Textos de LUPE GÓMEZ

“El maestro de la nieve”, por LUPE GÓMEZ

Lupe Gómez, junto a Gamoneda, en homenaje a Miguel Hernández que se celebró en León en mayo de 2010.

Lupe Gómez, junto a Gamoneda, en homenaje a Miguel Hernández que se celebró en León en mayo de 2010.

[La poeta gallega Lupe Gómez escribió este texto para felicitar a Antonio Gamoneda con motivo de su 80 cumpleaños en 2011].

EL MAESTRO DE LA NIEVE

Por LUPE GÓMEZ

Tengo un maestro en la nieve. Sus manos son dibujos de nieve. Su corazón es de nieve. Si yo supiese pintar las arrugas de la cara de mi madre, me moriría y volvería a nacer en el mes de mayo. Si yo cumpliese 80 años, sentiría que Caperucita Roja aparece y desaparece en las mañanas de nieve. Me alegro de tener un maestro. Puedo contarle cosas cuando tengo sueño, cuando bailo en el interior tranquilo del río de mi aldea, cuando sueño con calles que son mujeres llenas de frío, dolor y trabajo. Si yo no tuviese un maestro de nieve, no tendría nada que aprender. No quedarían motivos para protestar. Quizás mi nombre y mis apellidos se morirían en un cajón vacío de un armario de piedra. Puedo cantar y tocar un acordeón rojo en los días luminosos de abril, mientras mi maestro prepara los libros, los poemas y las lágrimas de las mujeres republicanas. Mi maestro nunca es viejo aunque cumpla 80 años. Nunca duerme y nunca despierta, porque está tan vivo como un campo de hierba. No podré cortar el maíz con mis manos cuando mi maestro se marche. No quiero que se vaya a un país sin relojes, sin mapas, sin cuentos. Necesito escuchar su voz una vez más para que los árboles canten canciones invisibles, muertas. Tengo una guitarra escondida en un rincón alegre de mi casa. Hablo con ella en las tardes eternas de Compostela. Tengo las cartas de mi maestro en una caja que no tiene llave. La abro y la cierro y hundo mi corazón en sus paredes de hierro. Mi caja mágica –con un maestro dentro– tiene fotos de Londres. Nunca fui a Londres en avión, pero fuí muchas veces en los cuentos. Mi maestro es una ventana y yo miro con mis ojos marrones toda la niebla da “miña terra galega”. En el tejado de una casa de piedra nacen muchas niñas que aman la lluvia, sueñan con enamorarse y tejen palabras para ese maestro melancólico y misterioso que llegó un día, y no se fue nunca. Felicidades, Gamoneda, por ser un puro cristal de nieve, un tierno amanecer y un grito azul de libertad.

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