La Crónica de León-El Mundo

Carta de Gamoneda a Agustín Ibarrola (2000)

Publicado en La Crónica – El Mundo (Suplemento de cultura LA CAJA CHINA, viernes 12 de mayo de 2000, pág. 71), con motivo de una exposición de Agustín Ibarrola en León.

DESPUÉS DE TANTOS AÑOS

Querido Agustín:

Es verdad, han pasado muchos años desde nuestros días leoneses. Si no son cincuenta, no serán muchos menos. Hicimos amistad trenzando la juventud, la capacidad de estar alegres en la incertidumbre y la pobreza, una pizca de bohemia y esa otra causa común que aún colea: el pensamiento —y el amor— de la resistencia, la negatividad (desamparada y peligrosa casi siempre, bien lo sabes tú) ante la injusticia y la crueldad, distribuidas entonces por las potencias policiales de la dictadura y ahora (insisto: bien lo sabes tú) por los repartidores de violencias y fraudes que, con otros disfraces, vienen a ser herederos naturales de los que administraban el sufrimiento en aquellos días. En fin, que España no termina de parecerse a como la veíamos en nuestra esperanza. En cualquier caso y casi como entonces, aquí estamos.

Y aquí estás tú, otra vez en León. Me gustaría tener tiempo y ánimo para poner en esta carta recuerdos abundantes que te hicieran sonreír, que las ocurrencias jocosas no faltaron, pero no estoy en vena, y, además, podríamos entrar en indiscreción. Con todo, no me voy a dejar en el tintero algún apunte de tus fatigas financieras leonesas. Eras el tesorero de la terna de vascos. Había que verte, inquieto, casi lívido, cuando, sin saber por dónde ni para qué, Blas desaparecía del grupo (para quien no lo sepa: hablo de Blas de Otero, el poeta grande e imprevisible que venía contigo y con… ¿cómo se llamaba el otro pintor amigo, que se me ha escapado el nombre?), porque la desaparición de Blas significaba que podía reaparecer con un paquete de golosinas en la mano diciendo: ‘Agustín, pasa a pagar’. ¡Qué tiempos! Por cierto: ¿recuerdas tú si logramos vender en León alguna de aquellas láminas en las que, junto a poemas de Blas, había, enteros y verdaderos, fenomenales dibujos tuyos? Andabas entonces, si no recuerdo mal, en línea expresivista.

El tiempo, el tiempo. ¡Cómo se ama lo que se pierde! Merece la pena, a pesar de todo.

Otros días de encuentro tuvimos y no sé si ha habido alguno más. En Madrid, en la que llamasteis ‘Sala Negra’. Por entonces, con el Equipo 57, hacías —hacíais, que la creación era tirando a colectiva— un muy razonable y bello arte normativo, cargado de optimismo histórico. Había niños que trabajaban muy seriamente con vosotros en la misma onda. Me parece estar viendo a Néstor Basterrechea jugando en solitario con una pelota trotando incansable arriba y abajo de la ‘Sala Negra’.

Pero lo más que he sabido de ti en todo este tiempo ha sido por amigos interpuestos y por los papeles. Sé que has tenido que estar ‘a las duras y a las maduras’, y sé, sobre todo, que has sacado adelante una gran obra. Me da la sensación de que, sobre todo en los últimos diez años, tu trabajo va más allá de los géneros y que no es significativo hablar de escultura, de pintura, de…, que todo es uno y lo mismo en la sensibilidad y en su relación con la naturaleza, con el espacio ciudadano, con el producto industrial, con…: una propuesta incesante de conciliación estética y moral, un diálogo en y con la realidad que, en su energía, sigue comportando una forma de resistencia y esperanza. Bueno, pues lo dicho: una obra grande a favor de la vida: Gracias, Agustín, y bienvenida sea la muestra que traes a León.

Espero que los trabajos y los días (ahora estoy pensando en los próximos, en los que de nuevo vas a andar por aquí) no nos juegen malas pasadas; espero que no vengan las fechas armando desencuentros, que tengo ganas de darte un abrazo; un abrazo de los de verdad, no de esos que se ponen al final de las cartas que no sabe uno cómo terminar.

 

Umbral, Gamoneda… y la rosa (abril de 2007)

Un viejo artículo de Francisco Umbral, sobre la concesión del Premio Cervantes al poeta Antonio Gamoneda. Publicado en el diario El Mundo (el recorte es de La Crónica-El Mundo, viernes 20 de abril de 2007).

«El once ensangrentado», un poema de Antonio Gamoneda

El poema de Gamoneda, en una página de El Mundo / La Crónica de León.

[Este poema de Antonio Gamoneda apareció publicado en la edición nacional del diario El Mundo, y en sus distintas ediciones locales y regionales, el domingo 14 de marzo de 2004, tres días después de que diez bombas estallaran de forma casi simultánea, pasadas las 7:30 horas de la mañana, en cuatro trenes de la red de Cercanías de Madrid, en un atentado devastador llevado a cabo por una célula yihadista (como revelaron las posteriores investigaciones) que dejó 191 muertos y unos 2.000 heridos.] 

