Úrsula Rodríguez

La casa de Úrsula y Antonio Pereira acoge el 90 cumpleaños de Antonio Gamoneda

Portal de la casa de Úrsula y Antonio Pereira en el paseo de Papalaguinda (León).

Leonoticias.com

Doce poemas de Gamoneda, recopilados en una última edición y editados por la Fundación Antonio Pereira a través de Eolas Ediciones, servirán como emotivo homenaje al escritor leonés que este domingo, 30 de mayo de 2021, cumple 90 años.

Una edición especial única de la que solo se lanzarán 90 ejemplares con la rúbrica del Premio Cervantes.

Ese recopilatorio, con un poema inédito y algunos ‘retocados’ por el autor, formará parte del emotivo homenaje que se rendirá a Gamoneda este domingo en la sede de la Fundación Antonio Pereira.

Allí, en la jornada dominical, se leerán algunos poemas como reconocimiento a dos amigos íntimos, apasionados de la literatura de una capacidad creativa absoluta.

El ‘encuentro’ servirá además para conocer la reforma realizada sobre el inmueble en el que vivió y creó Antonio Pereira, un piso de la segunda mitad del siglo donde se ha mantenido vivo el espíritu del autor.

Discurso de JUAN CARLOS MESTRE en el Homenaje a Gamoneda de Villafranca del Bierzo (2008)

Homenaje a Gamoneda en la Fiesta de la Poesía de Villafranca del Bierzo (2008).

Homenaje a Gamoneda en la Fiesta de la Poesía de Villafranca del Bierzo (2008).

HOMENAJE a ANTONIO GAMONEDA
en la 42 FIESTA DE LA POESÍA
de VILLAFRANCA DEL BIERZO
(22 de Junio de 2008)

Discurso de JUAN CARLOS MESTRE
(que actuó como mantenedor)

Queridos vecinos y amigos de Villafranca, una mañana como la de hoy de hace cuarenta años yo era un muchacho que, apoyado en uno de estos árboles del jardín, escuchaba, sin entender exactamente lo que decían estas palabras: No sólo el grano blanco va al molino, también los granos negros del silencio; también se hace el pan se hace la vida, de los heroicos huesos de los muertos. Yo no sabía aún lo que era un héroe, pero el poeta que las pronunciaba se convirtió para mí, desde ese instante, en alguien que se acercaba a mi vida con algo conmovedor: palabras rozadas por el resplandor de otro mundo, monedas perdidas con las que no se podía comprar ninguna otra cosa que no fuese la intuición de un ángel, el valor simbólico de otra manera de estar en el mundo, la forma delicada de cuantos estrechamente vigilados por la locura, aún seguían pensando que volar era el resultado de una intensa pasión, nunca de su práctica.

Aquel poeta se llamaba Gilberto Núñez Ursinos, y yo decidí aquella mañana, ante la luz de su joven resplandor, parecerme en algo a su sombra. Yo tenía doce años, junio de 1969, y fui su amigo hasta la primavera de 1972, en que decidió, voluntariamente, abandonar la republica de la imaginación donde vivía, cuando al otro lado del río sólo había pequeñas casas blancas llenas de palomas, gatos y flores que algún día fueron las semillas del paraíso. Fue el primer poeta que conocí, era amado por mucha gente de este pueblo, no menos que lo que él quería a los humildes, a los soñadores, a los que hablaban solos por la calle y pensaban que la vida carecía de sentido sin resistencia al mal. Vivía sólo, con un gato al que llamaba Parsifal, y un aparato de radio con el que aprendía idiomas sintonizando emisoras extranjeras. Un milagro que sólo sucede una vez cada cincuenta años cuando pasa sobre los valles el cometa de la iluminación y convierte en vino de dulzura la amargura de los pozos.

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