuentran al calor del respeto mutuo.

Hoy, en este día primaveral, me parece que sus versos ya no resuenan con el desgarro de una música de Bartok, como en aquellos poemas de Sublevación inmóvil, su primer libro, editado por Adonais en 1960; libro que ahora llevo conmigo para que me lo dedique. En una maravillosa sincronicidad, el poeta me espera en su casa con el primero de mis libros, Poemas de la tierra y de la sangre, también para que yo se lo dedique. “Estamos huérfanos de dedicatorias primeras”, dice mientras nos sentamos, y él me tiende mi libro y yo le tiendo el suyo.

Restos del poeta “arraigado”

Antonio Colinas: Quisiera comenzar a la luz de dos recuerdos personales. El primero hace referencia a tu voz, que me llegó un día, a comienzos de los 60, a través de las ondas de una radio. Leías uno de tus poemas. Una poesía, aquélla, muy distinta de la que luego has hecho; una poesía que podríamos calificar como “arraigada”. ¿Qué queda de aquel poeta de entonces?
Antonio Gamoneda: Claro, primero años 60. Quizá yo no me había desprendido totalmente de la formación religiosa recibida por vía materna. Pesaban, al mismo tiempo, aunque yo no fuera parte de ellos, la voluntad de humanización y la actitud crítica de las gentes de la revista “Espadaña”. Tienes razón en lo que concierne al “arraigamiento”: yo tendía a encontrar mi voluntad y mi destino en una hondura terrestre, sentida como propia, que, en mi entonces, procuraba firmeza y realidad a mi pensamiento poético. Es una noción bastante elemental, pero era así. Curiosamente, esta “terrenalidad” no me libraba de la conciencia idealista, que era única y “oficial” en los años de mi adolescencia y primera juventud. De aquel poeta queda poco, aunque nunca se sabe…

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“Arden las pérdidas”, por Francisco Díaz de Castro

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[Reproducimos una reseña del libro “Arden las pérdidas” (Barcelona, Tusquets, 2003), de Antonio Gamoneda, publicada en El Cultural el 24 de abril de 2003.]

ARDEN LAS PÉRDIDAS

Por FRANCISCO DÍAZ DE CASTRO 

Antonio Gamoneda es un poeta necesario. Necesario por incómodo, por radical, porque con cada uno de sus textos, además de todo aquello a lo que nos obliga a enfrentarnos, plantea al límite cuanto la poesía tiene de desvelamiento posible, de construcción de un (des)conocimiento de uno mismo y del mundo.

La obra sucesiva de Gamoneda, ya desde Blues castellano pero sobre todo a partir de Descripción de la mentira y hasta esta nueva vuelta de tuerca que es Arden las pérdidas, más allá de su dificultad inmediata, de su complejidad, de su hermetismo, se nos impone como una mirada diferente edificada sobre la experiencia y que pone al descubierto toda la dialéctica interior, incierta, contradictoria pero inexorable, de la conciencia de la autenticidad frente a ese conglomerado en desorden que llamamos lo real y frente a la conciencia de la caducidad, siempre presente y núcleo central de este último libro.

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“Canción errónea”, por Túa Blesa

Portada de "Canción errónea".

Portada de “Canción errónea”.

‘CANCIÓN ERRÓNEA’

(Publicado en El Cultural, de El Mundo, el 19/X/2012)

‘Canción errónea’
ANTONIO GAMONEDA
Ed. Tusquets. Barcelona, 2012. 153 páginas, 14 euros.

Por TÚA BLESA

Entre la inexistencia y la inexistencia, como en un lapsus, el tiempo de la vida. Tal es la concepción de la existencia que sustenta la palabra poética de Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931), aunque hay que añadir que la significación de los términos no es demasiado estable, al menos si se atiende a, por ejemplo, estos versos: “Mi / existencia o / mi inexistencia. / Es / indiferente.” Si se habla así es porque “Todo es incomprensible” y es ésta una afirmación que se lee en Canción errónea y que se leía ya en Arden las pérdidas (2003) y antes aún en lo que era casi el final de Descripción de la mentira (1977): “Este relato incomprensible es lo que queda de nosotros”. No hay respuesta para la pregunta que plantea el porqué de la vida y, no habiéndola para ella, cualquier otra interrogación habrá de obtener una respuesta semejante. Los poemas de Gamoneda serían la respuesta a todas las preguntas aunque formulada como la imposibilidad misma de la respuesta y es de ahí, y de una conciencia que casi puede denominarse vivencia de la muerte –la poesía es arte de la memoria en la perspectiva de la muerte” escribió el poeta en uno de sus ensayos–, de donde nace su grandeza.

En 2004 se publicó Cecilia y también el volumen recopilatorio Esta luz. Ese tiempo de silencio, interrumpido por la publicación del libro de memorias Un armario lleno de sombras, viene a clausurarlo ahora Canción errónea, libro excelente, emocionante, como el conjunto de su obra, poeta como muy pocos.

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