EL ONCE ENSANGRENTADO

…un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de Nueva York.
Federico García Lorca

A las siete de la mañana, en Alcalá de Henares,
Miguel de Cervantes, olvidando que está muerto,
se levanta y se arranca los ojos
para no ver salir los trenes de la sangre.

En Nasiriyya son las nueve. Faik,
mi buen amigo y vendedor de luz,
olvidando que ha muerto en Nueva York,
entra llorando en un pozo de sangre.

En Washington son las once. El señor Bush
va a acostarse. Le da gracias a Dios
porque de un país lejano y petrolífero
salen barcos llenos de sangre.

En Madrid, el presidente del Gobierno
piensa que hoy será un día trabajoso
y que podría ser mucho más cómodo
estar desayunando en las Azores.

La dinamita incendia la mañana
y el corazón cansado de Ramón
muere noventa veces en Atocha
y en Santa Eugenia y en el Tío Raimundo,
y arden y se consumen para siempre,
cien veces más, los pechos de Paloma
y se cubren de sangre los caminos de hierro.

Tal como están las cosas, desde ahora,
digo yo, desde ahora en adelante,
no va a ser posible, en Madrid y en España,
pensar seriamente en el desayuno.

En Washington, al parecer, el señor Bush
no ha descansado bien. Le pide a Dios
que bendiga a Paloma y a Ramón
tantas veces como se haga necesario,
dado que España es un gran país
lleno de sangre.

Y el presidente de ese gran país,
preocupado, seriamente preocupado,
añorando su desayuno, dicta
una declaración institucional
sobre los inconvenientes de la sangre.

Señor Presidente: ¿sabe lo que le digo?
Le digo de una vez y para siempre que,
sea usted quien sea y se llame como se llame,
no vuelva más a las Azores.

ANTONIO GAMONEDA

Página de El Mundo / La Crónica de León con el poema de Gamoneda.

‘Cosa de corteza’ por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Gamoneda con Tomás Sánchez Santiago, en el XV Congreso de la Fundación Caballero Bonald celebrado en Jerez, en octubre de 2013.

Gamoneda con Tomás Sánchez Santiago, en el XV Congreso de la Fundación Caballero Bonald celebrado en Jerez, en octubre de 2013.

Reproducimos un artículo publicado en LA CRÓNICA DE LEON-EL MUNDO, el 1 de noviembre de 2006:

«COSA DE CORTEZA»

Por TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO

Es muy posible que ayer tarde, cuando Antonio Gamoneda se adentrase entre las sombras de un palacio, no fuera solo. Habría con él en el trance la sombra dulce de una madre con manos de olor a lejía y a maldita sumisión, un suicida que vigiló la nieve y todavía silbotea su canción, caballos sangrientos con las patas arañando el aire y, en fin, un coro de compañías atormentadas en las que todavía él cree, seres que se le aparecieron en la niñez y hasta hoy no han soltado de la mano a aquel niño huérfano que creció en León, se escondió en sus calles, fue echado de colegios y empleos, calló durante quinientas semanas antes de mojar la lengua en la espesa salsa de palabras que cayeron como trallazos sobre la poesía complacida de su época y, por fin, se sentó a esperar bajo el frío a que todo lo envolviera una disipación. “Este no es mi lugar, pero he llegado”. Seguramente este verso de Libro del frío pasaría ayer como una brocha lánguida por la cabeza de este hombre, uno de los poetas que aún acepta que la poesía es revelación y destino antes que otra cosa, y por lo tanto nada parecido a un ejercicio de suntuosidad literaria. Menos aún un lenguaje hecho para la complicidad.

Y, sin embargo, llegaron los honores. El estruendo social que se producirá en estos días habrá de confundir a quien sacó su espléndida poesía chorreando desde pozos subterráneos que apenas nadie visitó durante los años del franquismo. La solidaridad, la justicia, la ira, la desesperación o la belleza eran conceptos a los que Antonio Gamoneda puso espesor y contorno en un lenguaje que distaba mucho de cualquier complacencia. Como decía en un temprano poema que luego tituló “Ferrocarril de Matallana”: “con el tren se aleja / algo que es cierto aunque no puede ser pensado; / es algo mío y no me pertenece. / Está dentro y fuera de mi corazón”. Esa sensación de estar en las afueras, de no pertenecer del todo a aquello que se le impone ha tenido que regresar a visitarlo desde ayer con otra contundencia más cercana aún a la perplejidad.

Pero cuando todo acabe y el orden secante caiga de nuevo sobre las cosas del mundo –también del mundo literario–, Antonio Gamoneda regresará a poner su vida “en heridas y sombras” y pensará entre insectos ciegos que todo fue un espejismo. Pólvora equivocada. Cosa de corteza que no afectó a las últimas sustancias de donde manó siempre su poesía, allá donde aún él oye conversaciones y ruidos luminosos que hacen una madre, un suicida y algunos animales atormentados.